MA-LI-CA

11 Mar

Había pensado en el momento de mi muerte unos cuantos días antes. Me imaginé demasiado joven para morir víctima de una larga y dolorosa enfermedad. Mis hijos lloraban desconsoladamente en mi lecho de muerte y mi marido, después de pedirles que nos dejaran a solas un rato, me confesaba su amor y me pedía disculpas por no haber sido mejor esposo.

Sin embargo, el último día de mi vida llegó sin avisar y yo estaba realmente preciosa.

Había ido a la peluquería bien temprano. Después de una limpieza de cutis, manicura y pedicura, depilación desde los dedos de los pies hasta el pubis y lavado, tinte, corte y secado de pelo, me metí en la boutique más exclusiva de la ciudad y me compré un vestido de seda fría pintada a mano que me sentaba como un guante, porque había que reconocer que, a pesar de que ya tenía una edad y de los dos partos, seguía siendo muy atractiva.

Quería darle una sorpresa a mi marido, hoy era nuestro aniversario, algo que seguro que él no recordaba.

Miré el reloj y me eché un último vistazo en el espejo. Estaba impresionante. Tenía media hora para llegar a la oficina de mi esposo y cogerlo justo en el tiempo del almuerzo. De camino al coche comprobé en mi agenda la hora a la que había reservado mesa en el restaurante en el que nos conocimos.

Cuando llegué al edificio donde está su oficina me aseguré preguntando en recepción de que aún seguía en su despacho.

-Aún no ha bajado -me contestaron-, ¿quiere que le avisemos de que está aquí?

-No, es una sorpresa, gracias. Voy a subir.

Las puertas del ascensor se abrieron mostrando un mar de puestos de trabajo vacíos. Enfilé el pasillo que llevaba a su despacho, el que tenía en la puerta un letrero con la palabra “Director”. Oí ruido, así que toqué con los nudillos sin encontrar respuesta. Volví a tocar mientras giraba el pomo.

Si hubiese un récord mundial de girarse sobre los talones yo lo habría batido. Salí como una exhalación hacia el ascensor pensando en lo cabrón que era mi marido y sintiéndome como una imbécil, una imbécil traicionada. Escuché su voz llamándome desde el fondo del pasillo y sentí cómo la alianza de boda me quemaba. Cuando me la arranqué del dedo, me desplomé, quedó en silencio el espacio a mi alrededor, lo rompió el tintineo del anillo contra el suelo.

Abría la puerta y me encontraba de frente la mesa de estudio del despacho de mi marido, en el lateral había un joven muchacho desnudo que apoyaba su torso contra la madera y mantenía el culo en pompa, sudaba y gemía. Otro hombre con los pantalones por los tobillos y los calcetines sujetos con ligas masculinas, lo sodomizaba. Tenía las manos puestas alrededor de las nalgas del joven, le miré a la cara pero no la distinguía, llevaba puesta una alianza que yo había visto antes, me miré la mano, era igual que la mía.

Tuve esta pesadilla constantemente durante los tres días que estuve en coma. El trombo en alguna parte de mi cerebro fue apagando el resto de mis órganos hasta que el corazón dejó también de funcionar. Me pesó marcharme, pero creo que yo no lo elegí. Lo lamentaba por mis hijos y por el tiempo que había perdido.

Aunque me casé por la iglesia y mis hijos fueron bautizados y después hicieron la Primera Comunión, yo no era muy religiosa. Por eso me sorprendió tanto aparecer tumbada en una hamaca al lado de un joven musculado y atractivo. Aunque con una larga barba que no le pegaba nada, la verdad. Claro, es que era San Pedro, según me dijo, y me explicó que para el caso de las mujeres que mueren al saber que han sido engañadas por sus maridos tenían un trato especial en el cielo.

-Entendemos que ha quedado un conflicto sin resolver por lo que, de forma extraordinaria, hemos firmado un convenio con los hinduistas para que nos presten la reencarnación. Podrás volver a la vida y solucionar ese asuntillo con tu marido de la manera que mejor consideres, con solo dos condiciones: que no lo hagas reencarnada en un ser humano y que sólo él podrá percibirte.

Pensé inmediatamente en convertirme en un martillo para romperle las piernas, o en un cuchillo para cortarle la polla en rodajas.

-Ten en cuenta que si te reencarnas en un objeto no tendrás voluntad propia, sino que estarás a su merced -me dijo San Pedro, mientras yo alucinaba porque podía leer el pensamiento.

Como resultó que tenía una semana para decidirlo, me tomé mi tiempo. ¿Qué podía ser para joder a mi marido? ¿Ladilla? No, ya había sido bastante doloroso lo del trombo como para morir envenenada. ¿Crema lubricante con extra de “pimienta puta la madre”? Tampoco, las garantías de que la utilizaran eran pocas y mis ganas de saber a qué huele el culo del amante de mi marido, menos. Hice un repaso por todas las cosas que odiaba mi queridísimo esposo: la berenjena, los gatos, que me metiera en la cama embadurnada de crema, los chismes, la gente incompetente, la suciedad, la sauna y el baño turco, el calor excesivo y, sobre todo, la calima. ¡La calima, ya lo tenía!

San Pedro apareció al instante.

-Así que te quieres convertir en un accidente atmosférico que enturbia el aire y suele producirse por vapores de agua –me dijo.

Pero yo preferí ser la calima que viene cargada de aire caliente y polvo del Sáhara y calima fui.

El estado vaporoso, aunque sea de aire caliente y polvo, es muy agradable, casi no notas la gravedad, te desplazas silenciosa, puedes meterte por cualquier rendija, te esparces, te condensas.

El primer ataque al asqueroso de mi viudo y su amante llegó mientras almorzaban y hacían manitas por debajo de la mesa. Me colé por la pata del pantalón y me fui directa a su entrepierna haciendo que sus pelotas empezasen a sudar de forma desproporcionada. Noté cómo le bajaba la tensión, se le pegaban los pantalones y se le cambiaba el humor. Le echó la culpa a su amante diciéndole que lo dejara, que le estaba dando mucho calor.

El chaval, que no debía de tener más de veinticinco años y que no había salido del armario porque nunca había estado dentro, -por Dios, cariño, con lo que a ti te gustaba la discreción-, le propuso subir a la oficina a hacer eso que tanto les gustaba. Pero él declinó la oferta, alegando que ya le había dicho en más de una ocasión que desde que morí yo, no podía hacerlo en ese sitio.

-Pues vente al baño –planteó como alternativa.

Yo entré después de ellos. Estaban metidos en el váter, mi viudo de pie mientras su amante se la chupaba. Entré por el hueco que queda entre el techo y la pared de separación y me planté delante de la cara de mi marido que estornudó una, dos, tres veces.

-Joder, para ya, que cada vez que estornudas me llega la punta a la boca del estómago y me dan arcadas. Voy a vomitar todo el gazpacho.

-¿Qué demonios te ocurre? -le preguntó su amante-. Estás con un humor que no hay quien te aguante.

-Es que no soporto la calima –dijo aflojándose el nudo de la corbata y desabrochando el botón del cuello.

-¿Calima? La calima la tienes en la cabeza desde que murió tu mujer.

No le di tregua, al contrario, quise apretar un poco más. Le seguí hasta su oficina en la que puso el aire acondicionado a la mínima temperatura nada más entrar. El muy cretino seguía teniendo mi foto sobre su escritorio y hasta me tenía encendida una pequeña vela. Me pegué a él con tanto ahínco que le bajó la tensión hasta desmayarse. Entonces me relajé un poco para que no se terminara la diversión tan pronto.

Después de que el médico de la empresa lo examinara, decidieron enviarlo a casa a descansar. Por supuesto su amante estuvo en todo momento con él, lo que alimentó aún más los rumores sobre su relación y las circunstancias de mi muerte.

Se tumbó en la cama. Me acosté sobre él, ahora mi antigua cama no me parecía tan confortable. Su joven amante conectó el aire acondicionado y fue a buscarle un zumo a la cocina. Yo aproveché para husmear en la habitación, todavía seguía mi ropa colgada en el vestidor, las joyas estaban en su sitio, mi ropa interior, mis cosméticos en el baño.

El amante regresó con un vaso en la mano.

-¿Te encuentras mejor?

-Sí, dentro de casa la calima no me afecta tanto.

-La calima, claro. Vamos a despejarte la mente –dijo llevando su mano al paquete de mi marido, bajándole la bragueta y metiéndose la polla en la boca.

Serían hijos de puta, en mi cama, que todavía olía a mí, con mis cosas aún en su sitio. Podía matarlo y quise hacerlo. Me fui directa a su garganta, entrando por los orificios nasales. Se le resecó como si llevase tres días perdido en el desierto sin agua. Me divertí girando en los anillos de su tráquea. Me colé por su bronquios hasta los alveolos y produje tal inflamación que empezó a ponerse azul de la asfixia.

El maricón del amante, creyendo que se moría, se puso a gritar como un loco. Sentía ganas de apretar más y más. Que sufriera. Que se jodiera. Como lo hice yo.  Que sintiera ese cabrón cómo se le escapaba la vida.

La puerta de la habitación se abrió de golpe, mi hijo mayor traía el móvil en la mano, llamaba a Emergencias. Mi hija se aferró a la cintura de su padre llorando desquiciada. Miraba a la cara de su padre preguntándole qué le pasaba. Me miró a los ojos. Me disipé. 

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Abrupto final

19 Sep

La imaginación fue la causa de la ruptura de aquella breve relación. La imaginación y las pastillas laxantes que me había tomado la noche anterior a la que él llegara a la ciudad.

Tuve que reconocer que el hecho de que él decidiese cambiar el pasaje por tercera vez y terminara adelantando el vuelo, que en principio tenía para las cinco de la tarde, a las siete de la mañana, fue algo que me puso de muy mala hostia. Me preguntaba qué demonios creería aquel hombre que se podía hacer a esas horas, cuando no se habían puesto ni las aceras.

Traté de calmarme convenciéndome de que lo hacía porque me quería y porque quería estar más tiempo conmigo, algo que me tendría que hacer sentir bien. La intención era buena, desde luego, pero el muchacho debería de saber que lo que importa no es la cantidad sino la calidad.

Recorrí los kilómetros hasta el aeropuerto bombardeada por una batería de retortijones y otra de pensamientos negativos respecto a los días que íbamos a pasar juntos y tuve que reconocer, sin mucho pesar, que no me apetecía la visita sorpresa que me había preparado. Yo estaba muy tranquila viviendo una nueva vida que me encantaba y que me estaba haciendo sacar lo mejor de mí misma. Esa plenitud iba a verse interrumpida por sus constantes reclamos de cariño, que ya me sacaban de quicio en las escasas llamadas de teléfono y los guasás de tanto en tanto.

Pensaba en él y me agotaba.

En la gasolinera, que quedaba a mitad de camino, aproveché que tenía que llenar el depósito para ir al baño por segunda vez en el día. Me di cuenta de la efectividad de las pastillas laxantes nada más despertarme pues mientras preparaba el desayuno tuve que sentarme un rato en el váter evacuando con absoluta facilidad, nada que ver con la dolorosa visita al baño de hacía dos días.

A pesar del fugaz paso por el lavabo los retortijones no me abandonaron durante el camino al aeropuerto, cosa que no interpreté de forma negativa sino todo lo contrario, eso evitaba que siguiera imaginando la desastrosa estancia del chico al que tenía cariño pero no quería, (aunque él estaba enamorado de mí, lo notaba por las cosas que me decía, porque me miraba con aquella cara de ereslamujerdemividanoquieroqueestoseacabenunca, porque bastaba que yo pidiera algo por la boquita para que inmediatamente o al día siguiente lo tuviera, y sobre todo porque antes de que me viniera a vivir una nueva vida se había empeñado en presentarme a toda su familia como su novia y la verdad es que no hice nada para evitarlo. Qué cabrona puedo llegar a ser).

Corrí hasta la terminal de llegadas apurada por un nuevo cólico. Le di un fugaz beso y un débil achuchón y, tras prometerle con desgana que volvía enseguida, me fue directa al baño. El olor era vomitivo, creía que estaba largando hasta la primera comida que probé en mi nueva ciudad, que con mis serios problemas de estreñimiento, seguro que algo debía quedar por ahí entre mis tripas.

Asombrosamente él se mantuvo bastante distante en el trayecto del aeropuerto a la primera cafetería que encontramos abierta en el camino a casa. Sostuvimos una correcta conversación en la que nos contamos la rutina de cada uno ahora que estábamos separados. Yo combiné las risas necesarias con el disimulo de los retortijones, que seguían acosándome. Pero fue echar el freno de mano y salir el verdadero yo de él (es decir, su YO). Comenzó a besarme y abrazarme de forma desesperada diciéndome que le dejara sentirme, que me había echado de menos, que necesitaba contacto físico, tocarme, acariciarme, apretarme. ¡Ay, que me cago!, pensé yo cuando me estrujó contra su cuerpo agarrándome por la cintura. Deseé convertirme en arena y escaparme de sus brazos quedando reducida a un montoncito de granos a sus pies.

Sentía como que me habían arrancado de cuajo un pulmón.

Después de desayunar nos fuimos a casa a dejar los bolsos. Había planeado una pequeña visita a la ciudad para que conociera las calles que empezaban a formar parte de mi nueva rutina. Me sentía incómoda por el efecto de las pastillas laxantes, a lo que se sumaba tener que estar todo el rato batallando con el pulpo aquel que Ryanair me había traído desde Gran Canaria. ¡Santo Dios, qué agobio!

Lo mejor sería que fuera sincera (medio sincera) con él: Oye, sé que no estoy muy cariñosa, es que tu llegada así, de sopetón, me ha cogido por sorpresa y tengo que acostumbrarme a tu presencia. Dame un poco de tiempo y de aire, por favor.

Su cara fue todo un poema.

Juro que se lo dije con delicadeza, con asertividad, como hubiera dicho mi psicóloga. Comprendo que mi actitud fue una decepción para sus expectativas, que duele no sentirse correspondido en los sentimientos, pero no me podía obligar a sentir lo que no sentía. Aún así conseguí relajarme y poco a poco fui tolerando su abrupta irrupción en mi nuevo mundo.

Salir a la calle, visitar parques y museos, refugiarnos del frío en los cafés (donde aprovechaba para hacer caso a mis intestinos, que no dejaban de manifestarse), fueron cosas que me ayudaron a estar más receptiva, tanto que hasta me acordé del pedazo de polla que tenía el cabrón y de lo bien que follaba. Mira que es puñetera mi cabeza.

Me apeteció echar un polvo, así de repente. Le dije que estaba cansada y que quería volver al piso. Una vez allí fui yo la que lo abordó. No me costó mucho ponerlo a tono. Y visto aquel trabuco…a mi se me olvidó la incómoda presencia del conjunto de carne y huesos que se escondían detrás.

Pero la fiesta me duró poco. Cuando su boca se acercó a la mía me comí toda la cebolla que el muchacho le puso a la ensalada del buffet. Sentí mucho asco cuando empezó a chupetearme los pezones. ¡Joder, el cabrón este me va a dejar apestando a cebolla! Pensé que si lo volvía a rechazar, que era lo que realmente quería, iba a terminar de destrozarlo, así que busqué inmediatamente un entretenimiento mejor que me hiciera apartar el pensamiento de aquel desagradable olor que se iba esparciendo a golpe de lengua por mi cuerpo. Escribí mentalmente lo que me estaba ocurriendo y la prosa llegó divertida a mi cabeza, con verbos exactos y adjetivos puntiaguados. Describía con agilidad la mala hostia de tener que levantarme a las cinco de la mañana para ir a buscarlo al aeropuerto porque el puto chiquillo se había empeñado en llegar en el primer vuelo. Sus exigencias de mimos. Su insistencia en que nos diéramos el lote en cualquier sitio público, con lo que a mi me gusta la discreción. Sus constantes apretones que casi me hacen cagarme encima y ahora ese repugnante olor a cebolla que me tenía las tripas revueltas.

Un alarido me hizo salir de mi historia. Sin darme cuenta el coraje que me producía repasar el desastroso día me llevó a aprisionar su labio superior entre mis dientes.

Después de pedirle disculpas decidí concentrarme en el tema en el que estábamos (a ver si por lo menos podía sacar un par de orgasmos de tal calvario). Me puse encima. Cabalgando cual amazona no tenía que besarlo ni podía dejarme el cuerpo lambusiao de saliva con olor a cebolla. Me concentré en sentir la mejor parte de su cuerpo -la única que me gustaba ese día- dentro de mí.

Estaba llegando a ese punto en el que sabes que el orgasmo está cerca. Seguí moviéndome acompasadamente cuando sentí que la tripa se me doblaba queriendo empujar todo lo que le quedaba dentro fuera de mi cuerpo. ¡Coño, solo faltaba que me cagara encima de este pobre!, pensé. Me imaginé la escena y me entró un ataque de risa que valió más que muchos orgasmos que he sentido en mi vida. No podía parar, me estaba cagando de risa.

Se pueden imaginar el mosqueo de él que me amenazaba con marcharse inmediatamente si no le contaba de qué me estaba riendo. Yo no podía explicarle de qué era, hubiese sido muy humillante, joder. Así que cumplió su palabra, se vistió, cogió la maleta que aún no había desecho y quiso mandarse a mudar, pero el frío y la poca posibilidad de lograr dónde dormir esa noche lo hicieron cambiar de opinión.

Al día siguiente lo llevé de vuelta al aeropuerto. Lo correcto hubiese sido que le pidiera que se quedara, pero estaba deseando que se marchara. Nunca lo había echado de menos. Nunca le había pedido que viniera. Nunca lo había querido.

Me sentí culpable las tres primeras horas. Después le pedí disculpas, le deseé lo mejor y seguí con mi vida.

El ascensor

31 Jul

-Pase usted, por favor, que hace años que estamos en el siglo veintiuno, ya sabe, igualdad de la mujer y esas cosas -dijo con una fría sonrisa en su boca y las manos cargadas con bolsas del supermercado.

-No es machismo, es cortesía, eso nunca debe faltar, ¿sabe usted? -El hombre de pelo corto y oscuro, que también sonreía falsamente, extendió el brazo indicándole que pasara ella primero.

-Bueno, si yo le contara… -contestó mientas cruzaba el umbral de la puerta-. ¿Llega su cortesía a hacerme el favor de ayudarme con las bolsas?

-Faltaría más. -Cogió cuatro de las ocho bolsas que cargaba la señora y la siguió hasta el ascensor.

-¡Hola! -saludó ella al vecino del décimo que esperaba que llegara el ascensor.

-¡Hola! -dijo el señor cortés como un eco.

-Buenas tardes -respondió el vecino.

Los pasos, el ruido de las bolsas y las buenas tardes dejaron hueco a los cables de tracción del ascensor, el único sonido que pudo apreciarse en los segundos que tardó en llegar al piso cero. Se abrió la puerta.

-Usted primero, señora -dijo el vecino del décimo.

-Vaya, ¿también está usted con eso de la cortesía?

-Bueno, mi padre me ha dado una buena educación y me enseñó que las damas siempre van primero.

-Ya. ¿Le importaría ser un perfecto caballero y marcarme el octavo piso?

-Por supuesto que no me importa. ¿Y usted a qué planta va? -preguntó al señor cortés.

-También me quedo en la ocho, gracias.

La cabina se cerró y comenzó a ascender, se volvió a hacer el silencio.

El ascensor paró en la octava planta.

-Usted primero -dijo el señor cortés.

La mujer se despidió del vecino del décimo con una sonrisa leve pero sincera y pasó delante del señor cortés dando un respingo.

Se acercó hasta la puerta de la que colgaba una gran letra C, fue a coger todas las bolsas en una mano para poder sacar la llave del bolso con la otra cuando oyó la voz del señor cortés que le decía:

-No, por favor, permítame.

Dejó las bolsas en el suelo y sacó unas llaves de su bolsillo, las metió en la puerta de la que colgaba la letra C y abrió.

-Pase, por favor.

-Ya es la quinta vez que me dejas sola con la compra por ir a tomarte una cerveza con tus amigos -dijo cerrándole la puerta en las narices.

Logo Rallye

18 Jul

(Les dejo un pequeño juego literario, el logo rallye, que consiste en introducir en un texto una serie de palabras que poco tienen que ver entre sí, respetando el orden de la serie y procurando que el resultado sea coherente)

Lupus-saltimbanqui-peonza-cerveza-péndulo-armería-río-bicho

Le preguntó a la gruesa señora de su izquierda, que vestía un agobiante abrigo de paño y lucía un sombrero de fieltro rodeado con una vulgar cuerda de pita en lugar de una cinta de raso, si la guagua que se acercaba por el principio de la calle era la de la línea S.

La mujer, puede que avergonzada por las rojas manchas que el lupus dejaba en sus mejillas, apenas giró la cara para confirmarle sinuosamente que ese sí era el de la ese.

Metió ambas manos en los bolsillos de su viejo abrigo negro con escote en uve, sacudió la cajita de madera que llevaba en uno y del otro sacó el monedero del que  empezó a juntar las monedas más pequeñas con intención de dejarle todo el cambio al chófer para aligerar la carga.

Casi había terminado de juntar en su mano los dos euros con quince céntimos que costaba el billete cuando el puñetero niño, que como si fuera un saltimbanqui no había parado quieto en todo el rato, le propinó sin querer un empujón que hizo caer las monedas.

La madre del niño, mucho más rápida en reflejos que él, se anticipó a su maldición propinándole un seco capón y advirtiéndole que guardara la maldita peonza antes de que se la quitara y la tirara al próximo cubo de basura.

Se agachó lo más rápido que puedo para recoger las monedas, ya la guagua estaba a cincuenta metros. Empezó a contarlas cuando oyó el chirrido de los frenos y el bufido de la puerta que había quedado a tres metros de su cabeza.

Los pasajeros se acumulaban de forma desordenada alrededor de la entrada y comenzaban a subir.

Había recuperado un euro setenta y cinco céntimos. En la cola sólo quedaba una mujer. Uno noventa, dos euros. Miró alrededor en busca de las monedas restantes, vio una de diez céntimos. La mujer desapareció de su vista. Dos quince.

Unos pasos apresurados se le acercaron por la espalda y casi sin verlo notó el roce seco de un muchacho que apestaba a cerveza y que puso el pie justo en el momento en que el chófer iba a cerrar la puerta. Se desequilibró y cayó apoyando todo el peso de su cuerpo sobre el puño cerrado que guardaba las monedas recontadas.

El muchacho lo ayudó a levantarse y le pidió disculpas. Sin embargo él, lejos de aceptarlas, utilizó las fuerzas que le quedaron para advertirle que tuviera más cuidado, que de haberse partido la cadera o la muñeca en una caída tan tonta, las disculpas no habrían servido de nada; que no era necesario ir con tanta prisa por el mundo; que cómo se atrevía a levantarle la voz a un hombre de su edad y que si tuviera un par de años menos se iba a enterar de lo que vale un peine.

El chófer le dio el billete mirando por el retrovisor. Arrancó justo en el momento que él dio el primer paso en busca de un asiento. La guagua iba llena y se notaba el aire cargado, parecía que todos los pasajeros tuviesen la tensión baja, miraban distraídos por las ventanas o dejaban sus ojos perdidos en el horizonte. La mujer de rasgos sudamericanos ni siquiera se inmutó cuando chocó con ella en su odisea hacia el asiento que vio en la penúltima fila. Se aferraba con todas las fuerzas a la barra de hierro y aún así se sentía como un muñegote cada vez que el vehículo aceleraba y frenaba. Se le hizo eterno el tiempo que tardó en alcanzar el asiento.

Le tocó ser compañero de viaje de una adolescente que mantenía un péndulo en la mano derecha que dejaba flotar sobre la palma de la izquierda. Moviendo apenas los labios formulaba una pregunta al destino, una y otra vez el péndulo oscilaba de izquierda a derecha y ella sonreía contenta de lo que quiera que significase aquello. Métase en lo suyo fue la respuesta que la muchacha le dio después de preguntarle si no creía que era mejor hacer ese ritual en un sitio que no se moviera, así que se quedó callado contando las paradas.

Se debía haber bajado en la estación de San Lázaro, pero prefirió apearse en la parada de la calle Remedios, la que tan bien conocía en otra época. Pasó por delante del escaparate de la armería que le fascinaba cuando iba con sus padres a las verbenas en la plaza del pueblo y pensó que de haber tenido una escopeta en la guagua, más de uno no hubiese llegado a su destino hoy.

Continuó el camino, el mismo que tantas veces hizo con sus amigos cuando iban a quitarse el calor a la acequia que venía desviada del río, que ahora estaba seca y sepultada bajo unas cuantas capas de asfalto.

Dos cuadras después llegó a la estación de San Lázaro. Ya no tenía el mismo encanto de antes cuando era una aglomeración de guaguas en el medio de una explanada rodeada de árboles y marquesinas que se veían envueltas en los olores de los puestos de manzanas caramelizadas y almendras garrapiñadas. Se recordó comprando un paquetito cada día para su hija al llegar del trabajo. Las lágrimas se le saltaron justo cuando me acerqué a él.

Me quedé callada un momento antes de preguntarle si había traído el bicho. No me contestó, sólo sacó una pequeña cajita de su bolsillo y me la puso en la mano. Antes de marcharme me preguntó si me apetecía un paquetito de almendras garrapiñadas. Le di un beso en la mejilla y le dije que debía ponerse otro botón en el abrigo.

Vamos a volvernos locos

14 Jul

Veo en la televisión un reportaje sobre Radio La Colifata (la del anuncio de Aquarius), la que se inició como un proyecto terapéutico de un hospital neuropsiquiátrico en Buenos Aires, Argentina, y me quedo con la idea de que nos están diciendo que somos nosotros, los que estamos al otro lado, los locos.

Uno de ellos dice en concreto que hemos perdido la cordura porque hemos dejado de escuchar a nuestras voces y creo que tiene toda la razón. ¿Cuántas veces hemos sentido impulsos como empezar a bailar, dar un abrazo porque sí o decirle a alguien que le queremos? Pero apagamos esa voz diciéndonos que tenemos que comportarnos, que vamos a parecer unos locos, o que qué va a pensar la gente de nosotros.

¿Cuántas veces han sentido la necesidad de romper con todo, de dejar lo que están haciendo porque no les hace felices, de cambiar a su pareja por usted mismo/a porque ya no quieren a la persona a la que tienen al lado, de marcharse a vivir a la ciudad o pueblo que siempre les ha gustado, de trabajar en lo que realmente les gusta y no en lo que les da dinero?

¿Cuántas veces al día hacen lo que deben y no lo que quieren? Si la respuesta es más de una, han dejado de escuchar a su voz y la que están oyendo y obedeciendo es la de la norma social, la de la hegemonía, la de la cordura que se disfraza de debo, no puedo o tengo que y se va tornando en enfermedad, en frustración, en violencia, en rabia contenida, en destrucción de todo eso que vemos cuando miramos alrededor.

Como dice uno de los integrantes de Radio Colifata: “El ser humano es extraordinario”. Pero algunos poderes interesados no quieren que nos demos cuenta.

 

QUIERO IR A SU LADO.

Quiero irme con los locos,

Con Esos que están más cuerdos que yo.

Alejarme del resto,

De los que aparentan tener siempre la razón.

Quiero estar al lado de los que saben

Que también la han perdido como yo.

Los locos no me discriminan

Y les gusto tal como soy,

Por eso quiero irme con ellos,

Sentarme en el parque y charlar,

Escuchar sus filosofías,

Abandonar la ignorancia de la sociedad.

 

El café

14 Jul

Imagen

Sintió que le arrebataba el corazón en el mismo momento en que la taza de café tocó la mesa delante de ella. Miró al portador de tan oportuno ofrecimiento y se sintió profundamente agradecida por un detalle tan valioso.

El calor del café encendió otro calor interior que consiguió romper el cascarón de un huevo que llevaba tiempo anidando sin éxito. Notó que se le resquebrajaba dentro y con ayuda de toda la ilusión que se puso en los meses siguientes terminó de salir a la luz.

La taza de café le sirvió de alimento hasta que, casi sin darse cuenta, se fue vaciando. Confió en que él volviera a llenarla, si no de una vez, al menos, de poco en poco, de buche en buche. Así cambiaron los días de estar plácidamente degustando el sabor intenso del preciado líquido a estar constantemente pendiente de que le sirviera un poco más, por mínimo que fuera, para poder alimentarse.

Los pequeños sorbos se fueron espaciando más y más, y pasaron de ser sorbos a una simple humedad en los labios.

Se vació.

Cogió la taza entre las manos y aspiró el aroma que había dejado el café. Miraba los posos una y otra vez pendiente de que volviera a caer algo del aromático líquido y al final se llevó la taza a la boca y sacó la lengua todo lo que pudo hasta lamer el fondo.

Se agarraba a la taza como si le fuera la vida en ello, y una vida iba en ello, sí.

Le pidió más café.

El tiempo pasaba…

El dedo

28 Feb

Se sentía desesperado. Había hablado con todos los prestamistas del lugar, había recurrido a sus padres y hermanos, había tocado en la puerta de algunos amigos y nadie, absolutamente nadie accedió a darle algunas monedas para que su mujer y sus hijos pudieran comer.

El dinero que sacó vendiendo la yegua y la vaca, se había acabado. No podía vender las pocas tierras de las que vivía, aunque la mala cosecha de ese año era precisamente lo que les estaba matando de hambre.

Mandó a su esposa y sus hijos a casa de su suegra, seguro de que no les negarían un plato de comida. Él decidió marchar a la ciudad en busca de un trabajo que le aportara algunas monedas con las que devolver los préstamos, poder comprar comida y algunas semillas para la nueva siembra.

Cuando tenía a su yegua Paca tardaba cuatro horas en llegar a la ciudad, ahora que tenía que hacer el camino a pie, le llevaría el triple. Se envolvió en su raído manto de lana, se caló el sombrero, tranquilizó los rugidos de su estómago y pidió a Dios que lo ayudara a encontrar ese trabajo.

A diez kilómetros del pueblo decidió coger el atajo del bosque. En otras circunstancias no sería un camino recomendable pues solía ser utilizado por asaltantes. Esta vez no suponía ningún riesgo, no tenía nada que pudieran robarle,  aún así mantuvo siempre la mano sobre el mango de su cuchillo, debajo de la capa.

Llegó a la ciudad casi anocheciendo y tuvo que buscar un lugar donde pasar la noche. Encontró unos fardos de paja bajo un toldo, se acurrucó entre ellos y cerró los ojos.

A la mañana siguiente se dispuso a encontrar el trabajo que necesitaba. Se ofreció de aprendiz de todos los oficios que se daban en la ciudad. Se presentó ante el albañil de la obra de la catedral, que le dijo que no necesitaban más hombres. Intentó que lo contratasen de mozo en todas las tabernas y hasta de limpiador de cuadras. Lo único que llegó a conseguir fueron tres monedas por descargar unos cuantos carros de barriles de cerveza, las cuales le alcanzaron para pagarse un plato de cocido, un poco de pan y un buen vaso de vino. Al menos le quitaron el hambre y le calentaron el cuerpo.

Sin embargo la calma del estómago no pudo con su cabeza que volvía una y otra vez a pensar que era un fracasado y que mataría a su mujer y sus hijos de hambre. Encontrar un trabajo en la ciudad era su única salida para poder hacerse cargo de su familia y salir adelante. Pensó en todo el dinero que debía, pensó en la cara de su mujer, cada vez más escuálida, en las noches que sus hijos no podían dormir de tanta hambre que sentían. Y pensando se fue quedando sentado en el suelo junto a la puerta de una iglesia.

El ruido de las monedas al dar contra el suelo le sacó de su embelesamiento. Levantó la cabeza y se dio cuenta de que los feligreses lo habían tomado por un mendigo. Su primera reacción fue la de hacer ver a aquellas personas el error. Pero se dio cuenta de que al fin tenía lo que necesitaba, así que bajó la cabeza y dio las gracias cada vez que escuchaba el tintineo del metal contra la piedra.

Contaba siete monedas cuando se dio cuenta de que unos pies estaban parados a su lado. Elevó la cabeza y miró fijamente a un hombre vestido con telas de lujo que le resultaba familiar.

Soltó las monedas y empezó a llorar con desesperación y vergüenza cuando reconoció a Hipólito, un viejo y buen amigo. Hipólito se agachó y recogió las siete monedas. Después se quedó mirando a su viejo amigo, se quitó el guante de la mano derecha y con el dedo índice tocó las monedas que se convirtieron en una pequeña fortuna de oro reluciente.

-No sé qué te ha pasado para que te veas en la necesidad de pedir limosna, pero con estas monedas tendrás suficiente para vivir el resto del año, hasta que puedas recoger la cosecha. Ahora acompáñame a la taberna y bebamos como viejos amigos.

Escuchó de boca de Hipólito cómo había recibido el don de convertir todo lo que tocaba con su dedo índice en oro. Más que encontrar su historia asombrosa, la consideraba injusta, ¿por qué su amigo podía disponer de todo el dinero que necesitase mientras que él apenas podía mantener a su familia?

El dedo de la mano, posada sobre la mesa, era como un imán para su mirada, no podía levantar los ojos más de dos segundos. Notó que el mango de su cuchillo le quemaba la piel y para evitar abrasarse lo sacó con un movimiento rápido de debajo de su capa y ¡zas! De una tajada le amputó el dedo.