Incompleto

16 Feb

Dos chispazos de luz asomaron al espejo retrovisor sacándolo de sus pensamientos. Se puso de mal humor. Miró los faros del coche que se pegaba al culo del suyo y dudó unos segundos si seguir jodiéndolo manteniendo la misma velocidad o echarse a un lado en el próximo apartadero. Optó por hacerse a un lado.

No tenía prisa, por eso no cogió el camino directo para volver a casa desde el trabajo, sino que prefirió tomar la vieja carretera, que alargaría el trayecto, por lo menos cuarenta y cinco minutos más.  Ese tiempo le vendría muy bien para repasar los detalles del plan que se había trazado para acabar con ella.

Había tomado la determinación de poner fin a una relación que le amargaba la existencia. Cada año que pasaba junto a ella crecía la necesidad de arrancarla de su vida y sabía Dios que había intentando aprender a quererla. Acudió a médicos, a curanderos, hizo meditación y yoga, y por supuesto estuvo en terapia con psicólogos y psiquiatras. Nada dio resultado.

Después de muchos años de intentos infructuosos, aceptó que sólo tenía una salida, tenía que terminar con ella porque cada vez que la miraba se le venía el mundo encima. La odiaba profundamente, no la quería en su vida y eso, sacarla de su vida, era su objetivo para empezar a ser feliz.

Paró el coche junto a la puerta del supermercado más próximo a su casa, en el que había encargado veinte bolsas de hielo pagadas por adelantado.

Miró el reloj al entrar en casa, las ocho en punto. Había calculado que toda la operación le llevaría alrededor de media hora, así que puso la alarma del despertador a las doce y media de la noche. Llevó el reloj al cuarto de baño, colocó el tapón de la bañera y abrió el grifo del agua fría. Cuando el fondo se hubo llenado unos centímetros se dirigió al coche y empezó a traer las bolsas que fue volcando en la bañera de una en una. Dejó la puerta de la casa entornada. Buscó su teléfono móvil y dejó marcado el número de emergencias.

Todo estaba preparado. Su respiración se aceleró, sintió la sangre golpearle en el cerebro y los pulmones encogérsele. Quiso salir corriendo, subirse al coche y gastar el tanque de gasolina en un viaje sin rumbo. El miedo le trepó por los pies dándole una excusa para no hacerlo. Vio su cara asustada en el espejo, después la miró a ella y entonces se sacudió el miedo.

La arrastró hasta el borde de aquella helada bañera, respiró profundo y la sumergió de lleno. Ella se resistió, pero él no atendió a sus protestas, su corazón estaba tan frío como el del agua. Apretó un poco más y allí la dejó.

Cuando sonó el despertador casi no tenía fuerzas para marcar el número que había dejado indicado en la pantalla del móvil. Le temblaba todo el cuerpo y se sentía morir. Sacó fuerzas, extendió la mano y presionó la tecla verde, apenas escuchó la voz al otro lado, sólo fue capaz de dar su dirección y su nombre.

Tres días después despertaba en la habitación de un hospital. Miró hacia la parte baja de la cama y le pareció ver que sólo había un pico saliente de las sábanas. Le empezó a invadir un sentimiento de alegría que se convirtió en una explosión al mirar debajo de las sábanas y comprobar que ella ya no estaba allí. Libre de una pierna que nunca había considerado suya, se sentía al fin un hombre completo. Feliz.

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