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Detrás de las cifras oficiales (historia de expatriados)

10 Nov

La imagen de los expatriados por la crisis económica que afecta a España está fuertemente asociada a la de una persona joven, con formación y sin posibilidades de encontrar trabajo, que decide irse fuera para encontrar las oportunidades laborales que España no le ofrece. Alejandro García y Beatriz Freijeiro están fuera de ese patrón. Entre los dos casi tienen un siglo de vida y acumulan más de dos décadas de experiencia trabajando como autónomos en sus profesiones. Él es aparejador, ella diseñadora de interiores. Además están casados y tienen seis hijos: Reyes (22), Paula (18), Alejandra (13), María (11), Pablo (9) y Lucas (7).

Todos los derechos reservados a Tomasz M. Radej

Familia García- Freijero. Foto tomada por Tomasz M. Radej

En agosto de 2013 la familia metió toda su vida en el coche. Dejaron atrás a los parientes, los amigos y sus profesiones. Llegaron a Bournemouth, buscaron una casa para ocho y abrieron su propio negocio, el Spanish Taste.

El local tiene un ventanal inmenso orientado al sur que deja entrar el escaso sol de Inglaterra. La mano de Beatriz se evidencia en la decoración del local. Dominan los tonos canela y mostaza. Elegancia y sencillez. Color y luz como en España. En la pared que da al Este hay un mural en el que se ve una callejuela y gente sentada en una terraza bebiendo cañas y tapeando. “Eso es en Valencia”, me dijo Alejandro el primer día que entré en el restaurante.

Después de haber montado la terraza y antes de ponerse a preparar la paella, interrumpidos en alguna ocasión por algún cliente que viene a tomarse un café, el matrimonio me cuenta cómo hicieron eso de coger a sus seis hijos, dejar su profesión, echarle el cierre a su casa, despedirse de sus familiares y amigos y empezar de cero en un nuevo país.

A priori uno puede pensar que hay que estar muy desesperado para hacer algo así. “Todo el mundo nos dice que estamos locos”, comenta Beatriz. El matrimonio se lo toma con humor. No son veinteañeros que deciden a la ligera. Al contrario, reflexionan mucho sobre sus planes. Forman un equipo. Trabajan unidos y afrontan la vida con decisión, haciendo frente a los miedos.

Su situación económica no era preocupante cuando decidieron mudarse a Inglaterra pero sí que estaban preocupados. “La incertidumbre es lo que no me permitía seguir en España”, dice Alejandro en referencia a que los proyectos profesionales que les llegaban eran cada vez menos, así que “antes de empezar a pasarlo mal” decidieron hacer las maletas.

Trazaron un plan. Conocían un poco Inglaterra, especialmente Beatriz que desde pequeña venía con su padre a los mercadillos de antigüedades para adquirir mercancías para el negocio familiar. Sabían que este país les gustaba. Exploraron Bournemouth. Les gustó el ambiente y miraron locales para abrir el restaurante. “No podíamos venir para no hacer nada”, explica Alejandro cuando le pregunto dónde y cómo surgió la idea del Spanish Taste. “Creímos que la comida española sería un buen reclamo”, prosigue. La idea es fruto de su actitud ante la vida, de su determinación por “reinventarse, enfrentarse a la situación y actuar”. Aunque su experiencia en el sector era nula, se pusieron manos a la obra pero a la manera en que los García-Freijeiro hacen todo, “con ilusión y alegría”.

Y así, con alegría, echándole ganas a la vida, Beatriz Freijeiro pasó de ser diseñadora de interiores a cocinera y Alejandro García cogió la bandeja dejando atrás las líneas y ángulos de los planos. Los resultados los están cosechando en forma de tranquilidad, sin pérdidas desde el primer mes de apertura y ganando fama de buen lugar para comer comida típica española, casera y a buen precio pero sin “pretensiones de pasar por profesionales”, remarcan.

Oportunidades para el futuro

Regresar a España está fuera de sus planes a medio y largo plazo. En su opinión la crisis pasará pero llevará muchos años recuperar los niveles de bienestar social que se han perdido. Destacan la falta de oportunidades para los que terminan estudios superiores, como es el caso de su hija Reyes, que acaba de terminar Sociología. “Es la generación de seguir estudiando, pero ¿para qué?”, se pregunta Alejandro. En este sentido el matrimonio está más satisfecho con el sistema educativo inglés, ya que se centra en poner en práctica los conocimientos y no solo en memorizar y hacer exámenes, como se hace en España.

Proporcionar a sus hijos una educación mejor, además del hecho de que sean bilingües es darles más oportunidades para desarrollarse profesionalmente en el futuro. Aseguran que sus hijos “tienen la menta abierta” y que quieren viajar. “Hay padres que mandan a sus hijos a estudiar al extranjero, nosotros nos hemos venido todos juntos”, dicen entre risas. Después de un año, todos hablan inglés, los más pequeños han avanzado muchísimo y Paula ha sido aceptada en la Universidad de Bournemouth para estudiar Media (cine y televisión). “Aunque no tenga mucha lógica”, el hecho de que tengan una titulación de una universidad británica le abrirá puertas para trabajar en cualquier parte del mundo, asegura Beatriz.

Emigrar con toda la familia ha ayudado en el proceso de adaptación. Se sienten cómodos, les gusta la ciudad, están sorprendidos con la calidad de vida y con los ingleses, a los que consideran amables y muy sociables. “Somos afortunados, estamos con nuestra familia y tenemos la oportunidad de darles una mejor educación mientras que en España hay gente perdiendo sus casas y sin poder sacar a sus hijos adelante”.

“Todo tiene su lado bueno”, añade Beatriz que recuerda que su familia ha tenido que dejar atrás muchas cosas pero al final te das cuenta de que “no necesitas ni la mitad de lo que tienes para vivir y estar bien”.

Les pregunto su opinión acerca de los expatriados que se quejan de estar limpiando baños a pesar de ser titulados universitarios. “Lo importante es la actitud ante las cosas“, me dicen. “El que se queja se queja siempre”, da igual dónde esté. Entienden que para los jóvenes que vienen solos y tienen que empezar de cero en este país sea más difícil y que muchos acaben regresando, pero “hay que ser activos en vez de esperar a que las cosas se arreglen solas” o a que las solucionen otros. “Si demuestras que vales, te darán oportunidades”, esa es la recompensa que tiene Inglaterra.

Predicar con el ejemplo

Los García-Freijeiro predican con el ejemplo. Sin esa actitud positiva y proactiva ante la vida no se habrían enfrentado a la odisea que supone coger a sus seis hijos, dejar toda su vida atrás y empezar desde cero en un nuevo país. Claro que tienen experiencia de sobra en lograr los objetivos que se proponen. Hace una década, con una situación económica más desahogada, decidieron que querían tener un cuarto hijo. “Creíamos que era egoísta seguir teniendo hijos biológicos”, explica Alejandro, así que tramitaron la adopción de María, que nació en China.

La felicidad que la niña trajo a la familia les animó a adoptar un quinto hijo, aunque esta vez no fue tan fácil. El gobierno chino había empezado a poner reparos dilatando todos las solicitudes. De nueve meses los trámites pasaban a seis o siete años. “Mucha gente tiró la toalla”. Ellos siguieron. Habían oído hablar de los niños de Pasaje Verde, niños con necesidades especiales (enfermedades, malformaciones, discapacidades). “Cuanto más nos informamos, más seguros estábamos de que queríamos seguir con la adopción” ya que estos niños “tienen muchas menos posibilidades de ser adoptados y se quedan absolutamente tirados”. Pablo llegó a la familia y después de él decidieron que “había que cerrar el cupo” adoptando a un sexto hijo, Lucas, también de Pasaje Verde. Él y Pablo tienen labio leporino, una malformación congénita que les obliga a sufrir intervenciones quirúrgicas hasta los 18 años.

“Hay gente que piensa que somos ricos”, dicen. ¿Y lo son?, les pregunto. “Todo depende de cómo quieras gastar tu dinero. Nosotros, en vez de irnos a cenar preferimos dedicarlo a esto” (adopción), explica Beatriz. “Lo realmente difícil es la segunda parte, mantenerlos”. Alejandro y Beatriz van superando día a día la prueba de sacar a sus hijos adelante. El matrimonio es el motor de la familia y su familia motiva que se pongan cada día en pie, se metan entre sartenes, bandejas y lo que haga falta. Mirando de frente a la vida y sonriendo.

Living abroad

11 Mar

Me sorprendió la respuesta que le di. Todavía no tengo claro cuál era mi intención. Puede que no quisiera darle la oportunidad de pensar que tiene algo de lo que preocuparse. A lo mejor quería que creyera que los días aquí son imposibles sin él, no sé, demasiado largos, demasiado fríos, demasiado monótonos y cualquier adjetivo que se les ocurra para definir una situación absolutamente contraria a la que estoy viviendo.

No tengo que pararme mucho tiempo a analizar todo lo que me está aportando esta vida en Bournemouth, que es mucho más que el simple aprendizaje de un idioma. Esta experiencia me está ayudando a conocerme, a explorar mis límites, o mejor dicho, la capacidad que tengo para expandirlos, porque estar aquí te hace abrir los horizontes. La coyuntura te lleva a estar con gente muy diferente, gente que, como mi amiga Marta dice, no serían tus amigos si estuvieras viviendo en casa.

Personas con las que, en muchos casos, solo compartes el hecho de estar viviendo en un país extranjero y en una cultura diferente –que no es poco- y que, como cada uno de nosotros, tienen una historia que contar y en muchos casos son historias alucinantes. Historias que van más allá del estoy aquí para aprender un idioma. Historias que pertenecen a culos inquietos, a cerebros que bullen creatividad, a corazones que necesitan huir y a ojos que quieren ver mundos diferentes. Aunque también hay historias de currículos que quieren reflejar algo de experiencia laboral, de bolsillos que quieren llenarse de independencia económica y de cuerpos que no quieren esperar tranquilamente en la cola del paro.

Este país es una concentración del mundo entero. En casi dos meses me reúno semanalmente con ingleses (mis compañeros de piso), con gente de Corea, de Turquía, de la India, de Rumanía, de Polonia, de Qatar, de Siria, de Italia. Con suizos, con checos, con colombianos y mejicanos, con brasileños y japoneses. Y por supuesto, con españoles y canarios, porque no se puede evitar tener por amigo a alguien de la comunidad más numerosas en esta ciudad (tan numerosa que podemos decir que los ingleses tienen Gibraltar pero España tiene Bournemouth).

También he de confesar que tener la oportunidad de hablar en tu lengua materna es algo que ayuda a sobrellevar los momentos de bajona, que los hay, porque no todo el monte está siendo orégano. Esta distancia (y este clima espantoso) te ayudan a valorar mucho más a las personas que quieres, las recuerdas con más frecuencia, especialmente las cosas que te gustan de ellos. Echo especialmente de menos a mis abuelos y confieso que me acecha el miedo de que puede que cuando regrese a Canarias ellos ya no estén.

Por otro lado me está ayudando el no tener que preocuparme por la economía. Hasta el momento mis intentos por buscar un empleo –que no han sido muy intensos- no han dado resultado positivo. En gran medida se debe a que mi nivel de inglés is not good enough, pero tiempo al tiempo. Anyway, conociéndome, si no tuviera el desahogo económico que tengo, la realidad no pintaría tan apetitosa.

El apetito es una de las cosas que más me ha crecido a lo largo de estas siete semanas, no el de comerme un potaje de berros con su gofio amasao y su cachito de queso tierno, como Dios manda, no. El apetito de conocer mundo. De volver a mi plan original de estar aquí un tiempo y luego poner rumbo a Francia o Alemania pasando primero unos meses por América del Sur para conocer Argentina, Ecuador, Chile, Perú, Paraguay y Uruaguay. El hambre de seguir conociendo personas de aquí y de allá, de saber qué han hecho, hacen o planean hacer.

Sé que éste hambre es incompatible con él, con su cerrazón por dejar los pies quietos dentro de un tiesto y no sacarlos nunca, ni para mojar un poco las raíces o para cambiarlos a nueva tierra con más nutrientes. No voy a meterme en la jaula de forma voluntaria, no al menos sabiendo que es de los que no piensa salir de ella de vez en cuando para estirar las alas y respirar otro aire.

Por eso he dejado de decirle que mi vida aquí es monótona y que no tengo mucho que hacer. Porque no es verdad y porque es una absoluta estupidez por mi parte decirle algo así para que no se sienta mal, como si fuese algo malo lo que estoy haciendo. Si no se alegra por mi, mal asunto. Si no quiere que sea feliz, mal asunto. Si no quiere compartir mi felicidad, mal asunto. Afortunadamente tiene remedio.