Archivo | agosto, 2011

Capítulo 11. La cabeza fría

15 Ago

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A las ocho de la tarde ya había escuchado hasta en cinco ocasiones diferentes la noticia del macabro hallazgo en la Sierra de la Mujer Muerta en los boletines informativos de las principales emisoras de radio. Las ediciones digitales de los periódicos más leídos también la destacaban en su página de inicio y la acompañaban del retrato robot del sospechoso. Pinchó sobre la imagen para verla en una página aparte a mayor tamaño. Presionó las teclas Control y P y a continuación Return. En dos segundos tenía una copia en la bandeja de la impresora. La cogió y se fue al baño, se puso frente al espejo y con la mano izquierda sujetó el folio junto a su reflejo. Ambos sujetos eran varones, de una edad comprendida entre los 25 y los 35 años, pero el del espejo tenía la cabeza afeitada mientras que el de la izquierda lucía una buena mata de pelo oscuro engominado hacia atrás. Además llevaba unas gafas de pasta negras, cosa que no tenía el que sujetaba el retrato. El del papel era lampiño y con ojos marrones, mientras que el del espejo tenía perilla y los ojos… miró en el poyo del lavamanos para cerciorarse de que seguían allí las lentillas de color verde de usar y tirar.

-No creo que nadie me reconozca, pero debo andarme con cuidado, estaré un tiempo sin volver por el piso, aquí estoy más seguro –pensó y se dirigió a la habitación que le servía de despacho.

Comprobó que el DVD que había grabado se veía perfectamente. Se puso unos guantes de tela blanca, lo extrajo de la torre y lo limpió con esmero para borrar cualquier huella. En un sobre acolchado escribió una dirección y el nombre de la inspectora de policía que había visto en todos los informativos. Metió el disco, retiró el papel que cubría la solapa adhesiva y lo cerró. Salió a la calle y dejó el sobre dentro de su buzón, en la ranura colocó un folleto de una agencia de viajes con una oferta a Tailandia.

Empezó a planificar su próxima salida cuando escuchó la sintonía de la segunda edición del telenoticias y volvió a la sala de proyecciones. Abriendo la sección de Sucesos aparecía aquel retrato robot y el titular: “Se busca asesino en serie”. Otra vez aquella corriente empezó a recorrerle todo el cuerpo. Contemplaba los labios de la locutora que iban pronunciando palabras que le provocaban una excitación no conocida: muerta, desnuda, indefensa, maniatada, macabro, violencia, brutal, dolor, víctimas, miedo, terror. Con cada frase notaba que su miembro se hinchaba y que la sangre le bombeaba en las venas hasta casi reventárselas. Sintió la humedad en su pantalón y entonces sólo quedaron jadeos y la ansiedad del que quiere repetir.

-No debo precipitarme –se dijo-. Es mejor que deje pasar algunos días. Vamos a ver qué fichas mueven.

 

Continuará

Capítulo 10. Los ricos también lloran

12 Ago

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Se olvidó de los límites de velocidad y pisó el acelerador cuando los semáforos pasaban a ámbar. Tardó en llegar a la comisaría menos de la mitad del tiempo que le hubiese llevado en otras circunstancias.

En esta ocasión entró por el garaje para evitar a los periodistas que seguían apostados en la entrada de su planta tratando de averiguar alguna información nueva. No había visto los informativos del mediodía, no había leído las ediciones digitales de los principales diarios y tampoco había conectado la radio para escuchar los boletines de cada hora. Sin embargo estaba segura de que a estas alturas de la tarde ya se habrían dicho muchas barbaridades y que la mitad de la población, especialmente las mujeres, estarían asustadas por la existencia de un asesino en serie.

Javier la recibió con una sonrisa triunfal e inmediatamente le enseñó los documentos, uno era la copia de una denuncia realizada ante la Guardia Civil sobre el robo de un coche cuya descripción coincidía con el del crimen; el otro venía de la Dirección General de Tráfico en el que por el número del bastidor se hacía mención al modelo, a una matrícula diferente a la que tenía el coche que mató a la segunda víctima y al nombre y domicilio de su propietario.

-Hay algo que no me cuadra en todo esto, Javier -señaló la inspectora Ramírez sin levantar la vista de los papeles.

-¿Demasiado fácil para alguien que no parece ser nada descuidado?

-Sí, algo así. De todas maneras deberíamos acercarnos a esta dirección y preguntar al propietario del vehículo cómo llegó su coche a convertirse en un arma homicida y enseñarle el retrato robot, a lo mejor conoce de algo al sospechoso.

-Si es que no es él el asesino -dijo Javier cogiendo su chaqueta y las llaves del coche–. Yo conduzco.

-Espera, primero quiero hacer una cosa.

La inspectora Ramírez se fue hasta su mesa y buscó en la carpeta del caso el retrato robot que le había facilitado la policía científica después del primer asesinato. Sacó tres decenas de copias y se fue al recibidor. Los periodistas se levantaron veloces nada más ver que se abría la puerta.

-¡Apaguen las cámaras! Esto no es una comparecencia de prensa -ordenó.

Se lamió el pulgar y el índice y empezó a darle a cada uno una hoja en la que aparecía estampada el retrato del sospechoso.

-No sabemos su nombre, pero quizá alguien lo reconoce y puede ayudarnos a encontrarlo. Difúndalo cuanto puedan, por favor -hizo ademán de girar el pomo cuando se volvió de nuevo-. Y por favor, váyanse ya a descansar, les aseguro que no habrá más información por hoy.

Los reporteros la miraron con cara de circunstancias pensando que ojalá fuera decisión suya marcharse a casa o irse a tomar una cerveza en vez de estar allí horas y horas intentando pescar algo nuevo. Antes de que la inspectora cerrara la puerta ya estaban marcando los teléfonos de sus jefes de redacción para darles la nueva información y buscar la manera de hacerles llegar el retrato.

Javier conducía mientras la inspectora Ramírez repasaba los datos del propietario del vehículo BMW X5 de color azul marino con matrícula falsa con el que se había empotrado a Isabel Prieto contra un árbol en la Sierra de la Mujer Muerta. A una distancia prudencial les seguían otra pareja de policías.

-Calle del Iris, ¿esto dónde está?

-En La Moraleja. Es un hombre pudiente, así que menos pena me dará cuando le trinquemos.

Vio por el rabillo del ojo cómo su jefa le lanzaba una mirada desaprobadora.

-Piénsalo, Cristina. Seguro que es el típico caso del hombre rico aburrido del dinero y de los placeres que éste le proporciona buscando emociones más fuertes, ¿no has visto Hostel?

-Aún es muy pronto para sacar conclusiones, Javier, y me parece que hay muchas evidencias que no encajan con tu teoría.

La discusión terminó cuando Javier salió de la carretera para entrar en una impresionante urbanización de chalets, pisos y casas de lujo a cuál más espectacular.

-El mundo está mal repartido, Cristina. Aunque yo no cambio mi vida por la de ninguno de estos, ¿sabes? Estoy seguro de que éste es uno de los lugares de España con una mayor concentración de gente rica por metro cuadrado pero también de infelices y frustrados.

-¿Quién decía eso de que el dinero no da la felicidad pero produce una sensación muy parecida? ¿Woody Allen?

Javier sonrió ante el comentario y confesó que él preferiría ser un infeliz con dinero que sin él señalando a un inmenso adosado de dos plantas y grandes ventanales que se rodeaba de un enorme jardín con una gran piscina.

-Hemos llegado.

-Gregorio de Lara Sigüenza -pronunció en alto la inspectora Ramírez comprobando con el documento que había memorizado bien el nombre del propietario del BMW X5 con el que se había asesinado a Isabel Prieto.

Bajaron del coche y se dirigieron al telefonillo. Al otro lado del aparato una voz con acento latinoamericano preguntaba su identidad y les pedía que esperaran un momento.

-Buenos días, soy la señora de don Gregorio de Lara, ¿en qué puedo ayudarles?

Tras un breve intercambio de palabras la inspectora y su compañero cruzaban la puerta de hierro forjado que separaba la calle del adosado y recorrían unos veinte metros de jardín hasta la entrada de la vivienda donde aguardaba Fonsina, la criada que más tiempo llevaba al servicio de la familia De Lara Massieu.

Un amplio y luminoso recibidor les dio la bienvenida junto a un intento de sonrisa por parte de Fonsina que les condujo hasta el salón y les pidió por favor que tomaran asiento. Cinco minutos después volvió a aparecer con una bandeja en la que había una cafetera, tres tazas con sus respectivos platos, lechera y azucarero, todos ellos de porcelana decorada con motivos florales, un plato con pastas que hicieron sonar las tripas de los policías, y tres cucharillas de plata. La dejó sobre la mesa y volvió a retirarse.

Cristina Ramírez y su compañero tuvieron tiempo de apreciar la calidad de la piel del sofá sobre el que estaban sentados, la alfombra persa de vivos colores y el enorme cuadro abstracto en el que predominaba el azul que firmaba un o una tal Massieu. Lo único ostentoso era la riqueza de los materiales, puesto que apenas había figuras, y salvo la mesa central y una auxiliar entre los dos sofás, no había nada más en la estancia.

Pasaron otros cinco minutos hasta que la señora de la casa hizo por fin su aparición vestida de punta en blanco aunque con un estilo sencillo, sin maquillaje ni joyas, sólo su alianza de casada.

-Buenas tardes, soy Victoria Massieu, la esposa de Gregorio de Lara. Disculpen que les haya hecho esperar, padezco de migrañas y me he pasado el día tumbada en la cama, aún lo estaba cuando ustedes llamaron al timbre y bueno, tenía que adecentarme un poco- se estiró la ropa con ambas manos.

-¿Es suyo el cuadro?- interrogó Cristina ante la coincidencia de los apellidos.

-No, el arte no es una de mis habilidades. Es un cuadro que heredé de mi padre, la autora es Lola Massieu, una prima suya. Pero ustedes no han venido a hablar de arte, ¿verdad?

-Tampoco hemos venido a hablar con usted, señora Massieu, sino con su marido -dijo la inspectora un tanto irritada.

-¿Y de qué quieren hablar con mi marido? Si puede saberse.

Javier notó la impaciencia de su jefa, así que decidió llevar él las riendas de la conversación convencido de que entre mujeres es más fácil que salten las chispas.

-Verá, queremos preguntarle si reconoce este vehículo -le tendió una fotografía del BMW X5.

Victoria Massieu observó la imagen unos segundos y dijo que era el mismo modelo que conducía su marido, que no recordaba el número de la matrícula porque nunca había tenido buena memoria, y que el vehículo había sido robado una noche en que, por cabezota, Gregorio no quiso meterlo en el garaje porque iba a salir muy temprano al día siguiente y porque ¿qué va a pasar, mujer?

-Seguro que en el despacho de mi marido está la copia de la denuncia -hizo ademán de levantarse.

-No se moleste, señora- se adelantó Javier-. Sabemos que el coche fue robado. Sólo queríamos hablar un momento con su marido porque el vehículo ha aparecido hoy en la escena de un crimen.

La palabra crimen no tuvo ningún efecto sobre Victoria Massieu y como si no la hubiese escuchado dijo que iba a ser imposible que su esposo pudiera atenderles.

-¿Está de viaje?- preguntó la inspectora Ramírez recuperando su papel protagonista.

-No. Está muerto. Falleció hace cuatro meses, de un infarto al corazón.

La noticia cayó como un jarro de agua fría sobre los dos policías que se miraron desconcertados. La inspectora Ramírez reaccionó y sacó del expediente una foto de cada una de las víctimas y también el retrato robot.

-Señora, ¿reconoce a alguna de estas personas? ¿Las había visto antes?- le tendió las imágenes.

Victoria Massieu ni las cogió en la mano, las miró de lejos y negó.

-A lo mejor alguno de sus hijos sí las conoce- propuso Javier.

-¿Hijos? No tengo ninguno, la Naturaleza no me ha dado ese don. Estuvimos años intentando adoptar en España sin lograrlo. Mi marido se empeñó muchas veces en traer a un bebé de China o de Sudamérica, pero yo me negué porque no estaba dispuesta a que todas nuestras amistades supieran que tengo el vientre seco. Prefería aparentar que la descendencia era algo que no estaba en nuestros planes- hizo una pausa y se levantó rápidamente-. Y ahora van a disculparme pero la migraña me está matando. Alfonsina les dejará mi teléfono personal y el de mi abogado por si necesitan hacer más preguntas.

-Sólo una mas, si no es mucha molestia- aprovechó Javier-. ¿A qué se dedicaba su marido?

-Era neurocirujano- respondió desde el pie de la escalera que ascendía a la segunda planta.

La inspectora Ramírez y su compañero volvieron a mirarse y sonrieron.

-Creo que tenemos un hilo del que tirar, Javier.

Continuará