Archive | julio, 2011

Capítulo 9. ¡Eureka!

27 Jul

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María Isabel Rojas Bonny, la madre de la segunda chica encontrada muerta, no reconoció a nadie de su entorno en el retrato robot que le mostraron del supuesto asesino de su hija. Era un rostro que no había visto en su vida.

Aceptó el servicio de psicología que el Ministerio del Interior a través del cuerpo Nacional de Policía ponía a su alcance para aprender a superar la pérdida de su hija en tan horrendas condiciones. También dio su palabra de no facilitar datos, información o conceder cualquier tipo de entrevista a los medios de comunicación o toda persona ajena a la investigación del caso. Y le pareció una buena idea que la inspectora Ramírez se ofreciera a llevarla hasta el colegio para recoger a Daniel y dejarlos a ambos en su casa.

En el trayecto la inspectora conoció algo más a la víctima, Isabel Prieto. El año anterior había terminado con mucho esfuerzo un grado superior de formación profesional en la rama de cocina. Soñaba con poder montar algún día su propio restaurante y dejar la sección de comidas preparadas de la gran superficie en la que trabajaba.

-Le encantaba hacer de comer, ¿sabe? Y todo le quedaba que sabía a gloria, lo mismo daba que hiciera un cocido que un plato de esos que prepara el Arguiñano- contaba María Isabel entre llanto y llanto.

Cristina Ramírez también supo que a pesar de llevar más de cinco años separados, Isabel estaba aún enamorada del padre de su hijo –Aunque el mala sangre no ha querido darle su apellido porque duda de que sea suyo. ¡Sinvergüenza! -explicaba la madre.

Así la inspectora Ramírez pudo obtener un perfil de la víctima número dos en el que destacaba sobre todo su inocencia. La falta de mala idea, lo llamaba la señora Rojas.

–Mil veces le dije que tenía que espabilarse, que la gente de la calle nada más que tira para lo suyo y que los demás le importamos poco a no ser que nos necesiten para conseguir lo que se proponen, pero ella me decía que era una exagerada y que era más la buena gente que conocía que la mala y mire cómo ha terminado, mi pobre niña.

La profesora de Daniel esperaba con él a la puerta del colegio, ambos sentados en un banco de madera cobijado del sol por la copa de un gran árbol. Ninguno reconoció a la mujer que se bajó de un coche gris y que poniéndose de cuclillas a la altura de la cara del niño lo saludó con aprecio y simpatía.

-Buenas tardes, ¿es usted familia de Daniel?- preguntó la joven delgada y de cabellos color trigo que se sentaba al lado del niño y que lo agarró con fuerza ante la desconfianza que le suscitaba aquella extraña.

-Disculpe mi falta de educación. Soy Cristina Ramírez, inspectora de policía. -respondió poniéndose en pie y sacando del bolsillo interior de su chaqueta su identificación mientras tendía la otra mano en señal de saludo. –La abuela de Daniel está en el coche, vengo a recogerlo para llevarlos a su casa.

-¿Y dónde está su pistola?- interrumpió la voz de Daniel con toda naturalidad.

-¡No llevo pistola porque soy una policía mágica que no la necesita!- le contestó agachándose de nuevo y apretándole cariñosamente una mejilla.

-¿Mágica?

-Sí. Por ejemplo, te voy a demostrar que soy capaz de adivinar tus pensamientos con sólo poner un dedo en tu frente, ¿quieres verlo? A ver, tienes que concentrarte y cerrar los ojos para poder ver tus ideas, ¿vale? Y ahora piensa en qué comiste hoy en el comedor del cole. ¿Lo estás pensando?

Daniel dijo que sí y mantuvo sus ojos cerrados con fuerza mientras la inspectora Ramírez le hacía una seña a su profesora para que le fuera indicando qué platos compusieron el menú. Ésta encontró el juego muy divertido y ayudada de la mímica y la lenta vocalización contribuyó a delatar a la crema de guisantes, los san jacobos con ensalada y a la gelatina de fresa que se encontraban en los pensamientos del niño que aplaudió con esmero la demostración de magia de la inspectora.

La puerta del copiloto del coche se abrió y Daniel corrió como loco a abrazar a la mujer que se bajaba de él.

-¡Abuelaaaaaaaa!

-¡Hola, campeón!- lo cogió en brazos y lo llenó de besos haciendo un sobreesfuerzo por no empezar a llorar de nuevo. Había pasado todo el rato en el coche tratando de calmarse para que el niño no notara nada.  Se acercó a la profesora y le dijo que Daniel estaría algunos días sin venir a clase, que se iban a ir unos días fuera de la ciudad.

Una vez llegaron al domicilio de la señora Rojas, Cristina le pidió permiso para ver la habitación de Isabel.

-¿Sabe si su hija llevaba algún diario o algo así?

-No, apenas tenía tiempo para eso. Mi hija me lo contaba todo y le aseguro que no estaba metida en nada extraño, ni tenía ninguna relación amorosa nueva, apenas sí se veía con los compañeros de trabajo de vez en cuando- paró de hablar para evitar romper a llorar de nuevo.

. –Si considera que hay algo en esta habitación que pueda ayudar a encontrar a su…- no pudo pronunciar la palabra –cójalo.

Un cuarto de hora más tarde la inspectora Ramírez se despidió de Daniel y le dejó apuntado a la señora Rojas su número de teléfono por si recordaba algo que fuese extraño o para lo que considerase necesario.

Subiéndose al coche comenzó a sonar su móvil. En la pantalla aparecía el número del doctor Espinosa que la instaba a que se acercara al instituto, tenía algo que comentarle y quería que lo viera con sus propios ojos.

Al llegar el forense hizo gala de su habilidad para hablar de cosas sin importancia en momentos poco adecuados, así que la inspectora Ramírez le instó a que se centrara en el asunto por el que la había llamado.

Al pie de la mesa en el que se le realizaba la autopsia a Isabel Prieto el doctor explicó que, aparte del símbolo del pecho, buscó algún otro elemento que evidenciara la mano del mismo autor.

-Al tener el coche encima no lo pudimos apreciar bien pero desde que la trajeron me quedó claro. A esta también le han arrancado las uñas y la piel de los pies.

-Entonces no hay duda de que es el mismo asesino, ¿no?

-Así es. Y también en este caso ha hecho gala de sus conocimientos de medicina. Fíjese en esto.

El forense retiró del todo la sábana que cubría lo que quedaba del cuerpo de Isabel Prieto y le señaló a los genitales.

-¿Están…?

-Cosidos sí. Le ha dado al menos sesenta puntos de sutura entre el inicio de los labios mayores y la zona del perineo, muy bien realizados, por cierto. Todavía no sé si en este caso también fue anestesiada. Ya he enviado las muestras para el análisis toxicológico.

-Muchas gracias, Ernesto. Si encuentras cualquier otra cosa que te llame la atención, por favor, llámame enseguida.- dijo aguantando las náuseas.

Se dirigió a la salida pero la pregunta del doctor Espinosa la frenó en seco.

-¿Ha leído al Marqués de Sade?

Se dio la vuelta despacio –No, ¿debería?

-Le aconsejo que busque en la biblioteca un ejemplar de Filosofía en el Tocador, verá que en el acto final de esta obra se realiza una práctica muy parecida, casi idéntica, diría yo, a la que le han hecho a esta pobre muchacha.

La inspectora anotó mentalmente el nombre del libro. Mientras cruzaba el patio que separaba la entrada del edificio de la zona de aparcamientos sintió una inmensa necesidad de gritar, de llorar y de darle patadas a todo lo que se le pusiera por delante.

-No tenemos nada por dónde agarrar a esa cabrón, un retrato robot que no coincide con ninguno de nuestros fichados y que seguramente ya no tendrá nada que ver con la imagen del asesino, si es tan listo como parece. Ni una huella, ni un pelo, ni una muestra de sus tejidos o fluidos, nada, nada– se decía con desesperación.

Se metió en el coche, abrió las ventanas e hizo unas cuantas inspiraciones profundas para relajarse pero era imposible así que metió la llave en el contacto y puso el coche en marcha. En ese mismo instante volvió a sonar su teléfono. Esta vez activó el manos libre.

-¿Sí?

-¿Cristina? Cristina, soy Javier. Tenemos un nombre. Las placas del coche eran falsas pero el número del bastidor nos da un nombre y una dirección. ¡Lo tenemos, Cristina!

Continuará

Capítulo 8. Una promesa

22 Jul

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El doctor Espinosa paró el vehículo en una parada de autobús que se encontraba a veinte metros de la comisaría.

-Supongo que le viene bien que la deje aquí.

Tardó unos segundos en reaccionar. Había pasado los últimos quince minutos del trayecto sumida en sus pensamientos, elaborando una hipótesis sobre el perfil psicológico del asesino y sobre sus motivos para matar. Un impotente sexual perturbado por aguantar años de crueles burlas por parte de las mujeres con las que había intentado mantener una relación; un niño que creció en una atmósfera de violencia de género y abusos; el hijo único de un matrimonio pudiente que nunca consiguió la atención y el amor que necesitaba de sus progenitores, especialmente de su madre. Ésas eran algunas de las probabilidades que se le pasaban por la cabeza.

-Sí, gracias. Por favor, doctor Espinosa…

-Llámeme Ernesto -la interrumpió.

-Por favor, Ernesto, mantenme al tanto de lo que vayas descubriendo en la nueva víctima. Por cierto, nadie me ha dicho si ha sido identificada.

-Su cartera y sus ropas fueron encontradas junto a la puerta del copiloto. Se llamaba Isabel Prieto.

La inspectora tomó nota y se bajó del coche dirigiéndose a la comisaría.

Fue una desagradable sorpresa salir del ascensor y ver a una avalancha de periodistas y cámaras dirigirse a ella con sus incómodos flashes y preguntas. Con gran esfuerzo consiguió entrar en la oficina y cerrar la puerta sin decir una sola palabra. Se quedó allí parada, con el pomo en la mano, respiró hondo y alzó la voz para convocar a todo el personal en la sala de reuniones.

-Todos estarán al tanto de lo que está ocurriendo y sabrán que el caso está bajo secreto de sumario. Convocaré una rueda de prensa para dar los pocos datos que podemos decir aunque dudo que eso sirva de algo. Ahora, advierto a todos los presentes que quien se vaya de la lengua y dé una mínima pista tendrá que atenerse a las consecuencias. Estoy segura de que todos en este departamento queremos resolver esto y que queremos hacerlo con la mayor diligencia posible, para ello es necesaria la discreción y la absoluta lealtad a este cuerpo al que nos debemos. El que crea que no va a poder cumplir estas normas, que lo diga ya para apartarlo del caso de forma inmediata.

Una hora más tarde la inspectora Cristina Ramírez había leído el breve informe que su compañero Javier había preparado y comparecía en rueda de prensa para informar de que a las 6.00 horas de la madrugada se había recibido una llamada de emergencia por parte de un agente forestal advirtiendo del hallazgo de una mujer joven que aparecía desnuda y empotrada contra un árbol por un vehículo todoterreno de alta gama a tres kilómetros al Sur de la conocida como Sierra de la Mujer Muerta, en el límite entre las provincias de Madrid y Segovia. Que el agente forestal comprobó que la mujer no tenía vida al no encontrársele pulso. Que una vez recibida la alarma hasta el lugar de los hechos se trasladó una ambulancia y una unidad de la Policía Nacional y posteriormente equipos forenses y de la policía científica para la recopilación de pruebas y fijación del escenario del crimen. Que la víctima ya había sido identificada pero que no estaba autorizada a facilitar sus datos y que según información recibida cinco minutos antes de empezar la comparecencia de prensa, el juez había dado consentimiento para levantar el cadáver.

-Así que por lo tanto en este momento se debe estar trasladando al Instituto Anatómico Forense donde se le realizará la pertinente autopsia- concluyó levantándose de forma inmediata.

-¿Creen que este asesinato está relacionado con el de la prostituta del club La Gata?- preguntó apresurado un periodista.

-¿Es un asesino en serie?- interrogó otro.

La inspectora Ramírez contestó con voz tajante –Esto es todo lo que puedo decir, gracias.

Javier esperaba a su jefa sentado detrás de la puerta de acceso a la sala de prensa y le informó de que la madre de la segunda víctima estaba en la sala de interrogatorios.

-Dice que su hija, Isabel Prieto Rojas, no durmió anoche en su casa y que no responde a las llamadas, que escuchó esta mañana en la tele que se había encontrado a una joven muerta en la sierra y que quiere saber si es ella.

Cristina Ramírez miró al cielo buscando fuerzas y la serenidad necesaria para enfrentarse a los ojos de esa señora que mostraba una evidente ansiedad y que presentía lo peor.

Entró despacio en la estancia bien iluminada en la que había una mesa rectangular de madera con tres sillas, una en el lado más alejado de la puerta y dos en el contrario; un espejo de dos direcciones quedaba justo enfrente de las dos sillas, en una esquina un dispensador de agua y al lado una papelera, ése era todo el contenido de la habitación. Cristina portaba en la mano derecha un taza de café, en la izquierda una grabadora, su cuaderno de notas y un bolígrafo. Apenas se oyeron sus pasos de tantas ganas como tenía de no tener que afrontar ese momento.

-Buenos días, soy la inspectora Ramírez. Mis compañeros me han informado de que usted es María Isabel Rojas Bonny y que ha venido a denunciar la desaparición de su hija. ¿Cuándo fue la última vez que la vio?- logró decir después de superar el nudo de su garganta.

-Ayer antes de salir al trabajo, sobre las dos de la tarde.

-¿En qué trab, trabaja su hija?- Se acercó la taza de café a los labios para disimular la mueca de autodesaprobación al darse cuenta de  que estuvo a punto de decir trabajaba.

-En una gran superficie. Sale a las diez de la noche. Va y vuelve en el autobús, a veces, si se le hace tarde, regresa con algún compañero de trabajo. Siempre avisa cuando no va a llegar a la hora de costumbre, no es normal que no haya llamado y que no me responda al teléfono.

Hablaba de manera entrecortada y con evidente nerviosismo pero mantenía la entereza. También le explicó a la inspectora que Isabel era madre soltera, que se coordinaban para cuidar al niño, pues ella también trabajaba por las mañanas; que el padre del niño vivía en Fuerteventura desde que se habían separado al poco de que diera a luz y que no tenía conocimiento de que su hija tuviera ninguna relación actual.

-Toda su vida es su hijo Daniel- concluyó sacando una foto de su cartera en la que se veía a una joven abrazando a un bebé de año y medio de ojos castaños, pelo oscuro y blanco como la nieve. –Es de hace unos años pero ella está igual- agregó.

La inspectora tomó la foto y la miró con atención. Sintió un golpe de pena sacudiéndole el corazón y una intensa necesidad de abrazar y consolar a aquella mujer. Sin embargo, la rigidez de su profesionalidad la contuvo y la obligó a continuar con las preguntas. -¿Recuerda qué ropa llevaba puesta su hija cuando salió a trabajar ayer?

María Isabel cerró los ojos para intentar visualizar a su hija en el momento de su partida y tras largos segundos dijo que vestía unos vaqueros gastados de color azul oscuro, una blusa de cuello cisne de color naranja, un abrigo de plumas negro y una bufanda negra.

-Solía usar gorros que le mantuvieran calientes las ideas, decía. También llevaba sus zapatillas deportivas que son negras y que forman parte de su uniforme. Éste lo suele llevar en un bolso bastante grande que siempre se coloca cruzado sobre el pecho.

La inspectora tomó nota para contrastarlo después con los datos de los informes del escenario del crimen. Cerró el cuaderno, apagó la grabadora y dejó el bolígrafo con cuidado sobre la mesa para ganar tiempo y elegir las palabras.

Se aclaró la voz y comenzó. –Verá, señora Rojas, sé que está al tanto de que se ha encontrado a una joven muerta en la sierra. Hmm…hemos podido identificar el cuerpo porque en la escena del crimen estaba la cartera y la documentación de la víctima. –Hizo una pausa y miró a los ojos de su interlocutora para cerciorarse de que le estaba entendiendo. –La documentación coincide con la de su hija. Lo siento.

-¡Dios mío, no, por favor! –cubrió su boca con las manos y sintió que toda la sangre se le agolpaba en la cabeza y en ese momento toda la entereza que había mantenido se resquebrajó-. ¡Mi niña, mi niña, mi niña!

Violando su propio código ético de no implicarse personalmente con los afectados en un caso, la inspectora Ramírez se acercó a ella y la abrazó.

-Escúcheme, señora Rojas. No descansaré hasta dar con quien le ha hecho esto a su hija. Le aseguro que su muerte no quedará impune, se lo prometo.

A la hora de los informativos del mediodía, en un amplio y lujoso chalet, en una sala dotada de dieciséis pantallas extraplanas de alta definición de veintisiete pulgadas, sonido envolvente, aparatos reproductores de todos los formatos de vídeo y música y cómodas butacas. Comenzó a sintonizar los distintos telediarios, de una cadena pasó a otra y a otra. Se detuvo en un canal en el que en ese momento se escuchaba parte de la rueda de prensa ofrecida por una mujer joven, atractiva, con el pelo claro recogido en un moño, de ojos verdes y facciones redondeadas, la pastilla que se situaba en el margen inferior de la pantalla indicaba que era la inspectora Cristina Ramírez que con un tono serio y muy formal daba unos pocos datos acerca de un macabro hallazgo en la sierra de la Mujer Muerta.

Una corriente recorrió su columna, cerró los ojos para sentirla con más intensidad. Los músculos de su cara tiraban de sus labios obligándole a sonreír ampliamente y la sonrisa se convirtió en una carcajada. Se sentía triunfal, divino, poderoso y otra vez sediento.

Continuará

Capitulo 7. Indolora

20 Jul

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La inspectora se quedó pensativa unos segundos y concluyó que aquel dato cerraba algo el círculo de búsqueda aunque en principio no parecía muy alentador. A un bisturí tienen acceso desde los cirujanos hasta los que limpian los quirófanos, se dijo.

El forense notó su cara de desconcierto y desesperanza y la animó diciéndole que iba a evitarle el trabajo de leerse el pesado informe.

-¿Sería tan amable de acompañarme en el camino de vuelta a la ciudad, por favor? Se lo explicaré todo en el trayecto.

Ante el asentimiento de la inspectora Ramírez empezó a desprenderse de los guantes de látex que tiró al suelo a una distancia prudencial de la escena del segundo crimen y le hizo un gesto para que le siguiese. Ella miró a su compañero para comprobar que había entendido que le tocaba regresar sólo a la comisaría y emprendió el camino detrás del forense.

El doctor Espinosa tenía un todeterreno azul que iba muy a juego con su personalidad. Un vehículo fuerte, que inspiraba confianza y con el que se podía llegar a cualquier parte. Conducía con seguridad, a una velocidad moderada, sus manos se colocaban correctamente a las diez y diez sobre el volante, miraba por el retrovisor constantemente, hacía a la perfección el doble stop, señalaba todos los cambios de carril y de dirección. Si no hubiese sido por algún gesto brusco como un cambio de carril precipitado y la confesión de sus treinta años de carné, hubiese parecido que acababa de salir de la autoescuela.

Ernesto Espinosa comenzó a hablar de lo mucho que apreciaba a Trueno, así llamaba a su Toyota Land Cruiser, de las muchas vivencias que habían pasado juntos, incluso una carrera multiaventura en  Indonesia en la que él y su compañero de equipo, el doctor Martínez, quedaron primeros y Trueno casi se muere ahogado en medio de un río.

Para la inspectora Ramírez hubiese sido una conversación asombrosa y amena si hubiesen estado en otro contexto, pero en ése le resultó una majadería de su acompañante y se impacientó a los cinco minutos de escuchar sus historias.

-Disculpe doctor Espinosa, no quiero que piense que no me agrada lo que me está contando pero no le importaría reservarlo para otro momento y explicarme ahora sus conclusiones sobre la muerte de la primera víctima.

-Por supuesto que no, mujer -dijo con total sinceridad. -¿Qué es lo que quiere saber?

-Pues todo.

-A ver. Ya sabe que la víctima era mujer de aproximadamente treinta años y uno sesenta y tres de estatura.

-¿Hay huellas en su cuerpo, restos de piel que no sean suyos?

-No, nada, ni un pelo.

La inspectora hizo un gesto de fastidio y decepción.

-¿La violaron?

-En mi opinión no.  El cuerpo no presentaba ninguna lesión a ese nivel. El orificio anal tenía un aspecto absolutamente normal, sin dilatación, ni desgarros ni fisuras. Su cavidad vaginal sí presentaba inflamación y pequeñas lesiones pero no son atribuibles al hecho de su muerte, son anteriores y se pueden deber a una mala lubricación y al constante uso -Espinosa acompañó el final de la frase de un gesto que expresaba su deseo de entrecomillar las dos últimas palabras.

La inspectora Ramírez se quedó pensativa un momento y confesó no entender el hecho de que la víctima fuese atada y maniatada sin ninguna finalidad sexual. Antes de formular la siguiente pregunta Espinosa se le adelantó.

-Estamos tratando con un asesino fuera de lo común, inspectora. Después de comprobar que no había habido violación centré mi hipótesis en que su único objetivo había sido la tortura. La abrió en canal pero el corte es perfecto, hecho con la profundidad necesaria para evitar la muerte instantánea. Manipuló sus órganos, aparecen fuera de su lugar algunos. La golpeó con fuerza en la cabeza y en la cara y le arrancó la piel y las uñas de los pies. Una muerte horrible, ¿verdad?-giró la cabeza para mirar a Cristina que ojeaba el informe mientras le escuchaba.

Levantó la vista de las fotografías que acompañaban aquellas frases escritas en jerga forense que no restaban un gramo de horror a pesar de su elevado nivel de tecnicidad.

-¿Es un puto pirado que disfruta haciendo sufrir a las mujeres? ¿Sólo eso?

-¡Noooooooo, querida!- se apresuró a responder. –Yo también creí eso en un principio. Creí que se trataba de un psicópata fetichista pero nuestro amigo,-volvió a hacer el gesto de entrecomillado- es muy especial.

El doctor quedó en silencio por unos segundos añadiendo misterio a su relato y volvió a mirar a Cristina que le hizo un gesto instándole a continuar.

-¿Cómo se llamaba la víctima?

La pregunta desconcertó a la inspectora pero la respondió.

-Natalia, Natalia Figueras.

-Pues Natalia fue plenamente consciente de su tortura pero no sintió dolor alguno.

-Eso es imposible…

-El hígado y los riñones son los órganos que metabolizan muchas sustancias que introducimos en nuestro cuerpo. En el caso de Natalia, su hígado presentaba un aspecto anormal, una coloración poco común. Uno de los procedimientos que tenemos que hacer para la elaboración del informe de la autopsia es enviar un conjunto de muestras al Instituto de Toxicología, fragmentos del cráneo, de otros huesos, de sus fluidos y por supuesto de su sangre. Y es aquí donde me llevé una sorpresa porque en la de Natalia había restos de una sustancia a base de procaína, un poderoso anestesiante que deja intacta la consciencia y que se metaboliza a través del hígado.

-Entonces…¿el asesino no tenía intención de hacerle daño?

-No creo que Natalia le importara lo más mínimo pero no es mi tarea definir la psicología y el móvil del asesino. Creo que mi trabajo arroja algo de luz. Ya le dije que el responsable de esta muerte es alguien con conocimientos y acceso a utensilios de medicina.

Continuará