Archivo | julio, 2012

El ascensor

31 Jul

-Pase usted, por favor, que hace años que estamos en el siglo veintiuno, ya sabe, igualdad de la mujer y esas cosas -dijo con una fría sonrisa en su boca y las manos cargadas con bolsas del supermercado.

-No es machismo, es cortesía, eso nunca debe faltar, ¿sabe usted? -El hombre de pelo corto y oscuro, que también sonreía falsamente, extendió el brazo indicándole que pasara ella primero.

-Bueno, si yo le contara… -contestó mientas cruzaba el umbral de la puerta-. ¿Llega su cortesía a hacerme el favor de ayudarme con las bolsas?

-Faltaría más. -Cogió cuatro de las ocho bolsas que cargaba la señora y la siguió hasta el ascensor.

-¡Hola! -saludó ella al vecino del décimo que esperaba que llegara el ascensor.

-¡Hola! -dijo el señor cortés como un eco.

-Buenas tardes -respondió el vecino.

Los pasos, el ruido de las bolsas y las buenas tardes dejaron hueco a los cables de tracción del ascensor, el único sonido que pudo apreciarse en los segundos que tardó en llegar al piso cero. Se abrió la puerta.

-Usted primero, señora -dijo el vecino del décimo.

-Vaya, ¿también está usted con eso de la cortesía?

-Bueno, mi padre me ha dado una buena educación y me enseñó que las damas siempre van primero.

-Ya. ¿Le importaría ser un perfecto caballero y marcarme el octavo piso?

-Por supuesto que no me importa. ¿Y usted a qué planta va? -preguntó al señor cortés.

-También me quedo en la ocho, gracias.

La cabina se cerró y comenzó a ascender, se volvió a hacer el silencio.

El ascensor paró en la octava planta.

-Usted primero -dijo el señor cortés.

La mujer se despidió del vecino del décimo con una sonrisa leve pero sincera y pasó delante del señor cortés dando un respingo.

Se acercó hasta la puerta de la que colgaba una gran letra C, fue a coger todas las bolsas en una mano para poder sacar la llave del bolso con la otra cuando oyó la voz del señor cortés que le decía:

-No, por favor, permítame.

Dejó las bolsas en el suelo y sacó unas llaves de su bolsillo, las metió en la puerta de la que colgaba la letra C y abrió.

-Pase, por favor.

-Ya es la quinta vez que me dejas sola con la compra por ir a tomarte una cerveza con tus amigos -dijo cerrándole la puerta en las narices.

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Logo Rallye

18 Jul

(Les dejo un pequeño juego literario, el logo rallye, que consiste en introducir en un texto una serie de palabras que poco tienen que ver entre sí, respetando el orden de la serie y procurando que el resultado sea coherente)

Lupus-saltimbanqui-peonza-cerveza-péndulo-armería-río-bicho

Le preguntó a la gruesa señora de su izquierda, que vestía un agobiante abrigo de paño y lucía un sombrero de fieltro rodeado con una vulgar cuerda de pita en lugar de una cinta de raso, si la guagua que se acercaba por el principio de la calle era la de la línea S.

La mujer, puede que avergonzada por las rojas manchas que el lupus dejaba en sus mejillas, apenas giró la cara para confirmarle sinuosamente que ese sí era el de la ese.

Metió ambas manos en los bolsillos de su viejo abrigo negro con escote en uve, sacudió la cajita de madera que llevaba en uno y del otro sacó el monedero del que  empezó a juntar las monedas más pequeñas con intención de dejarle todo el cambio al chófer para aligerar la carga.

Casi había terminado de juntar en su mano los dos euros con quince céntimos que costaba el billete cuando el puñetero niño, que como si fuera un saltimbanqui no había parado quieto en todo el rato, le propinó sin querer un empujón que hizo caer las monedas.

La madre del niño, mucho más rápida en reflejos que él, se anticipó a su maldición propinándole un seco capón y advirtiéndole que guardara la maldita peonza antes de que se la quitara y la tirara al próximo cubo de basura.

Se agachó lo más rápido que puedo para recoger las monedas, ya la guagua estaba a cincuenta metros. Empezó a contarlas cuando oyó el chirrido de los frenos y el bufido de la puerta que había quedado a tres metros de su cabeza.

Los pasajeros se acumulaban de forma desordenada alrededor de la entrada y comenzaban a subir.

Había recuperado un euro setenta y cinco céntimos. En la cola sólo quedaba una mujer. Uno noventa, dos euros. Miró alrededor en busca de las monedas restantes, vio una de diez céntimos. La mujer desapareció de su vista. Dos quince.

Unos pasos apresurados se le acercaron por la espalda y casi sin verlo notó el roce seco de un muchacho que apestaba a cerveza y que puso el pie justo en el momento en que el chófer iba a cerrar la puerta. Se desequilibró y cayó apoyando todo el peso de su cuerpo sobre el puño cerrado que guardaba las monedas recontadas.

El muchacho lo ayudó a levantarse y le pidió disculpas. Sin embargo él, lejos de aceptarlas, utilizó las fuerzas que le quedaron para advertirle que tuviera más cuidado, que de haberse partido la cadera o la muñeca en una caída tan tonta, las disculpas no habrían servido de nada; que no era necesario ir con tanta prisa por el mundo; que cómo se atrevía a levantarle la voz a un hombre de su edad y que si tuviera un par de años menos se iba a enterar de lo que vale un peine.

El chófer le dio el billete mirando por el retrovisor. Arrancó justo en el momento que él dio el primer paso en busca de un asiento. La guagua iba llena y se notaba el aire cargado, parecía que todos los pasajeros tuviesen la tensión baja, miraban distraídos por las ventanas o dejaban sus ojos perdidos en el horizonte. La mujer de rasgos sudamericanos ni siquiera se inmutó cuando chocó con ella en su odisea hacia el asiento que vio en la penúltima fila. Se aferraba con todas las fuerzas a la barra de hierro y aún así se sentía como un muñegote cada vez que el vehículo aceleraba y frenaba. Se le hizo eterno el tiempo que tardó en alcanzar el asiento.

Le tocó ser compañero de viaje de una adolescente que mantenía un péndulo en la mano derecha que dejaba flotar sobre la palma de la izquierda. Moviendo apenas los labios formulaba una pregunta al destino, una y otra vez el péndulo oscilaba de izquierda a derecha y ella sonreía contenta de lo que quiera que significase aquello. Métase en lo suyo fue la respuesta que la muchacha le dio después de preguntarle si no creía que era mejor hacer ese ritual en un sitio que no se moviera, así que se quedó callado contando las paradas.

Se debía haber bajado en la estación de San Lázaro, pero prefirió apearse en la parada de la calle Remedios, la que tan bien conocía en otra época. Pasó por delante del escaparate de la armería que le fascinaba cuando iba con sus padres a las verbenas en la plaza del pueblo y pensó que de haber tenido una escopeta en la guagua, más de uno no hubiese llegado a su destino hoy.

Continuó el camino, el mismo que tantas veces hizo con sus amigos cuando iban a quitarse el calor a la acequia que venía desviada del río, que ahora estaba seca y sepultada bajo unas cuantas capas de asfalto.

Dos cuadras después llegó a la estación de San Lázaro. Ya no tenía el mismo encanto de antes cuando era una aglomeración de guaguas en el medio de una explanada rodeada de árboles y marquesinas que se veían envueltas en los olores de los puestos de manzanas caramelizadas y almendras garrapiñadas. Se recordó comprando un paquetito cada día para su hija al llegar del trabajo. Las lágrimas se le saltaron justo cuando me acerqué a él.

Me quedé callada un momento antes de preguntarle si había traído el bicho. No me contestó, sólo sacó una pequeña cajita de su bolsillo y me la puso en la mano. Antes de marcharme me preguntó si me apetecía un paquetito de almendras garrapiñadas. Le di un beso en la mejilla y le dije que debía ponerse otro botón en el abrigo.

Vamos a volvernos locos

14 Jul

Veo en la televisión un reportaje sobre Radio La Colifata (la del anuncio de Aquarius), la que se inició como un proyecto terapéutico de un hospital neuropsiquiátrico en Buenos Aires, Argentina, y me quedo con la idea de que nos están diciendo que somos nosotros, los que estamos al otro lado, los locos.

Uno de ellos dice en concreto que hemos perdido la cordura porque hemos dejado de escuchar a nuestras voces y creo que tiene toda la razón. ¿Cuántas veces hemos sentido impulsos como empezar a bailar, dar un abrazo porque sí o decirle a alguien que le queremos? Pero apagamos esa voz diciéndonos que tenemos que comportarnos, que vamos a parecer unos locos, o que qué va a pensar la gente de nosotros.

¿Cuántas veces han sentido la necesidad de romper con todo, de dejar lo que están haciendo porque no les hace felices, de cambiar a su pareja por usted mismo/a porque ya no quieren a la persona a la que tienen al lado, de marcharse a vivir a la ciudad o pueblo que siempre les ha gustado, de trabajar en lo que realmente les gusta y no en lo que les da dinero?

¿Cuántas veces al día hacen lo que deben y no lo que quieren? Si la respuesta es más de una, han dejado de escuchar a su voz y la que están oyendo y obedeciendo es la de la norma social, la de la hegemonía, la de la cordura que se disfraza de debo, no puedo o tengo que y se va tornando en enfermedad, en frustración, en violencia, en rabia contenida, en destrucción de todo eso que vemos cuando miramos alrededor.

Como dice uno de los integrantes de Radio Colifata: “El ser humano es extraordinario”. Pero algunos poderes interesados no quieren que nos demos cuenta.

 

QUIERO IR A SU LADO.

Quiero irme con los locos,

Con Esos que están más cuerdos que yo.

Alejarme del resto,

De los que aparentan tener siempre la razón.

Quiero estar al lado de los que saben

Que también la han perdido como yo.

Los locos no me discriminan

Y les gusto tal como soy,

Por eso quiero irme con ellos,

Sentarme en el parque y charlar,

Escuchar sus filosofías,

Abandonar la ignorancia de la sociedad.

 

El café

14 Jul

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Sintió que le arrebataba el corazón en el mismo momento en que la taza de café tocó la mesa delante de ella. Miró al portador de tan oportuno ofrecimiento y se sintió profundamente agradecida por un detalle tan valioso.

El calor del café encendió otro calor interior que consiguió romper el cascarón de un huevo que llevaba tiempo anidando sin éxito. Notó que se le resquebrajaba dentro y con ayuda de toda la ilusión que se puso en los meses siguientes terminó de salir a la luz.

La taza de café le sirvió de alimento hasta que, casi sin darse cuenta, se fue vaciando. Confió en que él volviera a llenarla, si no de una vez, al menos, de poco en poco, de buche en buche. Así cambiaron los días de estar plácidamente degustando el sabor intenso del preciado líquido a estar constantemente pendiente de que le sirviera un poco más, por mínimo que fuera, para poder alimentarse.

Los pequeños sorbos se fueron espaciando más y más, y pasaron de ser sorbos a una simple humedad en los labios.

Se vació.

Cogió la taza entre las manos y aspiró el aroma que había dejado el café. Miraba los posos una y otra vez pendiente de que volviera a caer algo del aromático líquido y al final se llevó la taza a la boca y sacó la lengua todo lo que pudo hasta lamer el fondo.

Se agarraba a la taza como si le fuera la vida en ello, y una vida iba en ello, sí.

Le pidió más café.

El tiempo pasaba…