MA-LI-CA

11 Mar

Había pensado en el momento de mi muerte unos cuantos días antes. Me imaginé demasiado joven para morir víctima de una larga y dolorosa enfermedad. Mis hijos lloraban desconsoladamente en mi lecho de muerte y mi marido, después de pedirles que nos dejaran a solas un rato, me confesaba su amor y me pedía disculpas por no haber sido mejor esposo.

Sin embargo, el último día de mi vida llegó sin avisar y yo estaba realmente preciosa.

Había ido a la peluquería bien temprano. Después de una limpieza de cutis, manicura y pedicura, depilación desde los dedos de los pies hasta el pubis y lavado, tinte, corte y secado de pelo, me metí en la boutique más exclusiva de la ciudad y me compré un vestido de seda fría pintada a mano que me sentaba como un guante, porque había que reconocer que, a pesar de que ya tenía una edad y de los dos partos, seguía siendo muy atractiva.

Quería darle una sorpresa a mi marido, hoy era nuestro aniversario, algo que seguro que él no recordaba.

Miré el reloj y me eché un último vistazo en el espejo. Estaba impresionante. Tenía media hora para llegar a la oficina de mi esposo y cogerlo justo en el tiempo del almuerzo. De camino al coche comprobé en mi agenda la hora a la que había reservado mesa en el restaurante en el que nos conocimos.

Cuando llegué al edificio donde está su oficina me aseguré preguntando en recepción de que aún seguía en su despacho.

-Aún no ha bajado -me contestaron-, ¿quiere que le avisemos de que está aquí?

-No, es una sorpresa, gracias. Voy a subir.

Las puertas del ascensor se abrieron mostrando un mar de puestos de trabajo vacíos. Enfilé el pasillo que llevaba a su despacho, el que tenía en la puerta un letrero con la palabra “Director”. Oí ruido, así que toqué con los nudillos sin encontrar respuesta. Volví a tocar mientras giraba el pomo.

Si hubiese un récord mundial de girarse sobre los talones yo lo habría batido. Salí como una exhalación hacia el ascensor pensando en lo cabrón que era mi marido y sintiéndome como una imbécil, una imbécil traicionada. Escuché su voz llamándome desde el fondo del pasillo y sentí cómo la alianza de boda me quemaba. Cuando me la arranqué del dedo, me desplomé, quedó en silencio el espacio a mi alrededor, lo rompió el tintineo del anillo contra el suelo.

Abría la puerta y me encontraba de frente la mesa de estudio del despacho de mi marido, en el lateral había un joven muchacho desnudo que apoyaba su torso contra la madera y mantenía el culo en pompa, sudaba y gemía. Otro hombre con los pantalones por los tobillos y los calcetines sujetos con ligas masculinas, lo sodomizaba. Tenía las manos puestas alrededor de las nalgas del joven, le miré a la cara pero no la distinguía, llevaba puesta una alianza que yo había visto antes, me miré la mano, era igual que la mía.

Tuve esta pesadilla constantemente durante los tres días que estuve en coma. El trombo en alguna parte de mi cerebro fue apagando el resto de mis órganos hasta que el corazón dejó también de funcionar. Me pesó marcharme, pero creo que yo no lo elegí. Lo lamentaba por mis hijos y por el tiempo que había perdido.

Aunque me casé por la iglesia y mis hijos fueron bautizados y después hicieron la Primera Comunión, yo no era muy religiosa. Por eso me sorprendió tanto aparecer tumbada en una hamaca al lado de un joven musculado y atractivo. Aunque con una larga barba que no le pegaba nada, la verdad. Claro, es que era San Pedro, según me dijo, y me explicó que para el caso de las mujeres que mueren al saber que han sido engañadas por sus maridos tenían un trato especial en el cielo.

-Entendemos que ha quedado un conflicto sin resolver por lo que, de forma extraordinaria, hemos firmado un convenio con los hinduistas para que nos presten la reencarnación. Podrás volver a la vida y solucionar ese asuntillo con tu marido de la manera que mejor consideres, con solo dos condiciones: que no lo hagas reencarnada en un ser humano y que sólo él podrá percibirte.

Pensé inmediatamente en convertirme en un martillo para romperle las piernas, o en un cuchillo para cortarle la polla en rodajas.

-Ten en cuenta que si te reencarnas en un objeto no tendrás voluntad propia, sino que estarás a su merced -me dijo San Pedro, mientras yo alucinaba porque podía leer el pensamiento.

Como resultó que tenía una semana para decidirlo, me tomé mi tiempo. ¿Qué podía ser para joder a mi marido? ¿Ladilla? No, ya había sido bastante doloroso lo del trombo como para morir envenenada. ¿Crema lubricante con extra de “pimienta puta la madre”? Tampoco, las garantías de que la utilizaran eran pocas y mis ganas de saber a qué huele el culo del amante de mi marido, menos. Hice un repaso por todas las cosas que odiaba mi queridísimo esposo: la berenjena, los gatos, que me metiera en la cama embadurnada de crema, los chismes, la gente incompetente, la suciedad, la sauna y el baño turco, el calor excesivo y, sobre todo, la calima. ¡La calima, ya lo tenía!

San Pedro apareció al instante.

-Así que te quieres convertir en un accidente atmosférico que enturbia el aire y suele producirse por vapores de agua –me dijo.

Pero yo preferí ser la calima que viene cargada de aire caliente y polvo del Sáhara y calima fui.

El estado vaporoso, aunque sea de aire caliente y polvo, es muy agradable, casi no notas la gravedad, te desplazas silenciosa, puedes meterte por cualquier rendija, te esparces, te condensas.

El primer ataque al asqueroso de mi viudo y su amante llegó mientras almorzaban y hacían manitas por debajo de la mesa. Me colé por la pata del pantalón y me fui directa a su entrepierna haciendo que sus pelotas empezasen a sudar de forma desproporcionada. Noté cómo le bajaba la tensión, se le pegaban los pantalones y se le cambiaba el humor. Le echó la culpa a su amante diciéndole que lo dejara, que le estaba dando mucho calor.

El chaval, que no debía de tener más de veinticinco años y que no había salido del armario porque nunca había estado dentro, -por Dios, cariño, con lo que a ti te gustaba la discreción-, le propuso subir a la oficina a hacer eso que tanto les gustaba. Pero él declinó la oferta, alegando que ya le había dicho en más de una ocasión que desde que morí yo, no podía hacerlo en ese sitio.

-Pues vente al baño –planteó como alternativa.

Yo entré después de ellos. Estaban metidos en el váter, mi viudo de pie mientras su amante se la chupaba. Entré por el hueco que queda entre el techo y la pared de separación y me planté delante de la cara de mi marido que estornudó una, dos, tres veces.

-Joder, para ya, que cada vez que estornudas me llega la punta a la boca del estómago y me dan arcadas. Voy a vomitar todo el gazpacho.

-¿Qué demonios te ocurre? -le preguntó su amante-. Estás con un humor que no hay quien te aguante.

-Es que no soporto la calima –dijo aflojándose el nudo de la corbata y desabrochando el botón del cuello.

-¿Calima? La calima la tienes en la cabeza desde que murió tu mujer.

No le di tregua, al contrario, quise apretar un poco más. Le seguí hasta su oficina en la que puso el aire acondicionado a la mínima temperatura nada más entrar. El muy cretino seguía teniendo mi foto sobre su escritorio y hasta me tenía encendida una pequeña vela. Me pegué a él con tanto ahínco que le bajó la tensión hasta desmayarse. Entonces me relajé un poco para que no se terminara la diversión tan pronto.

Después de que el médico de la empresa lo examinara, decidieron enviarlo a casa a descansar. Por supuesto su amante estuvo en todo momento con él, lo que alimentó aún más los rumores sobre su relación y las circunstancias de mi muerte.

Se tumbó en la cama. Me acosté sobre él, ahora mi antigua cama no me parecía tan confortable. Su joven amante conectó el aire acondicionado y fue a buscarle un zumo a la cocina. Yo aproveché para husmear en la habitación, todavía seguía mi ropa colgada en el vestidor, las joyas estaban en su sitio, mi ropa interior, mis cosméticos en el baño.

El amante regresó con un vaso en la mano.

-¿Te encuentras mejor?

-Sí, dentro de casa la calima no me afecta tanto.

-La calima, claro. Vamos a despejarte la mente –dijo llevando su mano al paquete de mi marido, bajándole la bragueta y metiéndose la polla en la boca.

Serían hijos de puta, en mi cama, que todavía olía a mí, con mis cosas aún en su sitio. Podía matarlo y quise hacerlo. Me fui directa a su garganta, entrando por los orificios nasales. Se le resecó como si llevase tres días perdido en el desierto sin agua. Me divertí girando en los anillos de su tráquea. Me colé por su bronquios hasta los alveolos y produje tal inflamación que empezó a ponerse azul de la asfixia.

El maricón del amante, creyendo que se moría, se puso a gritar como un loco. Sentía ganas de apretar más y más. Que sufriera. Que se jodiera. Como lo hice yo.  Que sintiera ese cabrón cómo se le escapaba la vida.

La puerta de la habitación se abrió de golpe, mi hijo mayor traía el móvil en la mano, llamaba a Emergencias. Mi hija se aferró a la cintura de su padre llorando desquiciada. Miraba a la cara de su padre preguntándole qué le pasaba. Me miró a los ojos. Me disipé. 

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