Archive | septiembre, 2012

Abrupto final

19 Sep

La imaginación fue la causa de la ruptura de aquella breve relación. La imaginación y las pastillas laxantes que me había tomado la noche anterior a la que él llegara a la ciudad.

Tuve que reconocer que el hecho de que él decidiese cambiar el pasaje por tercera vez y terminara adelantando el vuelo, que en principio tenía para las cinco de la tarde, a las siete de la mañana, fue algo que me puso de muy mala hostia. Me preguntaba qué demonios creería aquel hombre que se podía hacer a esas horas, cuando no se habían puesto ni las aceras.

Traté de calmarme convenciéndome de que lo hacía porque me quería y porque quería estar más tiempo conmigo, algo que me tendría que hacer sentir bien. La intención era buena, desde luego, pero el muchacho debería de saber que lo que importa no es la cantidad sino la calidad.

Recorrí los kilómetros hasta el aeropuerto bombardeada por una batería de retortijones y otra de pensamientos negativos respecto a los días que íbamos a pasar juntos y tuve que reconocer, sin mucho pesar, que no me apetecía la visita sorpresa que me había preparado. Yo estaba muy tranquila viviendo una nueva vida que me encantaba y que me estaba haciendo sacar lo mejor de mí misma. Esa plenitud iba a verse interrumpida por sus constantes reclamos de cariño, que ya me sacaban de quicio en las escasas llamadas de teléfono y los guasás de tanto en tanto.

Pensaba en él y me agotaba.

En la gasolinera, que quedaba a mitad de camino, aproveché que tenía que llenar el depósito para ir al baño por segunda vez en el día. Me di cuenta de la efectividad de las pastillas laxantes nada más despertarme pues mientras preparaba el desayuno tuve que sentarme un rato en el váter evacuando con absoluta facilidad, nada que ver con la dolorosa visita al baño de hacía dos días.

A pesar del fugaz paso por el lavabo los retortijones no me abandonaron durante el camino al aeropuerto, cosa que no interpreté de forma negativa sino todo lo contrario, eso evitaba que siguiera imaginando la desastrosa estancia del chico al que tenía cariño pero no quería, (aunque él estaba enamorado de mí, lo notaba por las cosas que me decía, porque me miraba con aquella cara de ereslamujerdemividanoquieroqueestoseacabenunca, porque bastaba que yo pidiera algo por la boquita para que inmediatamente o al día siguiente lo tuviera, y sobre todo porque antes de que me viniera a vivir una nueva vida se había empeñado en presentarme a toda su familia como su novia y la verdad es que no hice nada para evitarlo. Qué cabrona puedo llegar a ser).

Corrí hasta la terminal de llegadas apurada por un nuevo cólico. Le di un fugaz beso y un débil achuchón y, tras prometerle con desgana que volvía enseguida, me fue directa al baño. El olor era vomitivo, creía que estaba largando hasta la primera comida que probé en mi nueva ciudad, que con mis serios problemas de estreñimiento, seguro que algo debía quedar por ahí entre mis tripas.

Asombrosamente él se mantuvo bastante distante en el trayecto del aeropuerto a la primera cafetería que encontramos abierta en el camino a casa. Sostuvimos una correcta conversación en la que nos contamos la rutina de cada uno ahora que estábamos separados. Yo combiné las risas necesarias con el disimulo de los retortijones, que seguían acosándome. Pero fue echar el freno de mano y salir el verdadero yo de él (es decir, su YO). Comenzó a besarme y abrazarme de forma desesperada diciéndome que le dejara sentirme, que me había echado de menos, que necesitaba contacto físico, tocarme, acariciarme, apretarme. ¡Ay, que me cago!, pensé yo cuando me estrujó contra su cuerpo agarrándome por la cintura. Deseé convertirme en arena y escaparme de sus brazos quedando reducida a un montoncito de granos a sus pies.

Sentía como que me habían arrancado de cuajo un pulmón.

Después de desayunar nos fuimos a casa a dejar los bolsos. Había planeado una pequeña visita a la ciudad para que conociera las calles que empezaban a formar parte de mi nueva rutina. Me sentía incómoda por el efecto de las pastillas laxantes, a lo que se sumaba tener que estar todo el rato batallando con el pulpo aquel que Ryanair me había traído desde Gran Canaria. ¡Santo Dios, qué agobio!

Lo mejor sería que fuera sincera (medio sincera) con él: Oye, sé que no estoy muy cariñosa, es que tu llegada así, de sopetón, me ha cogido por sorpresa y tengo que acostumbrarme a tu presencia. Dame un poco de tiempo y de aire, por favor.

Su cara fue todo un poema.

Juro que se lo dije con delicadeza, con asertividad, como hubiera dicho mi psicóloga. Comprendo que mi actitud fue una decepción para sus expectativas, que duele no sentirse correspondido en los sentimientos, pero no me podía obligar a sentir lo que no sentía. Aún así conseguí relajarme y poco a poco fui tolerando su abrupta irrupción en mi nuevo mundo.

Salir a la calle, visitar parques y museos, refugiarnos del frío en los cafés (donde aprovechaba para hacer caso a mis intestinos, que no dejaban de manifestarse), fueron cosas que me ayudaron a estar más receptiva, tanto que hasta me acordé del pedazo de polla que tenía el cabrón y de lo bien que follaba. Mira que es puñetera mi cabeza.

Me apeteció echar un polvo, así de repente. Le dije que estaba cansada y que quería volver al piso. Una vez allí fui yo la que lo abordó. No me costó mucho ponerlo a tono. Y visto aquel trabuco…a mi se me olvidó la incómoda presencia del conjunto de carne y huesos que se escondían detrás.

Pero la fiesta me duró poco. Cuando su boca se acercó a la mía me comí toda la cebolla que el muchacho le puso a la ensalada del buffet. Sentí mucho asco cuando empezó a chupetearme los pezones. ¡Joder, el cabrón este me va a dejar apestando a cebolla! Pensé que si lo volvía a rechazar, que era lo que realmente quería, iba a terminar de destrozarlo, así que busqué inmediatamente un entretenimiento mejor que me hiciera apartar el pensamiento de aquel desagradable olor que se iba esparciendo a golpe de lengua por mi cuerpo. Escribí mentalmente lo que me estaba ocurriendo y la prosa llegó divertida a mi cabeza, con verbos exactos y adjetivos puntiaguados. Describía con agilidad la mala hostia de tener que levantarme a las cinco de la mañana para ir a buscarlo al aeropuerto porque el puto chiquillo se había empeñado en llegar en el primer vuelo. Sus exigencias de mimos. Su insistencia en que nos diéramos el lote en cualquier sitio público, con lo que a mi me gusta la discreción. Sus constantes apretones que casi me hacen cagarme encima y ahora ese repugnante olor a cebolla que me tenía las tripas revueltas.

Un alarido me hizo salir de mi historia. Sin darme cuenta el coraje que me producía repasar el desastroso día me llevó a aprisionar su labio superior entre mis dientes.

Después de pedirle disculpas decidí concentrarme en el tema en el que estábamos (a ver si por lo menos podía sacar un par de orgasmos de tal calvario). Me puse encima. Cabalgando cual amazona no tenía que besarlo ni podía dejarme el cuerpo lambusiao de saliva con olor a cebolla. Me concentré en sentir la mejor parte de su cuerpo -la única que me gustaba ese día- dentro de mí.

Estaba llegando a ese punto en el que sabes que el orgasmo está cerca. Seguí moviéndome acompasadamente cuando sentí que la tripa se me doblaba queriendo empujar todo lo que le quedaba dentro fuera de mi cuerpo. ¡Coño, solo faltaba que me cagara encima de este pobre!, pensé. Me imaginé la escena y me entró un ataque de risa que valió más que muchos orgasmos que he sentido en mi vida. No podía parar, me estaba cagando de risa.

Se pueden imaginar el mosqueo de él que me amenazaba con marcharse inmediatamente si no le contaba de qué me estaba riendo. Yo no podía explicarle de qué era, hubiese sido muy humillante, joder. Así que cumplió su palabra, se vistió, cogió la maleta que aún no había desecho y quiso mandarse a mudar, pero el frío y la poca posibilidad de lograr dónde dormir esa noche lo hicieron cambiar de opinión.

Al día siguiente lo llevé de vuelta al aeropuerto. Lo correcto hubiese sido que le pidiera que se quedara, pero estaba deseando que se marchara. Nunca lo había echado de menos. Nunca le había pedido que viniera. Nunca lo había querido.

Me sentí culpable las tres primeras horas. Después le pedí disculpas, le deseé lo mejor y seguí con mi vida.