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Papeletas sin gaviota

30 Oct

A pesar de llevar dos años viviendo en Inglaterra mantengo el contacto con la actualidad en España. Leo todos los días los periódicos en versión digital y veo algunos programas de televisión en Internet. Desde la distancia no se ven personas mayores buscando en los contenedores de basura, ni niños estudiando con fotocopias porque no hay para comprar libros, tampoco contadores de luz con los cables cortados por impago, ni las colas en las oficinas del paro. No se ven inmigrantes saltando la valla ni muriendo por no poder pagarse la atención sanitaria. No se ve gente tirándose por el balcón porque vienen a desahuciarles. Sin embargo el sentimiento de indignación y hartazgo traspasa fronteras y mi cabreo con el Gobierno español, el partido que lo sustenta y la oposición, llega al nivel de echar vapor por las orejas.

Me pregunto cómo es que los ciudadanos no han empezado a pegarle fuego a todo. Sí, ya sé que la violencia no lleva a ninguna parte, pero seguro que para muchos sería un desahogo responder a la violencia que el Gobierno, los bancos y los mercados ejercen sobre los ciudadanos dejando el coche de unos cuantos particulares sin ruedas o poniendo pegamento en la cerradura de las mansiones de algunos indeseables. Lo que pasa es que los ciudadanos respetan y practican mejor el ejercicio de la democracia que el propio Gobierno y especialmente mejor que el partido que gobierna, el PP, que para colmo de la hipocresía, es especialista en repartir carnés de demócratas y poner etiquetas de terroristas.

La operación Púnica sigue sumando gotas al vaso del hartazgo de los ciudadanos y miedo a perder el poder a los que se creían imbatibles. Parece que el PP se está dando cuenta de que el nivel de estupidez de la gente no es tan alto como ellos, que son los listos, creían. Han pedido perdón, y creo que es la primera vez que oigo a Mariano Rajoy pedirlo en cuanto a corrupción de su partido se refiere. Creo que antes se dedicaba a enviar mensajes de texto apoyando al sujeto enchironado. Me pregunto si lo hubiera hecho, lo de pedir perdón, si estuviéramos a principios de legislatura y no a siete meses de las elecciones autonómicas y municipales.

Además, en un abrir y cerrar de ojos, han suspendido de militancia a los detenidos en este caso. Sí, muy rápidos han sido si tenemos en cuenta lo remolones que se han hecho en otros casos, como por ejemplo el de las tarjetas black con Rato, que por cierto, estará el hombre dando las gracias al cielo porque la Operación Púnica haya salido a la luz. Ahora lo suyo ha quedado en un segundo plano. También tengo mis dudas de que el PP hubiera dado este paso de estar en 2012 y no a finales de 2014. Y ya puestos a quitar carnés del partido, ¿por qué no lo hacen también a los alcaldes y concejales que estando imputados concurrieron a las elecciones de 2011?

Pero no echemos las campanas al vuelo. Al contrario de lo que puede parecer a primera vista, el PP lo que ha hecho es otra demostración de su soberbia y una nueva mofa a los ciudadanos. Piden perdón con la misma cara de al que le ha salido un hijo descarriado. Las elecciones están cerca y hay que aparentar, al principio, que esto no va con nosotros y ahora que no va a haber quien nos gane a contundencia contra la corrupción. Fotos, titulares y palabras vacías de contenido que quedan en saco roto desde el mismo momento que salen de sus podridas bocas.

Es tal su soberbia y falta de respeto a los ciudadanos que ni a mencionar la palabra corrupción se atreve, por no hablar de los nombres de esas personas por los que la prensa, y en extensión los ciudadanos, se interesan. Por supuesto dimitir es una palabra china sin traducción al español para ellos.

Ustedes, los del PP, siguen escuchando a las gaviotas sin levantar la cabeza para darse cuenta de que ahora son como los pájaros de Hitchcok y esperan ansiosas a que mayo llegue para matarles a picotazos, los picotazos de meter otra papeleta, sin gaviota, en las urnas.

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Living abroad

11 Mar

Me sorprendió la respuesta que le di. Todavía no tengo claro cuál era mi intención. Puede que no quisiera darle la oportunidad de pensar que tiene algo de lo que preocuparse. A lo mejor quería que creyera que los días aquí son imposibles sin él, no sé, demasiado largos, demasiado fríos, demasiado monótonos y cualquier adjetivo que se les ocurra para definir una situación absolutamente contraria a la que estoy viviendo.

No tengo que pararme mucho tiempo a analizar todo lo que me está aportando esta vida en Bournemouth, que es mucho más que el simple aprendizaje de un idioma. Esta experiencia me está ayudando a conocerme, a explorar mis límites, o mejor dicho, la capacidad que tengo para expandirlos, porque estar aquí te hace abrir los horizontes. La coyuntura te lleva a estar con gente muy diferente, gente que, como mi amiga Marta dice, no serían tus amigos si estuvieras viviendo en casa.

Personas con las que, en muchos casos, solo compartes el hecho de estar viviendo en un país extranjero y en una cultura diferente –que no es poco- y que, como cada uno de nosotros, tienen una historia que contar y en muchos casos son historias alucinantes. Historias que van más allá del estoy aquí para aprender un idioma. Historias que pertenecen a culos inquietos, a cerebros que bullen creatividad, a corazones que necesitan huir y a ojos que quieren ver mundos diferentes. Aunque también hay historias de currículos que quieren reflejar algo de experiencia laboral, de bolsillos que quieren llenarse de independencia económica y de cuerpos que no quieren esperar tranquilamente en la cola del paro.

Este país es una concentración del mundo entero. En casi dos meses me reúno semanalmente con ingleses (mis compañeros de piso), con gente de Corea, de Turquía, de la India, de Rumanía, de Polonia, de Qatar, de Siria, de Italia. Con suizos, con checos, con colombianos y mejicanos, con brasileños y japoneses. Y por supuesto, con españoles y canarios, porque no se puede evitar tener por amigo a alguien de la comunidad más numerosas en esta ciudad (tan numerosa que podemos decir que los ingleses tienen Gibraltar pero España tiene Bournemouth).

También he de confesar que tener la oportunidad de hablar en tu lengua materna es algo que ayuda a sobrellevar los momentos de bajona, que los hay, porque no todo el monte está siendo orégano. Esta distancia (y este clima espantoso) te ayudan a valorar mucho más a las personas que quieres, las recuerdas con más frecuencia, especialmente las cosas que te gustan de ellos. Echo especialmente de menos a mis abuelos y confieso que me acecha el miedo de que puede que cuando regrese a Canarias ellos ya no estén.

Por otro lado me está ayudando el no tener que preocuparme por la economía. Hasta el momento mis intentos por buscar un empleo –que no han sido muy intensos- no han dado resultado positivo. En gran medida se debe a que mi nivel de inglés is not good enough, pero tiempo al tiempo. Anyway, conociéndome, si no tuviera el desahogo económico que tengo, la realidad no pintaría tan apetitosa.

El apetito es una de las cosas que más me ha crecido a lo largo de estas siete semanas, no el de comerme un potaje de berros con su gofio amasao y su cachito de queso tierno, como Dios manda, no. El apetito de conocer mundo. De volver a mi plan original de estar aquí un tiempo y luego poner rumbo a Francia o Alemania pasando primero unos meses por América del Sur para conocer Argentina, Ecuador, Chile, Perú, Paraguay y Uruaguay. El hambre de seguir conociendo personas de aquí y de allá, de saber qué han hecho, hacen o planean hacer.

Sé que éste hambre es incompatible con él, con su cerrazón por dejar los pies quietos dentro de un tiesto y no sacarlos nunca, ni para mojar un poco las raíces o para cambiarlos a nueva tierra con más nutrientes. No voy a meterme en la jaula de forma voluntaria, no al menos sabiendo que es de los que no piensa salir de ella de vez en cuando para estirar las alas y respirar otro aire.

Por eso he dejado de decirle que mi vida aquí es monótona y que no tengo mucho que hacer. Porque no es verdad y porque es una absoluta estupidez por mi parte decirle algo así para que no se sienta mal, como si fuese algo malo lo que estoy haciendo. Si no se alegra por mi, mal asunto. Si no quiere que sea feliz, mal asunto. Si no quiere compartir mi felicidad, mal asunto. Afortunadamente tiene remedio.