Archivo | septiembre, 2011

Capítulo 12. Lenguajes

14 Sep

Viene de la entrada anterior

Javier se sorprendió al ver a su jefa en la oficina. Se había esmerado para llegar una hora antes de lo habitual, pero aun así,  ella se le había adelantado. Su ropa, diferente a la del día anterior, evidenciaba que no había pasado allí la noche sino que también había madrugado más de lo normal.

La inspectora Ramírez estaba concentrada delante de una pizarra blanca. En la parte superior y hacia el centro había colgado el retrato robot del sospechoso, debajo puso las fotos de la primera y segunda víctima, con sus nombres, fechas, lugares de los crímenes y algunas de las características más destacadas de los escenarios. A la derecha de la pizarra había colocado el retrato de un señor de unos cincuenta y cinco años, de pelo blanco, ojos claros, barbilla prominente y nariz aguileña que, según pudo leer, era Gregorio de Lara Sigüenza, propietario del vehículo con el que se había asesinado a la segunda chica.

No oyó los pasos de Javier a sus espaldas y pegó un pequeño brinco cuando éste rompió el silencio preguntándole si ella también había tenido problemas para conciliar el sueño.

-¡Joder, Javier, casi me matas del susto! –pegó un respingo mientras se llevó la mano al pecho-. A las cinco de la mañana lo di por imposible y decidí venirme para ver qué tenemos de este señor –apuntó a la foto de Gregorio de Lara.

-¿Y has encontrado algo?

-Te lo cuento si me preparas un café.

Con la taza humeante en la mano y situada ante la pizarra, la inspectora Ramírez colocó la punta del rotulador sobre la frente de De Lara y le explicó que era propietario, junto a otros tres socios, de la clínica privada Virgen de Covadonga.

-Francisco Fernández Ximénez, cirujano cardiovascular, y José María Silva del Puente, cirujano plástico, eran los otros dos dueños de la clínica.

-Podríamos acercarnos a hablar con ellos. Es probable que el asesino trabajase en el hospital y puede que reconozcan su retrato, ¿no crees? –preguntó Javier.

-Sí, sería ideal pero hay un inconveniente, todos han fallecido.

Sin soltar el rotulador la inspectora Ramírez se dirigió a su ordenador que esperaba con el salvapantallas en marcha. Movió el ratón para desactivar el modo espera y los píxeles mostraron un expediente policial en el que aparecía la foto de De Lara.

-¿Estaba fichado? –interrogó Javier desconcertado- ¿Qué se operaba en esa clínica?

-De Lara y sus socios fueron detenidos como parte de la operación Sonajero. La llevó a cabo la Guardia Civil contra una red internacional de pederastas que compartían archivos de producción propia. Las víctimas eran niños y niñas desde bebés hasta adolescentes –la inspectora cerró un archivo y abrió otro en el que aparecía la foto de un señor entrado en años de pelo abundante teñido de canas, barba, ojos oscuros y piel muy blanca-. Los tres fueron declarados culpables y condenados por el juez. De Lara fue el único al que se fijó una fianza que pagó y evitó la cárcel aunque, como nos dijo su viuda, de poco le sirvió puesto que murió hace cuatro meses. José María Silva fue asesinado por un interno de la cárcel en la que estaba en situación preventiva y éste, Francisco Fernández –llevó el puntero del ratón sobre la foto en la pantalla-, se suicidó el día antes del juicio, lo encontraron ahorcado en su celda.

-¿Crees que la operación Sonajero tiene algo que ver con nuestro asesino?

-Tendremos que averiguarlo, Javier. Por ahora lo que es más probable es que haya trabajado en la clínica Virgen de Covadonga.

-¿Conduzco yo?

-¿A dónde quieres ir a las ocho menos cuarto de la mañana?

-Bueno, primero a desayunar que he salido de casa con el estómago vacío para no despertar a mis chicas. Después podemos pasar por la clínica esa a ver si alguien se acuerda de nuestro sospechoso, ¿te parece?

Media hora más tarde Javier masticaba el segundo sándwich mixto, que ayudaba a tragar con un café con leche y un zumo de naranja. Cristina se había pedido un café con churros a los que apenas dio un par de mordiscos, la taza sí quedó vacía.

-Habremos apuntado mal la dirección –dijo Javier masticando el sándwich.

-No, estoy segura de que ésa que ahora se llama Sanas es la clínica que buscamos. En cuanto te termines eso entramos a preguntar.

Javier interpretó las palabras de su compañera como una orden de que se diera prisa, así que se metió el resto del sándwich en la boca y apuró el último sorbo de café con leche.

-¡Listo! –se limpió con una servilleta que arrugó y tiró sobre la mesa mientras se ponía en pie.

Encontraron a un agente de seguridad en la entrada que les indicó que las oficinas de administración estaban en la última planta y les señaló los ascensores.

Salieron a un pasillo lleno de puertas, todas estaban cerradas a excepción de una a la que se acercaron. Se oía la voz de una mujer que mantenía una conversación telefónica. La inspectora Ramírez tocó con los nudillos en el marco, quien telefoneaba, una joven de no más de treinta años, esbelta, rubia oxigenada y con los labios de rojo, levantó los ojos, la miró y siguió con su charla. La inspectora sacó su placa, volvió a tocar con los nudillos en la puerta y esta vez los ojos se fijaron en la placa.

-Matilde, querida, tengo que atender a unos señores. Te llamo en un rato, ¿ok? –se había levantado de la silla cuando dejó el auricular sobre el teléfono- ¿En qué puedo ayudarles, señores?

El interrogatorio duró poco más de diez minutos, los suficientes para saber que la rubia oxigenada se llamaba Amanda, y era administrativa, que los herederos de los socios fundadores de la clínica habían decidido cambiarle el nombre después de que se descubriese la operación Sonajero y fueran detenidos los jefes, dos médicos y un enfermero.

-Un intento de lavado de imagen que la verdad no ha servido de mucho –les confesó la joven.

-¿Cuándo habla de herederos a quién se refiere, a los hijos de los socios fundadores? –Javier miró a su jefa de reojo para ver si le molestaba que se adelantase en las preguntas.

-Sí, salvo en el caso del doctor Gregorio de Lara, que no tenía. Don Francisco Fernández tenía sólo uno, y Don José María dos chicas, una de ellas es médico también, pero trabaja en Lisboa y no quiere mezclarse mucho con la clínica, por lo que tengo entendido. Aunque yo no conozco a ninguno, ni siquiera a la señora de De Lara.

La falsa rubia tenía facilidad de palabra, así que también les puso al tanto de que, con ese afán renovador, se había despedido a casi toda la plantilla y contratado a nuevo personal.

-A todos menos a la jefa de enfermería, Ariadna Suárez, y a la secretaria del doctor Francisco Fernández, la Matusalén, bueno, así es como la llamamos los nuevos, porque lleva aquí tantos años como la clínica y porque es vieja como la raña, la verdad.

-¿Podemos hablar con ellas? –interrumpió la inspectora.

-La jefa de enfermería está de vacaciones, se incorpora pasado mañana, con la Matusalén supongo que sí, siempre llega a las ocho en punto, ni un minuto arriba, ni abajo. Su despacho está en la primera planta, la tercera puerta a la derecha nada más salir del ascensor.

-Una última cosa –dijo Cristina sacando de la carpeta que llevaba en la mano el retrato robot del asesino-, ¿conoce a este hombre?

Lo miró con detenimiento y finalmente dijo que no.

La Matusalén se llamaba María Aurelia Artiles y el apodo le venía como anillo al dedo, lo comprobaron al entrar en su oficina. Su escritorio lo podía haber construido tranquilamente San José. Sobre la mesa había un archivador de papeles, una agenda que esperaron que fuera del año presente, un lapicero con bolígrafos BIC y el teléfono, lo único que evidenciaba que estaban en el siglo veintiuno. En el suelo una alfombra que, a pesar de conservar en perfecto estado sus colores, se notaba que era tan vieja como la señora María Aurelia. Hasta las dos plantas que se encontraban bajo las ventanas parecían del Pleistoceno.

Javier se tapó la boca con la mano para ocultar la sonrisa que le provocó recordar la voz de la rubia llamándola la Matusalén y la inspectora, que se dio cuenta, le dio con el codo en el abdomen para advertirle de que ni se le ocurriera reírse.

María Aurelia era todo lo contrario a la rubia oxigenada. Los años le habían secado la lengua y el cansancio de una larga vida le había quitado las ganas de hablar. Respondió a todas las preguntas con monosílabos y cuando la contestación requería de alguna palabra más decía que no lo sabía o que no lo recordaba. Durante los cinco minutos que duró el encuentro no mostró ni una sola emoción, su rostro, que se parecía a un mapa de rutas aéreas, permaneció inmutable hasta que la inspectora sacó el retrato robot de su carpeta. Aunque intentó disimular fue evidente que sus ojos se abrieron más de lo que acostumbraban y que a ellos asomaron unos gramos de espanto. El pecho se le hinchó de repente y quedó congelado. Giró la cabeza para ocultar su turbación y negó con rotundidad conocer a aquel joven cada vez que se lo preguntaron aquellos policías.

La frustración de Javier era evidente y se incrementaba con cada paso que se acercaban al coche.

-Teníamos que haberla arrestado, Cristina, traerla a comisaría y obligarla a que cantara –gritaba golpeando el salpicadero.

-¡Cálmate, Javier! Se moriría antes de que nos dijera algo, ¿viste cómo cambió su cara cuando le enseñamos el retrato? Debe haber alguna relación entre ellos, pero lo averiguaremos a través de la jefa de enfermería y de nuestros compañeros de comisaría que sacarán de esa clínica y de sus trabajadores todo lo que puedan.

De vuelta en la comisaría, la inspectora Ramírez se dirigió a su mesa para añadir al informe del caso todo lo averiguado esa mañana. Se detuvo a tres pasos del escritorio al ver un sobre acolchado sobre el teclado en el que ponía que el paquete estaba dirigido a ella. Se acercó despacio, lo apretó, le dio la vuelta para ver el remitente, no había nada escrito en la otra cara, se lo acercó al oído, lo agitó y volvió a dejarlo en su sitio.

-¿Quién ha traído este paquete? –gritó.

El agente Guitérrez elevó la cabeza por encima de la pantalla de su ordenador:

-Lo trajo un mensajero esta mañana.

Volvió a coger el paquete y lo llevó hasta una lámpara para intentar ver al trasluz su contenido.

-¿Quieres que lo abra yo?- preguntó Javier.

La inspectora Ramírez negó y cogió las tijeras de la mesa de su compañero, metió una punta por el hueco que deja el pliegue en la zona del pegamento y cortó. Giró con suavidad el paquete y cayó sobre la mesa un DVD.

-¿Tu ordenador puede leer deuvedés?

Javier extendió la mano para coger el disco que había quedado apoyado entre la tabla y el ratón. Abrió el lector de DVD de su torre y esperó a que el programa empezara a ejecutar lo que quisiera dios que hubiera en aquel trozo de plástico.

Una cuenta atrás en blanco y negro fue cambiando del diez al uno mientras una voz masculina, que a Cristina le causó escalofríos, contaba los segundos restantes. Después del uno la pantalla quedó en negro y poco a poco fue emergiendo una imagen de ese fondo, dos íes mayúsculas y en color azul, el dos en números romanos.

La mesa de Javier fue llenándose de agentes curiosos que mantenían un silencio absoluto. La inspectora Ramírez sintió un nudo en la garganta y el estómago encogérsele hasta el tamaño de un puño. La pantalla volvió a quedarse en negro. De fondo se escuchaban palabras incomprensibles, como si estuvieran pronunciadas por un borracho, pero el timbre de la voz evidenciaba que salían de la garganta de una mujer.

Aquella imagen pilló a todos desprevenidos. Quien enfocaba la cámara dirigía el objetivo hacia lo que todos tardaron unos segundos en reconocer como una vagina. Estaba rasurada y había sido cosida parcialmente. Después unas manos forradas con guantes de látex terminaban la costura hasta la base del perineo. En las últimas puntadas la víctima pareció recuperar el conocimiento puesto que sus palabras se escuchaban con mayor nitidez y juntaba los muslos obstaculizando la labor de aquel macabro ATS que apartó la cámara y la dejó sobre algún sitio con descuido. El ángulo giró cuarenta y cinco grados y todos inclinaron la cabeza hacia la izquierda para ver cómo a aquella mujer se le colocaba un paño sobre la nariz y la boca y volvía a un estado profundo de inconsciencia. El asesino colocó de nuevo la cámara en su sitio y dio los puntos que faltaban.

Con un fundido a negro el escenario cambió de un sitio no identificable a lo que parecía ser el salpicadero de un coche. La cámara enfocaba el exterior del vehículo dejando ver el capó y al final de éste el tronco de un árbol de gran porte al que estaba atada una joven morena y delgaducha que, ya en estado de plena consciencia, lloraba y suplicaba por su vida. Sólo se escuchaba el ruido del motor acelerado, pero el coche apenas se movía. Aquella mujer luchaba por mantener la cabeza erguida y miraba a los ojos de su verdugo implorando piedad. Era evidente que le costaba respirar porque el todoterreno se le incrustaba en el abdomen. Su asesino se tomó su tiempo aunque podía haberla matado instantáneamente, lo que la barra de tiempo de aquel lector de DVD marcó fueron tres minutos, pero la inspectora Ramírez estaba segura de que tardó más en acabar con su vida. Cada vez le costaba más esfuerzo a aquella muchacha mantener la cabeza erguida hasta que quedó completamente suspendida sobre su pecho, mantenida sujeta a su cuerpo por el cuello.

Delante del ordenador de Javier, la inspectora retrocedió el vídeo, le dio al play y repitió la operación en cinco ocasiones.

-¿Qué? –interrogó Javier que aún intentaba aguantarse las ganas de vomitar.

-¿No lo ves? Está suplicando que no la mate.

-Sí, es evidente.

-Llama a la intérprete de lenguaje de signos. ¡Ya!

Cristina advirtió a la joven de que las imágenes que iba a ver eran muy duras y que sólo había seleccionado un minuto para que no fuera tan traumático.

-Necesito que leas los labios de la chica que va a aparecer en la pantalla y que me cuentes qué decía.

Al primer intento la joven intérprete rompió a llorar y fue imposible que viera más de quince segundos de la grabación. Hubo que parar para que se calmase y advertirle de lo importante que era para la investigación del caso saber qué decía aquella muchacha. Después de unos minutos de respiraciones profundas consiguieron que se volviera a sentar delante del ordenador. Javier desactivó el salvapantallas moviendo el ratón y de nuevo la cara de pánico de la segunda víctima lo llenó todo. La intérprete logró controlar el llanto impulsivo que le provocó, respiró una vez más, y se concentró en los labios de aquella chica repitiendo en alto lo que leía en ellos.

-No lo hagas, por favor. Ángel, por favor –las lágrimas volvieron a rodarle por las mejillas.

-Ya sabemos cómo se llama –dijo la inspectora anotando las palabras.

Continuará…

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