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Historias de la guagua (III)

31 Ene

El cuento que voy a hacerles está basado en un hecho real que aconteció a finales de noviembre del año pasado en una parada de guagua de la localidad grancanaria de El Doctoral.

Serían alrededor de las 6 de la mañana, todavía no había amanecido y la poca gente que aún conserva el trabajo empezaba a romper la soledad de las calles manejando sus coches o arrastrando sus cuerpos semidormidos por las aceras.

Yo iba a Las Palmas, sí, la de Gran Canaria. Al Parque de Santa Catalina o al Santa Catalina Park, como dice ahora el ayuntamiento que se llama. Tenía que coger la guagua de Fred Olsen que lleva hasta Agaete para coger el barco para Tenerife. Iba al Parlamento de Canarias.

No había nadie en la parada de la guagua cuando llegué. Tras dos años viviendo en el extranjero, aproveché para recrearme en mis recuerdos y en la agradable temperatura de un día de casi diciembre a esas horas tan tempranas. Por recochineo comprobé en el móvil la temperatura que hacía en la ciudad donde residía entonces, 3 grados. Qué suerte vivir aquí, dije para mis adentros.

Había un hombre al otro lado de la calle, a la altura de la gasolinera. Cruzó y se acercó a la parada. Me dió los buenos días y se sentó. Lo miré de reojo. Al ratito llegó otro pasajero. ¡Coño! A este lo conocía. Cogíamos la guagua juntos cuando yo vivía aquí. La parada estaba en donde empieza Vecindario, en frente del asadero de pollos, que ya no está.

Saqué los auriculares y puse música en el móvil. Empezó a sonar Somewhere I Belong de Linkin’ Park. Entonces llegó ella. Bajita, de piernas finas y tronco redondo. El pelo teñido de un color rojizo evidenciando rasgos de modernidad para una mujer de su edad. Chaquetilla de chándal oscura y el bolso negro, a juego con nada, bien cogido bajo el sobaco. No recuerdo haber oído su nombre, pero la voy a llamar Martina por dos razones: una, porque el santo fue ayer; y otra, porque he buscado el significado de este nombre en Google y le viene al pelo. (http://suhijo.com/2013/04/significado-del-nombre-martina/)

Pues resulta que Martina llegó a la parada de guagua y ya podía tener yo a los Linkin’ Park cantándome en directo, que era imposible no prestar atención a lo que ella decía. Al parecer cogía la guagua todas las mañanas a la misma hora, a excepción de los días que su nuera libra, después verán por qué. Ser fiel a la misma parada y a la misma guagua te obliga a hacer amistad con otros pasajeros, dependiendo de lo reservado que seas, también. Como pude comprobar, Martina tenía una gran facilidad para entablar conversación. Así que saludó a los que allí estaban con una familiaridad pasmosa. La conversación y las preguntas eran del tipo, ¿y qué te dijo el médico? o ¿y ya fuiste a arreglarle la paga a tu madre? o qué bueno estuvo el baile el domingo. Confianza absoluta.

El caso es que precisamente hablando de bailes a uno se le ocurrió juzgar a Martina y acusarla de vivir bien porque no trabaja.

–¿Qué yo no trabajo, mi niño? –Se tiró mano al pecho ofendida–. Pues ahora llego al Carrizá, a casa de mi hijo y levanto a los niños. Los visto. Les doy de desayunar y los llevo al colegio. Mi nuera se tiene que ir a trabajar a las seis de la mañana, que trabaja pa´llá dentro pa´l sur limpiando unos burgalós. Después de llevar a los chiquillos al colegio le recojo la casa a mi nuera y me pongo a preparar el almuerzo sin hacer ruido para no despertar a mi hijo, que llega todos los días a las cinco de la mañana de trabajar en el tasi en Maspalomas. A las once vengo llegando al Dotorá otra vez y, ¿tú te crees que me echo a rascarme er jigo? No, mi niño. Tengo que atender mi casa, a mi marido y al hijo que me queda soltero. Hacer de comer, limpiar, lavar ropa, planchar, hacer la compra. Toiditos los días, menos cuando mi nuera libra. ¿Me vas a decir que eso no es trabajar, mecagoendié?

El hombre se disculpó con la boca chica, sin estar convencido de que lo de Martina es un trabajo aunque no haya jefe, ni contrato, ni sueldo. Solo voluntad de ayudar y sacrificio, mucho sacrificio.

Las palabras de Martina retumbaron en mi cabeza durante el trayecto a Las Palmas. Traté de anotar sus palabras en el cuadernito donde apunto las cosas curiosas porque creo que Martina y todas las Martinas que hay en Canarias se merecen que alguien hable de ellas.

Me bajé del Fred Olsen y me di un paseo por la Avenida Marítima hasta la plaza de España, subí por la calle Castillo hasta Teobaldo Power y entré en el Parlamento. Había dos diputadas hablando con el único ujier que estaba en ese momento en el mostrador. Me puse en cola para coger la acreditación que necesito para entrar en la casa de todos los canarios. A pesar de que sus dos señorías se empeñaban en hablar bajito no pude evitar oír la conversación. Estaban solicitando que un coche oficial las viniera a buscar para llevarlas a un restaurante japonés. El funcionario les contestó que el restaurante estaba bajando la calle a la derecha, a menos de cinco minutos andando.

–Es que está empezando a llover y hay alerta –dijo una de ellas.

Es verdad que había alerta pero el día estaba espléndido en Santa Cruz, de hecho no empezó a llover hasta las siete de la tarde.

En aquel momento Martina apareció a mi lado, echándose mano al pecho, ofendida porque la acusaron de no trabajar.

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El dedo

28 Feb

Se sentía desesperado. Había hablado con todos los prestamistas del lugar, había recurrido a sus padres y hermanos, había tocado en la puerta de algunos amigos y nadie, absolutamente nadie accedió a darle algunas monedas para que su mujer y sus hijos pudieran comer.

El dinero que sacó vendiendo la yegua y la vaca, se había acabado. No podía vender las pocas tierras de las que vivía, aunque la mala cosecha de ese año era precisamente lo que les estaba matando de hambre.

Mandó a su esposa y sus hijos a casa de su suegra, seguro de que no les negarían un plato de comida. Él decidió marchar a la ciudad en busca de un trabajo que le aportara algunas monedas con las que devolver los préstamos, poder comprar comida y algunas semillas para la nueva siembra.

Cuando tenía a su yegua Paca tardaba cuatro horas en llegar a la ciudad, ahora que tenía que hacer el camino a pie, le llevaría el triple. Se envolvió en su raído manto de lana, se caló el sombrero, tranquilizó los rugidos de su estómago y pidió a Dios que lo ayudara a encontrar ese trabajo.

A diez kilómetros del pueblo decidió coger el atajo del bosque. En otras circunstancias no sería un camino recomendable pues solía ser utilizado por asaltantes. Esta vez no suponía ningún riesgo, no tenía nada que pudieran robarle,  aún así mantuvo siempre la mano sobre el mango de su cuchillo, debajo de la capa.

Llegó a la ciudad casi anocheciendo y tuvo que buscar un lugar donde pasar la noche. Encontró unos fardos de paja bajo un toldo, se acurrucó entre ellos y cerró los ojos.

A la mañana siguiente se dispuso a encontrar el trabajo que necesitaba. Se ofreció de aprendiz de todos los oficios que se daban en la ciudad. Se presentó ante el albañil de la obra de la catedral, que le dijo que no necesitaban más hombres. Intentó que lo contratasen de mozo en todas las tabernas y hasta de limpiador de cuadras. Lo único que llegó a conseguir fueron tres monedas por descargar unos cuantos carros de barriles de cerveza, las cuales le alcanzaron para pagarse un plato de cocido, un poco de pan y un buen vaso de vino. Al menos le quitaron el hambre y le calentaron el cuerpo.

Sin embargo la calma del estómago no pudo con su cabeza que volvía una y otra vez a pensar que era un fracasado y que mataría a su mujer y sus hijos de hambre. Encontrar un trabajo en la ciudad era su única salida para poder hacerse cargo de su familia y salir adelante. Pensó en todo el dinero que debía, pensó en la cara de su mujer, cada vez más escuálida, en las noches que sus hijos no podían dormir de tanta hambre que sentían. Y pensando se fue quedando sentado en el suelo junto a la puerta de una iglesia.

El ruido de las monedas al dar contra el suelo le sacó de su embelesamiento. Levantó la cabeza y se dio cuenta de que los feligreses lo habían tomado por un mendigo. Su primera reacción fue la de hacer ver a aquellas personas el error. Pero se dio cuenta de que al fin tenía lo que necesitaba, así que bajó la cabeza y dio las gracias cada vez que escuchaba el tintineo del metal contra la piedra.

Contaba siete monedas cuando se dio cuenta de que unos pies estaban parados a su lado. Elevó la cabeza y miró fijamente a un hombre vestido con telas de lujo que le resultaba familiar.

Soltó las monedas y empezó a llorar con desesperación y vergüenza cuando reconoció a Hipólito, un viejo y buen amigo. Hipólito se agachó y recogió las siete monedas. Después se quedó mirando a su viejo amigo, se quitó el guante de la mano derecha y con el dedo índice tocó las monedas que se convirtieron en una pequeña fortuna de oro reluciente.

-No sé qué te ha pasado para que te veas en la necesidad de pedir limosna, pero con estas monedas tendrás suficiente para vivir el resto del año, hasta que puedas recoger la cosecha. Ahora acompáñame a la taberna y bebamos como viejos amigos.

Escuchó de boca de Hipólito cómo había recibido el don de convertir todo lo que tocaba con su dedo índice en oro. Más que encontrar su historia asombrosa, la consideraba injusta, ¿por qué su amigo podía disponer de todo el dinero que necesitase mientras que él apenas podía mantener a su familia?

El dedo de la mano, posada sobre la mesa, era como un imán para su mirada, no podía levantar los ojos más de dos segundos. Notó que el mango de su cuchillo le quemaba la piel y para evitar abrasarse lo sacó con un movimiento rápido de debajo de su capa y ¡zas! De una tajada le amputó el dedo.