Capítulo 4. Cerca de Dios

25 Abr

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Cerró la puerta y apoyó su espalda en ella. Jadeaba por los cuatro pisos subidos a pie y porque le era imposible controlar sus pulsaciones. Se sentía eufórico, dueño de un poder absoluto al alcance de unos pocos.

Se fue directamente a la cocina y metió en la nevera la bolsa azul traslúcida en la que había guardado la piel de aquellos preciosos pies.

En el baño sacó el pequeño bote de plástico que contenía las uñas de Natalia, algunas de ellas hechas añicos porque no pudo extraerlas de una pieza.

–La próxima vez me saldrá mejor -pensó y lo llenó de alcohol.

Respiró profundo, se mojó la cara y se miró en el espejo. Al principio se sintió confuso, extrañado del hombre que aparecía allí en frente, después una corriente le recorrió la columna de abajo arriba, directa a su cerebro.

– ¡Lo has hecho! ¡Lo has he-cho!

Se desnudó frente al espejo, observó su piel y revivió el calor de la lengua de Natalia dándole lametones por el cuello, la mano metida en su bragueta, su aliento…Se fue a la cocina a coger lejía y estropajo, empezó a llenar la bañera de agua caliente y comenzó a restregarse con fuerza, arrancándose el recuerdo de aquella fulana.

Una hora más tarde seguía metido en la bañera, recostado, los ojos entreabiertos, las rodillas dobladas, los brazos sobre ambos bordes. Repasó todo con detalles, se excitó reviviéndolo.

Envuelto en un albornoz azul se sentó delante de su vieja Olivetti, tomó un folio en blanco, marcó los márgenes, presionó la fijadora de mayúsculas y escribió: LO MÁS CERCA DE DIOS.

El minuto siguiente se quedó vacío, en blanco, era incapaz de escribir una sola frase que plasmara alguna de las emociones que había experimentado, hasta que sus dedos volvieron a pulsar:

Había imaginado en infinidad de ocasiones cómo sería la experiencia de matar a una persona y sin embargo en ninguna de mis fantasías soñé sentirme tan poderoso, tan superior.

Fui Dios durante aquellas horas en que tuve la vida de esa puta en mis manos. Dependía absolutamente de mi y, aunque mi decisión estaba tomada desde antes de entrar en aquel cuarto, fue muy divertido jugar con ella, hacerle creer que podría salir viva de allí, que tenía alguna posibilidad de ganarse mi piedad y de que todo quedara en un buen susto.

Me resultaron patéticos sus llantos y súplicas, ¿por qué no eligió morir con dignidad sin mostrar miedo? Rogó que no la matara y eso me dio un motivo más para hacerlo. Me prometió que si la dejaba viva no denunciaría, cómo si yo fuera estúpido. Por eso corté las tiras de sus bragas para amordazarla, no quería escucharla más, sólo quería que viese mi obra.

Tuve que contenerme para no acabar con ella rápidamente. Bastaba con encajar mis manos alrededor de su cuello y apretar hasta que dejara de respirar, mas fui consciente de que el placer sería mayor si la mataba despacio, como había planeado.

Le di un anestesiante para que no sintiera nada pero sin dejarla inconsciente porque entonces perdería la gracia. Por eso no entendí por qué empezó a gritar cuando le arranqué las uñas. Supongo que será algo psicológico, que al ver algo que sabía que produce dolor, lo sentía.

Sus ojos se desorbitaron cuando me vio sacar el bisturí y ponerlo sobre su abdomen, justo debajo de su esternón. A pesar de que le había amarrado las extremidades comenzó a agitarse como una loca y provocó que le hiciera un pequeño corte, así que tuve que ponerme a horcajadas sobre su pubis. La miré en el preciso momento en que hendí el bisturí en sus carnes. Ella cerró los ojos con fuerza yo sentí un inmenso placer, era como cortar manteca de tan afilado.

Perdió el conocimiento la muy puta y me obligó a reanimarla a bofetones, no podía permitir que se perdiera lo más importante de la función.

Le puse dos almohadas debajo de la cabeza para que pudiera ver bien lo que iba a hacer, la obligué a que mirase cómo metía las manos dentro de su vientre. Toqué sus tripas, estaban calientes, resbalosas, las apreté, hacían un ruido viscoso. Vi su hígado y observé cómo se contraía una y otra vez su estómago, por un momento pensé en averiguar qué tenía dentro, pero le habría causado la muerte inmediata. Por último toqué su vejiga, hinchada, caliente, presioné y gimió mientras se meaba.

La sangre hacía burbujas en la grieta de su abdomen igual que la herida en el lomo de aquel cerdo que mató mi abuelo por Navidad cuando tenía ocho años. Fue la primera vez que sentí esta llamada.

Esa puta se cansó de gritar y casi no se movía, ni siquiera cerraba los ojos que pensé arrancarle y desistí porque quedaba el acto final. Sus pies ya sin uñas seguían llamándome irresistiblemente, pero como no me llevé una sierra, no pude cortárselos así que me traje el envoltorio. Cómo disfruté desollándola. Ese ruido que hace el cuero cuando se desprende del músculo y el hueso es único. Es tan excitante. Sobre todo cuando ya sólo queda el último tirón al llegar a los dedos, esa resistencia del final de la costura humana, ¡clack, clack, clack¡

No estoy seguro de en qué momento murió. Tan extasiado estaba despellejándola que no me di cuenta de que había dejado de gritar y de moverse.

Tenía los ojos abiertos. Me despedí de ella dándole las gracias por lo servicial que había sido y por lo bien que me lo había hecho pasar, tal como me había prometido.

Caí en la cuenta de que su muerte había puesto punto y final a mi obra y de que la próxima vez tendría que ser más lento.

Se me ocurrió poner una guinda a mi primera obra, ya me imagino lo que dirá la prensa de ese pequeño detalle, ¿cuánto tardarán en ponerme un mote?

El “tin” de la Olivetti avisándole de que tenía que darle a la palanca del carro y pasar a otra línea lo sacó esta vez de su historia. Giró el rodillo y extrajo el folio, le dio la vuelta, cerró los ojos y acarició el papel notando las cicatrices que las teclas habían dejado en el papel como un personal código braille.

El viejo reloj de pared anunció las nueve de la noche. Prendió la radio para escuchar cómo el informativo habría con su noticia. No apareció. Encendió la televisión y cambió de un noticiario a otro. Nada. Tampoco en la edición de media noche hicieron mención los telediarios, ni los periódicos al día siguiente recogían una mínima alusión en las páginas de sucesos.

Se sintió furioso. No podía ser que su obra quedara en silencio, que nadie la disfrutara. No se explicaba por qué los medios de comunicación no se habían enterado y tampoco tenía forma de averiguarlo.

Decidió esperar unos días.

En la comisaría Cristina Ramírez terminaba una conversación telefónica con el agente Marcilla.

¿Coincide con alguno de los fichados? -preguntó.

-Por el momento no. Se han encontrado algunas huellas en el cuerpo de la chica y en su cuarto en el club, desde que las cotejemos la avisaremos.

-Sabemos que pagó en efectivo…

-Sí, trescientos euros en billetes de cincuenta. Confiscamos todos los que había en la caja del club para buscar huellas, aún no hay resultados.

-Manténgame al corriente, por favor-indicó la inspectora colgando el teléfono.

Cristina miró su reloj e hizo un cálculo automático de las horas que llevaba trabajando y sintió todo el cansancio de repente.

Javier se acercó mostrándole la pantalla de su móvil.

-Me lo acaban de mandar desde el instituto forense. Al parecer le hizo una marca entre los dedos de la mano derecha

-Dos líneas verticales unidas por una horizontal, ¿te suena de algo?

La inspectora la miró un momento. –Gira el móvil noventa grados. ¿Lo ves ahora?-interrogó.

-Sí, una i mayúscula.

-No, el uno en números romanos. Nos está diciendo que es la primera.

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5 comentarios to “Capítulo 4. Cerca de Dios”

  1. Rita Herrera 26 abril, 2011 a 14:34 #

    No soy ninguna entendida para hacerte ninguna propuesta, si te vale simplemente y desde el punto de vista de una lectora eso sí “con algo de vicio”, me gusta mucho… aunque también claro está el cariño que te tengo influya, muchos bs y a seguir escribendo.

    • yaizalvarez 28 abril, 2011 a 17:01 #

      Seguro que el cariño que me tienes, que es mutuo, influye mucho. Todas las opiniones son bienvenidas, Rita, las de las personas que entienden de literatura, gramática, narrativa, etc. y de las que no también -e incluso más- porque son las que opinan según las emociones que les generan mis relatos y no según lo estricto del análisis. Precisamente lo que quiero lograr es hacer aflorar emociones, que se les revuelvan las tripas, que sientan miedo, que necesiten salvar a esas víctimas, que deseen matar al cabrón del asesino, que se metan en la piel de la inspectora Ramírez.
      No le puedo gustar a todo el mundo y de las personas que me leen habrá algunas que no entiendan por qué describo de una manera o de otra, o por qué no hago primero una cosa o llevo la historia por otro camino. Es la vida, todos somos distintos y es imposible que estemos de acuerdo.
      Tus palabras me animas y nuevamente te agradezco que me dediques unos minutos de tu valiosísimo tiempo.
      Un beso grande.

  2. Salamanca 24 mayo, 2011 a 10:51 #

    Pero bueno… vaya dotes más escondidos, ¿no?. Me encanta. ¡Necesito más! Espero que no nos dejes con la intriga

    • yaizalvarez 25 mayo, 2011 a 20:18 #

      Muchas gracias. Seguiré desgranando esta historia y espero que les siga gustando. Un beso.

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