Capítulo 9. ¡Eureka!

27 Jul

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María Isabel Rojas Bonny, la madre de la segunda chica encontrada muerta, no reconoció a nadie de su entorno en el retrato robot que le mostraron del supuesto asesino de su hija. Era un rostro que no había visto en su vida.

Aceptó el servicio de psicología que el Ministerio del Interior a través del cuerpo Nacional de Policía ponía a su alcance para aprender a superar la pérdida de su hija en tan horrendas condiciones. También dio su palabra de no facilitar datos, información o conceder cualquier tipo de entrevista a los medios de comunicación o toda persona ajena a la investigación del caso. Y le pareció una buena idea que la inspectora Ramírez se ofreciera a llevarla hasta el colegio para recoger a Daniel y dejarlos a ambos en su casa.

En el trayecto la inspectora conoció algo más a la víctima, Isabel Prieto. El año anterior había terminado con mucho esfuerzo un grado superior de formación profesional en la rama de cocina. Soñaba con poder montar algún día su propio restaurante y dejar la sección de comidas preparadas de la gran superficie en la que trabajaba.

-Le encantaba hacer de comer, ¿sabe? Y todo le quedaba que sabía a gloria, lo mismo daba que hiciera un cocido que un plato de esos que prepara el Arguiñano- contaba María Isabel entre llanto y llanto.

Cristina Ramírez también supo que a pesar de llevar más de cinco años separados, Isabel estaba aún enamorada del padre de su hijo –Aunque el mala sangre no ha querido darle su apellido porque duda de que sea suyo. ¡Sinvergüenza! -explicaba la madre.

Así la inspectora Ramírez pudo obtener un perfil de la víctima número dos en el que destacaba sobre todo su inocencia. La falta de mala idea, lo llamaba la señora Rojas.

–Mil veces le dije que tenía que espabilarse, que la gente de la calle nada más que tira para lo suyo y que los demás le importamos poco a no ser que nos necesiten para conseguir lo que se proponen, pero ella me decía que era una exagerada y que era más la buena gente que conocía que la mala y mire cómo ha terminado, mi pobre niña.

La profesora de Daniel esperaba con él a la puerta del colegio, ambos sentados en un banco de madera cobijado del sol por la copa de un gran árbol. Ninguno reconoció a la mujer que se bajó de un coche gris y que poniéndose de cuclillas a la altura de la cara del niño lo saludó con aprecio y simpatía.

-Buenas tardes, ¿es usted familia de Daniel?- preguntó la joven delgada y de cabellos color trigo que se sentaba al lado del niño y que lo agarró con fuerza ante la desconfianza que le suscitaba aquella extraña.

-Disculpe mi falta de educación. Soy Cristina Ramírez, inspectora de policía. -respondió poniéndose en pie y sacando del bolsillo interior de su chaqueta su identificación mientras tendía la otra mano en señal de saludo. –La abuela de Daniel está en el coche, vengo a recogerlo para llevarlos a su casa.

-¿Y dónde está su pistola?- interrumpió la voz de Daniel con toda naturalidad.

-¡No llevo pistola porque soy una policía mágica que no la necesita!- le contestó agachándose de nuevo y apretándole cariñosamente una mejilla.

-¿Mágica?

-Sí. Por ejemplo, te voy a demostrar que soy capaz de adivinar tus pensamientos con sólo poner un dedo en tu frente, ¿quieres verlo? A ver, tienes que concentrarte y cerrar los ojos para poder ver tus ideas, ¿vale? Y ahora piensa en qué comiste hoy en el comedor del cole. ¿Lo estás pensando?

Daniel dijo que sí y mantuvo sus ojos cerrados con fuerza mientras la inspectora Ramírez le hacía una seña a su profesora para que le fuera indicando qué platos compusieron el menú. Ésta encontró el juego muy divertido y ayudada de la mímica y la lenta vocalización contribuyó a delatar a la crema de guisantes, los san jacobos con ensalada y a la gelatina de fresa que se encontraban en los pensamientos del niño que aplaudió con esmero la demostración de magia de la inspectora.

La puerta del copiloto del coche se abrió y Daniel corrió como loco a abrazar a la mujer que se bajaba de él.

-¡Abuelaaaaaaaa!

-¡Hola, campeón!- lo cogió en brazos y lo llenó de besos haciendo un sobreesfuerzo por no empezar a llorar de nuevo. Había pasado todo el rato en el coche tratando de calmarse para que el niño no notara nada.  Se acercó a la profesora y le dijo que Daniel estaría algunos días sin venir a clase, que se iban a ir unos días fuera de la ciudad.

Una vez llegaron al domicilio de la señora Rojas, Cristina le pidió permiso para ver la habitación de Isabel.

-¿Sabe si su hija llevaba algún diario o algo así?

-No, apenas tenía tiempo para eso. Mi hija me lo contaba todo y le aseguro que no estaba metida en nada extraño, ni tenía ninguna relación amorosa nueva, apenas sí se veía con los compañeros de trabajo de vez en cuando- paró de hablar para evitar romper a llorar de nuevo.

. –Si considera que hay algo en esta habitación que pueda ayudar a encontrar a su…- no pudo pronunciar la palabra –cójalo.

Un cuarto de hora más tarde la inspectora Ramírez se despidió de Daniel y le dejó apuntado a la señora Rojas su número de teléfono por si recordaba algo que fuese extraño o para lo que considerase necesario.

Subiéndose al coche comenzó a sonar su móvil. En la pantalla aparecía el número del doctor Espinosa que la instaba a que se acercara al instituto, tenía algo que comentarle y quería que lo viera con sus propios ojos.

Al llegar el forense hizo gala de su habilidad para hablar de cosas sin importancia en momentos poco adecuados, así que la inspectora Ramírez le instó a que se centrara en el asunto por el que la había llamado.

Al pie de la mesa en el que se le realizaba la autopsia a Isabel Prieto el doctor explicó que, aparte del símbolo del pecho, buscó algún otro elemento que evidenciara la mano del mismo autor.

-Al tener el coche encima no lo pudimos apreciar bien pero desde que la trajeron me quedó claro. A esta también le han arrancado las uñas y la piel de los pies.

-Entonces no hay duda de que es el mismo asesino, ¿no?

-Así es. Y también en este caso ha hecho gala de sus conocimientos de medicina. Fíjese en esto.

El forense retiró del todo la sábana que cubría lo que quedaba del cuerpo de Isabel Prieto y le señaló a los genitales.

-¿Están…?

-Cosidos sí. Le ha dado al menos sesenta puntos de sutura entre el inicio de los labios mayores y la zona del perineo, muy bien realizados, por cierto. Todavía no sé si en este caso también fue anestesiada. Ya he enviado las muestras para el análisis toxicológico.

-Muchas gracias, Ernesto. Si encuentras cualquier otra cosa que te llame la atención, por favor, llámame enseguida.- dijo aguantando las náuseas.

Se dirigió a la salida pero la pregunta del doctor Espinosa la frenó en seco.

-¿Ha leído al Marqués de Sade?

Se dio la vuelta despacio –No, ¿debería?

-Le aconsejo que busque en la biblioteca un ejemplar de Filosofía en el Tocador, verá que en el acto final de esta obra se realiza una práctica muy parecida, casi idéntica, diría yo, a la que le han hecho a esta pobre muchacha.

La inspectora anotó mentalmente el nombre del libro. Mientras cruzaba el patio que separaba la entrada del edificio de la zona de aparcamientos sintió una inmensa necesidad de gritar, de llorar y de darle patadas a todo lo que se le pusiera por delante.

-No tenemos nada por dónde agarrar a esa cabrón, un retrato robot que no coincide con ninguno de nuestros fichados y que seguramente ya no tendrá nada que ver con la imagen del asesino, si es tan listo como parece. Ni una huella, ni un pelo, ni una muestra de sus tejidos o fluidos, nada, nada– se decía con desesperación.

Se metió en el coche, abrió las ventanas e hizo unas cuantas inspiraciones profundas para relajarse pero era imposible así que metió la llave en el contacto y puso el coche en marcha. En ese mismo instante volvió a sonar su teléfono. Esta vez activó el manos libre.

-¿Sí?

-¿Cristina? Cristina, soy Javier. Tenemos un nombre. Las placas del coche eran falsas pero el número del bastidor nos da un nombre y una dirección. ¡Lo tenemos, Cristina!

Continuará

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