Capítulo 6. La Mujer Muerta

27 Jun

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La inspectora Ramírez llegó al lugar del crimen acompañada de Javier que había conducido la última hora y media, el tiempo que les llevó alcanzar el paraje de la sierra en el que se había encontrado a la segunda víctima.

Vio una decena de unidades móviles de radios y televisiones. Fotógrafos y camarógrafos se agolpaban en el límite del cordón policial reforzado con vallas y agentes que, colocados unos pegados a los otros, intentaban a toda costa evitar que se obtuviera alguna imagen del crimen.

Los reporteros gráficos elevaban sus cámaras por encima de las cabezas de los policías para evitar la censura, otros se subían al techo de las furgonetas, un coche de apoyo llegó con una escalera para alguno de ellos.

Cristina y Javier bajaron del coche y accedieron por un lateral al interior del área de seguridad marcada por la policía. Un agente se acercó hasta ellos e informó de que aún no había llegado el juez y por tanto no se había levantado el cadáver.

Ella sintió un ligero alivio al comprobar que se había armado una barrera de improvisados biombos para impedir el trabajo a los periodistas. Se acercó hasta ella y la traspasó.

Se paró en seco cuando terminó de poner los pies al otro lado. Un coche de alta gama casi tocaba el tronco de un roble de gran porte al que había sido atada una mujer joven y menuda. Su cuerpo desnudo se interponía entre el parachoques y la corteza del árbol.

El ruido de las hélices de un helicóptero devolvió a la inspectora Ramírez a la realidad. Miró hacia el cielo pero apenas alcanzó a ver el aparato entre las copas de los árboles.

-Son peor que la peste- dijo Javier que adivinó que el helicóptero había sido contratado por algún medio de comunicación para lograr la ansiada imagen del crimen.

-Sólo hacen su trabajo, igual que tú y que yo- contestó y elevó el tono de voz pidiendo a todos los agentes que se acercaran. –Escuchadme todos, por favor. A partir de este momento ninguno de vosotros está autorizado a hacer declaraciones a la prensa. Vamos a llevar esto con la mayor diligencia y discreción. Cualquier comparecencia ante los medios la realizaré yo o alguien que yo autorice, ¿de acuerdo?

Todos asintieron y continuaron trabajando.

Cristina preguntó al agente que les había recibido a la llegada quién era el forense del caso y se acercó hasta el hombre de avanzada edad que en cuclillas recogía algunas muestras del suelo, vestía vaqueros y polo azul eléctrico. A medida que se acercaba a él reconocía al doctor Ernesto Espinosa.

-Vaya, ¿también le ha tocado este caso?

La reacción del forense al verla fue de sincera alegría. –¿A usted la sacaron de la cama?

Ernesto Espinosa explicó a la inspectora que había recibido una llamada en la madrugada. En principio pensó asignarle el caso a uno de sus ayudantes pero en cuanto le dijeron la marca que presentaba la víctima decidió hacerse cargo personalmente.

-¿A qué marca se refiere?

-Venga conmigo y lo verá.

Ernesto sacó de su bolsillo un par de guantes de látex y los cedió a la inspectora. Se acercaron a un lateral del coche y ordenó a uno de los agentes que tomaba huellas que se pusiera en el otro lado y que le ayudara a levantar el torso de la mujer que había quedado atrapada contra el árbol. En el centro de su pecho se dibujaba el dos en números romanos.

-¿Con qué le hizo la marca?- preguntó Cristina conteniendo el horror de su voz.

-Con el encendedor del coche.

El parachoques no estaba abollado, no había sangre sobre el capó o en la víctima. Cristina no terminaba de entender cuál había sido el método empleado para matarla.

-Lo más lógico y rápido hubiese sido que tomara velocidad desde una distancia prudente y empotrara el coche contra el árbol con ella en medio. Esto la hubiese matado instantáneamente, pero sabemos que no lo hizo así porque entonces sus vísceras habrían quedado encima del capó, hubiese saltado el airbag del coche y las huellas de los neumáticos serían más profundas a una determinada distancia de aquí. Sin embargo -dijo tomando a Cristina del brazo y llevándola hasta las ruedas traseras-, es aquí donde se ve que las ruedas han dejado una huella profunda, patinaron por el juego del acelerador y el embrague que contenían la potencia del coche para que sólo hiciera una presión sobre el cuerpo de la víctima, una presión que aguantó hasta matarla. Estoy seguro de que cuando pueda abrir el cuerpo encontraré varias vértebras aplastadas.

-Está como una puta regadera- espetó Javier llevándose las manos a la cabeza, entrelazando los dedos a la altura de la coronilla.

-Hasta que no se de la orden de levantamiento del cadáver y pueda analizarlo con detenimiento no sé si el asesino está siguiendo alguna especie de ritual. Apenas puedo verle las extremidades y no sé si le falta algún dedo o si también le arrancó las uñas. Está claro que es una persona sin ningún tipo de empatía. Por cierto, sabía que te iba a tocar venir a este caso así que decidí traerte yo mismo el informe de la primera víctima, lo revisé anoche y creo que no se me queda nada atrás.

-¿Algo destacable?-quiso saber la inspectora.

-Es mejor que lo lea usted misma. Dos cosas me quedan claras, es una persona que tiene acceso a material quirúrgico y a medicamentos y además parece que elige y diseña sus crímenes, teniendo en cuenta muchos detalles. ¿No le parece curioso el del lugar que ha escogido esta vez?

-¿La sierra de Guadarrama?- preguntó desconcertada.

-Sí, la sierra de Guadarrama pero en la zona conocida como La Mujer Muerta.

Continuará

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