Archivo | febrero, 2012

El dedo

28 Feb

Se sentía desesperado. Había hablado con todos los prestamistas del lugar, había recurrido a sus padres y hermanos, había tocado en la puerta de algunos amigos y nadie, absolutamente nadie accedió a darle algunas monedas para que su mujer y sus hijos pudieran comer.

El dinero que sacó vendiendo la yegua y la vaca, se había acabado. No podía vender las pocas tierras de las que vivía, aunque la mala cosecha de ese año era precisamente lo que les estaba matando de hambre.

Mandó a su esposa y sus hijos a casa de su suegra, seguro de que no les negarían un plato de comida. Él decidió marchar a la ciudad en busca de un trabajo que le aportara algunas monedas con las que devolver los préstamos, poder comprar comida y algunas semillas para la nueva siembra.

Cuando tenía a su yegua Paca tardaba cuatro horas en llegar a la ciudad, ahora que tenía que hacer el camino a pie, le llevaría el triple. Se envolvió en su raído manto de lana, se caló el sombrero, tranquilizó los rugidos de su estómago y pidió a Dios que lo ayudara a encontrar ese trabajo.

A diez kilómetros del pueblo decidió coger el atajo del bosque. En otras circunstancias no sería un camino recomendable pues solía ser utilizado por asaltantes. Esta vez no suponía ningún riesgo, no tenía nada que pudieran robarle,  aún así mantuvo siempre la mano sobre el mango de su cuchillo, debajo de la capa.

Llegó a la ciudad casi anocheciendo y tuvo que buscar un lugar donde pasar la noche. Encontró unos fardos de paja bajo un toldo, se acurrucó entre ellos y cerró los ojos.

A la mañana siguiente se dispuso a encontrar el trabajo que necesitaba. Se ofreció de aprendiz de todos los oficios que se daban en la ciudad. Se presentó ante el albañil de la obra de la catedral, que le dijo que no necesitaban más hombres. Intentó que lo contratasen de mozo en todas las tabernas y hasta de limpiador de cuadras. Lo único que llegó a conseguir fueron tres monedas por descargar unos cuantos carros de barriles de cerveza, las cuales le alcanzaron para pagarse un plato de cocido, un poco de pan y un buen vaso de vino. Al menos le quitaron el hambre y le calentaron el cuerpo.

Sin embargo la calma del estómago no pudo con su cabeza que volvía una y otra vez a pensar que era un fracasado y que mataría a su mujer y sus hijos de hambre. Encontrar un trabajo en la ciudad era su única salida para poder hacerse cargo de su familia y salir adelante. Pensó en todo el dinero que debía, pensó en la cara de su mujer, cada vez más escuálida, en las noches que sus hijos no podían dormir de tanta hambre que sentían. Y pensando se fue quedando sentado en el suelo junto a la puerta de una iglesia.

El ruido de las monedas al dar contra el suelo le sacó de su embelesamiento. Levantó la cabeza y se dio cuenta de que los feligreses lo habían tomado por un mendigo. Su primera reacción fue la de hacer ver a aquellas personas el error. Pero se dio cuenta de que al fin tenía lo que necesitaba, así que bajó la cabeza y dio las gracias cada vez que escuchaba el tintineo del metal contra la piedra.

Contaba siete monedas cuando se dio cuenta de que unos pies estaban parados a su lado. Elevó la cabeza y miró fijamente a un hombre vestido con telas de lujo que le resultaba familiar.

Soltó las monedas y empezó a llorar con desesperación y vergüenza cuando reconoció a Hipólito, un viejo y buen amigo. Hipólito se agachó y recogió las siete monedas. Después se quedó mirando a su viejo amigo, se quitó el guante de la mano derecha y con el dedo índice tocó las monedas que se convirtieron en una pequeña fortuna de oro reluciente.

-No sé qué te ha pasado para que te veas en la necesidad de pedir limosna, pero con estas monedas tendrás suficiente para vivir el resto del año, hasta que puedas recoger la cosecha. Ahora acompáñame a la taberna y bebamos como viejos amigos.

Escuchó de boca de Hipólito cómo había recibido el don de convertir todo lo que tocaba con su dedo índice en oro. Más que encontrar su historia asombrosa, la consideraba injusta, ¿por qué su amigo podía disponer de todo el dinero que necesitase mientras que él apenas podía mantener a su familia?

El dedo de la mano, posada sobre la mesa, era como un imán para su mirada, no podía levantar los ojos más de dos segundos. Notó que el mango de su cuchillo le quemaba la piel y para evitar abrasarse lo sacó con un movimiento rápido de debajo de su capa y ¡zas! De una tajada le amputó el dedo.

Anuncios

Incompleto

16 Feb

Dos chispazos de luz asomaron al espejo retrovisor sacándolo de sus pensamientos. Se puso de mal humor. Miró los faros del coche que se pegaba al culo del suyo y dudó unos segundos si seguir jodiéndolo manteniendo la misma velocidad o echarse a un lado en el próximo apartadero. Optó por hacerse a un lado.

No tenía prisa, por eso no cogió el camino directo para volver a casa desde el trabajo, sino que prefirió tomar la vieja carretera, que alargaría el trayecto, por lo menos cuarenta y cinco minutos más.  Ese tiempo le vendría muy bien para repasar los detalles del plan que se había trazado para acabar con ella.

Había tomado la determinación de poner fin a una relación que le amargaba la existencia. Cada año que pasaba junto a ella crecía la necesidad de arrancarla de su vida y sabía Dios que había intentando aprender a quererla. Acudió a médicos, a curanderos, hizo meditación y yoga, y por supuesto estuvo en terapia con psicólogos y psiquiatras. Nada dio resultado.

Después de muchos años de intentos infructuosos, aceptó que sólo tenía una salida, tenía que terminar con ella porque cada vez que la miraba se le venía el mundo encima. La odiaba profundamente, no la quería en su vida y eso, sacarla de su vida, era su objetivo para empezar a ser feliz.

Paró el coche junto a la puerta del supermercado más próximo a su casa, en el que había encargado veinte bolsas de hielo pagadas por adelantado.

Miró el reloj al entrar en casa, las ocho en punto. Había calculado que toda la operación le llevaría alrededor de media hora, así que puso la alarma del despertador a las doce y media de la noche. Llevó el reloj al cuarto de baño, colocó el tapón de la bañera y abrió el grifo del agua fría. Cuando el fondo se hubo llenado unos centímetros se dirigió al coche y empezó a traer las bolsas que fue volcando en la bañera de una en una. Dejó la puerta de la casa entornada. Buscó su teléfono móvil y dejó marcado el número de emergencias.

Todo estaba preparado. Su respiración se aceleró, sintió la sangre golpearle en el cerebro y los pulmones encogérsele. Quiso salir corriendo, subirse al coche y gastar el tanque de gasolina en un viaje sin rumbo. El miedo le trepó por los pies dándole una excusa para no hacerlo. Vio su cara asustada en el espejo, después la miró a ella y entonces se sacudió el miedo.

La arrastró hasta el borde de aquella helada bañera, respiró profundo y la sumergió de lleno. Ella se resistió, pero él no atendió a sus protestas, su corazón estaba tan frío como el del agua. Apretó un poco más y allí la dejó.

Cuando sonó el despertador casi no tenía fuerzas para marcar el número que había dejado indicado en la pantalla del móvil. Le temblaba todo el cuerpo y se sentía morir. Sacó fuerzas, extendió la mano y presionó la tecla verde, apenas escuchó la voz al otro lado, sólo fue capaz de dar su dirección y su nombre.

Tres días después despertaba en la habitación de un hospital. Miró hacia la parte baja de la cama y le pareció ver que sólo había un pico saliente de las sábanas. Le empezó a invadir un sentimiento de alegría que se convirtió en una explosión al mirar debajo de las sábanas y comprobar que ella ya no estaba allí. Libre de una pierna que nunca había considerado suya, se sentía al fin un hombre completo. Feliz.