Tag Archives: nostalgia

Living abroad

11 Mar

Me sorprendió la respuesta que le di. Todavía no tengo claro cuál era mi intención. Puede que no quisiera darle la oportunidad de pensar que tiene algo de lo que preocuparse. A lo mejor quería que creyera que los días aquí son imposibles sin él, no sé, demasiado largos, demasiado fríos, demasiado monótonos y cualquier adjetivo que se les ocurra para definir una situación absolutamente contraria a la que estoy viviendo.

No tengo que pararme mucho tiempo a analizar todo lo que me está aportando esta vida en Bournemouth, que es mucho más que el simple aprendizaje de un idioma. Esta experiencia me está ayudando a conocerme, a explorar mis límites, o mejor dicho, la capacidad que tengo para expandirlos, porque estar aquí te hace abrir los horizontes. La coyuntura te lleva a estar con gente muy diferente, gente que, como mi amiga Marta dice, no serían tus amigos si estuvieras viviendo en casa.

Personas con las que, en muchos casos, solo compartes el hecho de estar viviendo en un país extranjero y en una cultura diferente –que no es poco- y que, como cada uno de nosotros, tienen una historia que contar y en muchos casos son historias alucinantes. Historias que van más allá del estoy aquí para aprender un idioma. Historias que pertenecen a culos inquietos, a cerebros que bullen creatividad, a corazones que necesitan huir y a ojos que quieren ver mundos diferentes. Aunque también hay historias de currículos que quieren reflejar algo de experiencia laboral, de bolsillos que quieren llenarse de independencia económica y de cuerpos que no quieren esperar tranquilamente en la cola del paro.

Este país es una concentración del mundo entero. En casi dos meses me reúno semanalmente con ingleses (mis compañeros de piso), con gente de Corea, de Turquía, de la India, de Rumanía, de Polonia, de Qatar, de Siria, de Italia. Con suizos, con checos, con colombianos y mejicanos, con brasileños y japoneses. Y por supuesto, con españoles y canarios, porque no se puede evitar tener por amigo a alguien de la comunidad más numerosas en esta ciudad (tan numerosa que podemos decir que los ingleses tienen Gibraltar pero España tiene Bournemouth).

También he de confesar que tener la oportunidad de hablar en tu lengua materna es algo que ayuda a sobrellevar los momentos de bajona, que los hay, porque no todo el monte está siendo orégano. Esta distancia (y este clima espantoso) te ayudan a valorar mucho más a las personas que quieres, las recuerdas con más frecuencia, especialmente las cosas que te gustan de ellos. Echo especialmente de menos a mis abuelos y confieso que me acecha el miedo de que puede que cuando regrese a Canarias ellos ya no estén.

Por otro lado me está ayudando el no tener que preocuparme por la economía. Hasta el momento mis intentos por buscar un empleo –que no han sido muy intensos- no han dado resultado positivo. En gran medida se debe a que mi nivel de inglés is not good enough, pero tiempo al tiempo. Anyway, conociéndome, si no tuviera el desahogo económico que tengo, la realidad no pintaría tan apetitosa.

El apetito es una de las cosas que más me ha crecido a lo largo de estas siete semanas, no el de comerme un potaje de berros con su gofio amasao y su cachito de queso tierno, como Dios manda, no. El apetito de conocer mundo. De volver a mi plan original de estar aquí un tiempo y luego poner rumbo a Francia o Alemania pasando primero unos meses por América del Sur para conocer Argentina, Ecuador, Chile, Perú, Paraguay y Uruaguay. El hambre de seguir conociendo personas de aquí y de allá, de saber qué han hecho, hacen o planean hacer.

Sé que éste hambre es incompatible con él, con su cerrazón por dejar los pies quietos dentro de un tiesto y no sacarlos nunca, ni para mojar un poco las raíces o para cambiarlos a nueva tierra con más nutrientes. No voy a meterme en la jaula de forma voluntaria, no al menos sabiendo que es de los que no piensa salir de ella de vez en cuando para estirar las alas y respirar otro aire.

Por eso he dejado de decirle que mi vida aquí es monótona y que no tengo mucho que hacer. Porque no es verdad y porque es una absoluta estupidez por mi parte decirle algo así para que no se sienta mal, como si fuese algo malo lo que estoy haciendo. Si no se alegra por mi, mal asunto. Si no quiere que sea feliz, mal asunto. Si no quiere compartir mi felicidad, mal asunto. Afortunadamente tiene remedio.