Archivo | junio, 2011

Capítulo 6. La Mujer Muerta

27 Jun

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La inspectora Ramírez llegó al lugar del crimen acompañada de Javier que había conducido la última hora y media, el tiempo que les llevó alcanzar el paraje de la sierra en el que se había encontrado a la segunda víctima.

Vio una decena de unidades móviles de radios y televisiones. Fotógrafos y camarógrafos se agolpaban en el límite del cordón policial reforzado con vallas y agentes que, colocados unos pegados a los otros, intentaban a toda costa evitar que se obtuviera alguna imagen del crimen.

Los reporteros gráficos elevaban sus cámaras por encima de las cabezas de los policías para evitar la censura, otros se subían al techo de las furgonetas, un coche de apoyo llegó con una escalera para alguno de ellos.

Cristina y Javier bajaron del coche y accedieron por un lateral al interior del área de seguridad marcada por la policía. Un agente se acercó hasta ellos e informó de que aún no había llegado el juez y por tanto no se había levantado el cadáver.

Ella sintió un ligero alivio al comprobar que se había armado una barrera de improvisados biombos para impedir el trabajo a los periodistas. Se acercó hasta ella y la traspasó.

Se paró en seco cuando terminó de poner los pies al otro lado. Un coche de alta gama casi tocaba el tronco de un roble de gran porte al que había sido atada una mujer joven y menuda. Su cuerpo desnudo se interponía entre el parachoques y la corteza del árbol.

El ruido de las hélices de un helicóptero devolvió a la inspectora Ramírez a la realidad. Miró hacia el cielo pero apenas alcanzó a ver el aparato entre las copas de los árboles.

-Son peor que la peste- dijo Javier que adivinó que el helicóptero había sido contratado por algún medio de comunicación para lograr la ansiada imagen del crimen.

-Sólo hacen su trabajo, igual que tú y que yo- contestó y elevó el tono de voz pidiendo a todos los agentes que se acercaran. –Escuchadme todos, por favor. A partir de este momento ninguno de vosotros está autorizado a hacer declaraciones a la prensa. Vamos a llevar esto con la mayor diligencia y discreción. Cualquier comparecencia ante los medios la realizaré yo o alguien que yo autorice, ¿de acuerdo?

Todos asintieron y continuaron trabajando.

Cristina preguntó al agente que les había recibido a la llegada quién era el forense del caso y se acercó hasta el hombre de avanzada edad que en cuclillas recogía algunas muestras del suelo, vestía vaqueros y polo azul eléctrico. A medida que se acercaba a él reconocía al doctor Ernesto Espinosa.

-Vaya, ¿también le ha tocado este caso?

La reacción del forense al verla fue de sincera alegría. –¿A usted la sacaron de la cama?

Ernesto Espinosa explicó a la inspectora que había recibido una llamada en la madrugada. En principio pensó asignarle el caso a uno de sus ayudantes pero en cuanto le dijeron la marca que presentaba la víctima decidió hacerse cargo personalmente.

-¿A qué marca se refiere?

-Venga conmigo y lo verá.

Ernesto sacó de su bolsillo un par de guantes de látex y los cedió a la inspectora. Se acercaron a un lateral del coche y ordenó a uno de los agentes que tomaba huellas que se pusiera en el otro lado y que le ayudara a levantar el torso de la mujer que había quedado atrapada contra el árbol. En el centro de su pecho se dibujaba el dos en números romanos.

-¿Con qué le hizo la marca?- preguntó Cristina conteniendo el horror de su voz.

-Con el encendedor del coche.

El parachoques no estaba abollado, no había sangre sobre el capó o en la víctima. Cristina no terminaba de entender cuál había sido el método empleado para matarla.

-Lo más lógico y rápido hubiese sido que tomara velocidad desde una distancia prudente y empotrara el coche contra el árbol con ella en medio. Esto la hubiese matado instantáneamente, pero sabemos que no lo hizo así porque entonces sus vísceras habrían quedado encima del capó, hubiese saltado el airbag del coche y las huellas de los neumáticos serían más profundas a una determinada distancia de aquí. Sin embargo -dijo tomando a Cristina del brazo y llevándola hasta las ruedas traseras-, es aquí donde se ve que las ruedas han dejado una huella profunda, patinaron por el juego del acelerador y el embrague que contenían la potencia del coche para que sólo hiciera una presión sobre el cuerpo de la víctima, una presión que aguantó hasta matarla. Estoy seguro de que cuando pueda abrir el cuerpo encontraré varias vértebras aplastadas.

-Está como una puta regadera- espetó Javier llevándose las manos a la cabeza, entrelazando los dedos a la altura de la coronilla.

-Hasta que no se de la orden de levantamiento del cadáver y pueda analizarlo con detenimiento no sé si el asesino está siguiendo alguna especie de ritual. Apenas puedo verle las extremidades y no sé si le falta algún dedo o si también le arrancó las uñas. Está claro que es una persona sin ningún tipo de empatía. Por cierto, sabía que te iba a tocar venir a este caso así que decidí traerte yo mismo el informe de la primera víctima, lo revisé anoche y creo que no se me queda nada atrás.

-¿Algo destacable?-quiso saber la inspectora.

-Es mejor que lo lea usted misma. Dos cosas me quedan claras, es una persona que tiene acceso a material quirúrgico y a medicamentos y además parece que elige y diseña sus crímenes, teniendo en cuenta muchos detalles. ¿No le parece curioso el del lugar que ha escogido esta vez?

-¿La sierra de Guadarrama?- preguntó desconcertada.

-Sí, la sierra de Guadarrama pero en la zona conocida como La Mujer Muerta.

Continuará

Capítulo 5. Humedades.

19 Jun

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-¿No crees que ya es hora de que te vayas a descansar, Cristina?

La inspectora Ramírez miró la hora en el ordenador, las 23.07, y sintió sus párpados convertirse en plomo.

-Sí, debería irme porque seguir repasando lo poco que tenemos de este caso no va a resolver nada, ¿verdad?

-Tranquila, mañana llegarán por fin los resultados del informe forense, seguro que aportan algo nuevo. Ahora vete a casa, anda.

La inspectora apagó el ordenador y recogió la mesa. Metió el móvil en el bolso y sacó las llaves del coche aunque todavía tenía que bajar cinco plantas hasta llegar al garaje de la comisaría.

-Si ocurre cualquier cosa, estoy localizable en el móvil, Javier, da igual la hora.

-Entendido, Cristina. Nos vemos mañana, que descanses.

En el trayecto a casa repasó todos los detalles que se conocían del caso, volvió a ver en su mente la escena del crimen, el rostro del asesino según el retrato robot realizado por la policía científica y los ojos perdidos de Natalia, su vientre abierto, las uñas arrancadas.

Habían pasado cinco días desde que la asesinaran y todavía no había preguntado nadie por ella. Tampoco se había podido localizar a algún familiar o amigo. Salvo para el asesino y la policía, Natalia no significaba nada para nadie.

Nada más meter las llaves en la cerradura sintió las patas de Peluso arañando el otro lado de la puerta. Abrió despacio y miró divertida al yorkshire que movía la cola como un loco feliz de su llegada. Lo cogió en brazos y lo acarició.

-Parece que alguien más te ha echado de menos.

-¿Elena, qué haces aún levantada? ¡Mañana tienes que madrugar!

-Perdona que haga estas locuras cariño, es que hace cinco días que sólo te veo dormida cuando me marcho a trabajar- contestó algo irritada.

Cristina se relajó un poco y agradeció el detalle. – Estoy con un caso muy importante que me está llevando muchas horas-, se excusó.

-No hace falta que lo jures, te preparo algo de cena y me lo cuentas, ¿vale?

-La verdad es que no me apetece nada hablar de ello, ¿puedes hacer que me olvide de él hasta mañana, por favor?

Sentada en la mesa mientras Elena le preparaba un sándwich se quedó mirándola y se sintió agradecida por el pequeño sacrificio que había hecho, por poder pasar un rato con alguien con quien de verdad le apetecía estar, y que tenía un poder especial para hacerle olvidar las cosas que le preocupaban.

Elena estaba descalza y sólo vestía una camiseta de Lisboa comprada en las últimas vacaciones que también habían sido las primeras desde que formalizaran su relación. Ya habían pasado tres años desde que Cristina se sintiera por primera vez atraída no por una mujer, sino por Elena, como a ella le gustaba especificar.

-¿Qué estás pensando, que estás tan calladita?- Interrogó Elena.

-En el día que nos conocimos.

Elena se giró y la miró entre sorprendida y extrañada. -¿Del día del accidente en la M-30?

-Sí, de tu sonrisa cuando me atendiste en el hospital, de mi imposibilidad de dejar de mirarte y de la sensación tan rara que me producía. Te deseaba, aunque esto no pude interpretarlo hasta más tarde.

-Y vaya si te costó darte cuenta, nena. ¿Quieres mayonesa o prefieres un chorrito de aceite de oliva?

Cristina se acercó a ella por la espalda, abrazó su cintura y se acercó a su oído.

–Quiero un chorrito de… -le dijo mientras desplazaba su mano hasta el pecho y lo apretaba suavemente-. Y quiero otro chorrito de… -bajó la otra hasta su vagina. Besó su nuca, le lamió detrás de la oreja.

Elena se estremeció  y soltó un pequeño gemido. Trató de girarse para besar a Cristina pero ésta no le dejó y le mordió en el hombro con la fuerza justa para no hacerle daño. Se quitó la blusa y el sujetador y después hizo lo mismo con Elena, acariciándole la espalda con sus pezones erectos y apretándose contra ella. Masajeó sus pechos y le llenó la espalda de besos.

Notaba su corazón bombear con más fuerza y el deseo quemándole el vientre. La piel de Elena ardía y estaba absolutamente erizada. Se puso en cuclillas y le mordisqueó las nalgas que empezó a llenar de lametones a medida que iba bajándole las bragas. Desde ahí atrás notaba el olor de su sexo. Metió la mano entre sus nalgas y profundizó la expedición separando sus labios inferiores, hinchados y húmedos.

Le dijo que se diera la vuelta para seguir besándola en el monte de Venus, en los muslos, en el abdomen, subió hasta sus pechos y le chupó los pezones mientras le estimulaba el clítoris con su mano derecha. Elena permanecía casi quieta, recibiendo todo el placer, Cristina no le dejaba tomar la iniciativa, le inmovilizaba las manos si intentaba responder a sus caricias, se apartaba cuando quería lamerle los pezones o el cuello. –Déjate hacer- le decía Cristina.

La subió sobre el poyo de la cocina, se sentó en una silla que acercó y le abrió las piernas para empezar a besarle el interior de los muslos. Sin prisa pero apasionada se fue introduciendo en aquella gruta que conocía a la perfección. Llegó hasta el final de la cueva recorriendo todo el espacio con sus labios y lengua. A ratos despacio, a ratos un poco más rápido, ahora con besos, después con pequeños mordiscos y siempre con lametones, no dejó un rincón de aquel sabroso manjar que tanto le gustaba comer.

Notaba la humedad de Elena bajarle por la garganta, la sentía en su barbilla, en su nariz, en sus dedos, cada vez más abundante, cada vez más caliente. Sabía que se acercaba el momento final en el que Elena experimentaba aquella placentera corriente que le recorría todo el cuerpo desde la punta de los pies hasta los pechos y buscó su botón mágico para provocar esa electricidad que llegó acompañada de sudor y gemidos.

El teléfono sonaba sobre la mesa de noche. Palpó el otro lado de la cama, ya Elena se había marchado a trabajar. Estiró el brazo y miró la pantalla iluminada, era Javier, su compañero de trabajo.

 

-¿Qué hora es, Javier?- se sentía agotada.

-Son las siete y media. Te llamo porque hemos recibido una llamada de la Policía Local. Ha aparecido otra chica muerta.

Continuará