Capítulo 8. Una promesa

22 Jul

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El doctor Espinosa paró el vehículo en una parada de autobús que se encontraba a veinte metros de la comisaría.

-Supongo que le viene bien que la deje aquí.

Tardó unos segundos en reaccionar. Había pasado los últimos quince minutos del trayecto sumida en sus pensamientos, elaborando una hipótesis sobre el perfil psicológico del asesino y sobre sus motivos para matar. Un impotente sexual perturbado por aguantar años de crueles burlas por parte de las mujeres con las que había intentado mantener una relación; un niño que creció en una atmósfera de violencia de género y abusos; el hijo único de un matrimonio pudiente que nunca consiguió la atención y el amor que necesitaba de sus progenitores, especialmente de su madre. Ésas eran algunas de las probabilidades que se le pasaban por la cabeza.

-Sí, gracias. Por favor, doctor Espinosa…

-Llámeme Ernesto -la interrumpió.

-Por favor, Ernesto, mantenme al tanto de lo que vayas descubriendo en la nueva víctima. Por cierto, nadie me ha dicho si ha sido identificada.

-Su cartera y sus ropas fueron encontradas junto a la puerta del copiloto. Se llamaba Isabel Prieto.

La inspectora tomó nota y se bajó del coche dirigiéndose a la comisaría.

Fue una desagradable sorpresa salir del ascensor y ver a una avalancha de periodistas y cámaras dirigirse a ella con sus incómodos flashes y preguntas. Con gran esfuerzo consiguió entrar en la oficina y cerrar la puerta sin decir una sola palabra. Se quedó allí parada, con el pomo en la mano, respiró hondo y alzó la voz para convocar a todo el personal en la sala de reuniones.

-Todos estarán al tanto de lo que está ocurriendo y sabrán que el caso está bajo secreto de sumario. Convocaré una rueda de prensa para dar los pocos datos que podemos decir aunque dudo que eso sirva de algo. Ahora, advierto a todos los presentes que quien se vaya de la lengua y dé una mínima pista tendrá que atenerse a las consecuencias. Estoy segura de que todos en este departamento queremos resolver esto y que queremos hacerlo con la mayor diligencia posible, para ello es necesaria la discreción y la absoluta lealtad a este cuerpo al que nos debemos. El que crea que no va a poder cumplir estas normas, que lo diga ya para apartarlo del caso de forma inmediata.

Una hora más tarde la inspectora Cristina Ramírez había leído el breve informe que su compañero Javier había preparado y comparecía en rueda de prensa para informar de que a las 6.00 horas de la madrugada se había recibido una llamada de emergencia por parte de un agente forestal advirtiendo del hallazgo de una mujer joven que aparecía desnuda y empotrada contra un árbol por un vehículo todoterreno de alta gama a tres kilómetros al Sur de la conocida como Sierra de la Mujer Muerta, en el límite entre las provincias de Madrid y Segovia. Que el agente forestal comprobó que la mujer no tenía vida al no encontrársele pulso. Que una vez recibida la alarma hasta el lugar de los hechos se trasladó una ambulancia y una unidad de la Policía Nacional y posteriormente equipos forenses y de la policía científica para la recopilación de pruebas y fijación del escenario del crimen. Que la víctima ya había sido identificada pero que no estaba autorizada a facilitar sus datos y que según información recibida cinco minutos antes de empezar la comparecencia de prensa, el juez había dado consentimiento para levantar el cadáver.

-Así que por lo tanto en este momento se debe estar trasladando al Instituto Anatómico Forense donde se le realizará la pertinente autopsia- concluyó levantándose de forma inmediata.

-¿Creen que este asesinato está relacionado con el de la prostituta del club La Gata?- preguntó apresurado un periodista.

-¿Es un asesino en serie?- interrogó otro.

La inspectora Ramírez contestó con voz tajante –Esto es todo lo que puedo decir, gracias.

Javier esperaba a su jefa sentado detrás de la puerta de acceso a la sala de prensa y le informó de que la madre de la segunda víctima estaba en la sala de interrogatorios.

-Dice que su hija, Isabel Prieto Rojas, no durmió anoche en su casa y que no responde a las llamadas, que escuchó esta mañana en la tele que se había encontrado a una joven muerta en la sierra y que quiere saber si es ella.

Cristina Ramírez miró al cielo buscando fuerzas y la serenidad necesaria para enfrentarse a los ojos de esa señora que mostraba una evidente ansiedad y que presentía lo peor.

Entró despacio en la estancia bien iluminada en la que había una mesa rectangular de madera con tres sillas, una en el lado más alejado de la puerta y dos en el contrario; un espejo de dos direcciones quedaba justo enfrente de las dos sillas, en una esquina un dispensador de agua y al lado una papelera, ése era todo el contenido de la habitación. Cristina portaba en la mano derecha un taza de café, en la izquierda una grabadora, su cuaderno de notas y un bolígrafo. Apenas se oyeron sus pasos de tantas ganas como tenía de no tener que afrontar ese momento.

-Buenos días, soy la inspectora Ramírez. Mis compañeros me han informado de que usted es María Isabel Rojas Bonny y que ha venido a denunciar la desaparición de su hija. ¿Cuándo fue la última vez que la vio?- logró decir después de superar el nudo de su garganta.

-Ayer antes de salir al trabajo, sobre las dos de la tarde.

-¿En qué trab, trabaja su hija?- Se acercó la taza de café a los labios para disimular la mueca de autodesaprobación al darse cuenta de  que estuvo a punto de decir trabajaba.

-En una gran superficie. Sale a las diez de la noche. Va y vuelve en el autobús, a veces, si se le hace tarde, regresa con algún compañero de trabajo. Siempre avisa cuando no va a llegar a la hora de costumbre, no es normal que no haya llamado y que no me responda al teléfono.

Hablaba de manera entrecortada y con evidente nerviosismo pero mantenía la entereza. También le explicó a la inspectora que Isabel era madre soltera, que se coordinaban para cuidar al niño, pues ella también trabajaba por las mañanas; que el padre del niño vivía en Fuerteventura desde que se habían separado al poco de que diera a luz y que no tenía conocimiento de que su hija tuviera ninguna relación actual.

-Toda su vida es su hijo Daniel- concluyó sacando una foto de su cartera en la que se veía a una joven abrazando a un bebé de año y medio de ojos castaños, pelo oscuro y blanco como la nieve. –Es de hace unos años pero ella está igual- agregó.

La inspectora tomó la foto y la miró con atención. Sintió un golpe de pena sacudiéndole el corazón y una intensa necesidad de abrazar y consolar a aquella mujer. Sin embargo, la rigidez de su profesionalidad la contuvo y la obligó a continuar con las preguntas. -¿Recuerda qué ropa llevaba puesta su hija cuando salió a trabajar ayer?

María Isabel cerró los ojos para intentar visualizar a su hija en el momento de su partida y tras largos segundos dijo que vestía unos vaqueros gastados de color azul oscuro, una blusa de cuello cisne de color naranja, un abrigo de plumas negro y una bufanda negra.

-Solía usar gorros que le mantuvieran calientes las ideas, decía. También llevaba sus zapatillas deportivas que son negras y que forman parte de su uniforme. Éste lo suele llevar en un bolso bastante grande que siempre se coloca cruzado sobre el pecho.

La inspectora tomó nota para contrastarlo después con los datos de los informes del escenario del crimen. Cerró el cuaderno, apagó la grabadora y dejó el bolígrafo con cuidado sobre la mesa para ganar tiempo y elegir las palabras.

Se aclaró la voz y comenzó. –Verá, señora Rojas, sé que está al tanto de que se ha encontrado a una joven muerta en la sierra. Hmm…hemos podido identificar el cuerpo porque en la escena del crimen estaba la cartera y la documentación de la víctima. –Hizo una pausa y miró a los ojos de su interlocutora para cerciorarse de que le estaba entendiendo. –La documentación coincide con la de su hija. Lo siento.

-¡Dios mío, no, por favor! –cubrió su boca con las manos y sintió que toda la sangre se le agolpaba en la cabeza y en ese momento toda la entereza que había mantenido se resquebrajó-. ¡Mi niña, mi niña, mi niña!

Violando su propio código ético de no implicarse personalmente con los afectados en un caso, la inspectora Ramírez se acercó a ella y la abrazó.

-Escúcheme, señora Rojas. No descansaré hasta dar con quien le ha hecho esto a su hija. Le aseguro que su muerte no quedará impune, se lo prometo.

A la hora de los informativos del mediodía, en un amplio y lujoso chalet, en una sala dotada de dieciséis pantallas extraplanas de alta definición de veintisiete pulgadas, sonido envolvente, aparatos reproductores de todos los formatos de vídeo y música y cómodas butacas. Comenzó a sintonizar los distintos telediarios, de una cadena pasó a otra y a otra. Se detuvo en un canal en el que en ese momento se escuchaba parte de la rueda de prensa ofrecida por una mujer joven, atractiva, con el pelo claro recogido en un moño, de ojos verdes y facciones redondeadas, la pastilla que se situaba en el margen inferior de la pantalla indicaba que era la inspectora Cristina Ramírez que con un tono serio y muy formal daba unos pocos datos acerca de un macabro hallazgo en la sierra de la Mujer Muerta.

Una corriente recorrió su columna, cerró los ojos para sentirla con más intensidad. Los músculos de su cara tiraban de sus labios obligándole a sonreír ampliamente y la sonrisa se convirtió en una carcajada. Se sentía triunfal, divino, poderoso y otra vez sediento.

Continuará

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2 comentarios to “Capítulo 8. Una promesa”

  1. Nayrobi 23 julio, 2011 a 9:21 #

    Disculpa, Dafne, pero es que, a veces, una no puede más que callar ante un texto y felicitar al autor; sinceramente me parece que estás jugando muy bien las cartas de esta baraja, con naipes muy variados, situaciones complejas y peludas, pero lo mejor, estás creciéndote en cada mano… mas si hay algo que me “cruje”, te lo diré.
    Mi abrazo y admiración

    • yaizalvarez 25 julio, 2011 a 21:26 #

      Muchísimas gracias, Nayrobi. Un abrazo fuerte y la admiración es mutua, como usted sabe.

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