Archive | abril, 2011

Capítulo 4. Cerca de Dios

25 Abr

Viene de la entrada anterior

Cerró la puerta y apoyó su espalda en ella. Jadeaba por los cuatro pisos subidos a pie y porque le era imposible controlar sus pulsaciones. Se sentía eufórico, dueño de un poder absoluto al alcance de unos pocos.

Se fue directamente a la cocina y metió en la nevera la bolsa azul traslúcida en la que había guardado la piel de aquellos preciosos pies.

En el baño sacó el pequeño bote de plástico que contenía las uñas de Natalia, algunas de ellas hechas añicos porque no pudo extraerlas de una pieza.

–La próxima vez me saldrá mejor -pensó y lo llenó de alcohol.

Respiró profundo, se mojó la cara y se miró en el espejo. Al principio se sintió confuso, extrañado del hombre que aparecía allí en frente, después una corriente le recorrió la columna de abajo arriba, directa a su cerebro.

– ¡Lo has hecho! ¡Lo has he-cho!

Se desnudó frente al espejo, observó su piel y revivió el calor de la lengua de Natalia dándole lametones por el cuello, la mano metida en su bragueta, su aliento…Se fue a la cocina a coger lejía y estropajo, empezó a llenar la bañera de agua caliente y comenzó a restregarse con fuerza, arrancándose el recuerdo de aquella fulana.

Una hora más tarde seguía metido en la bañera, recostado, los ojos entreabiertos, las rodillas dobladas, los brazos sobre ambos bordes. Repasó todo con detalles, se excitó reviviéndolo.

Envuelto en un albornoz azul se sentó delante de su vieja Olivetti, tomó un folio en blanco, marcó los márgenes, presionó la fijadora de mayúsculas y escribió: LO MÁS CERCA DE DIOS.

El minuto siguiente se quedó vacío, en blanco, era incapaz de escribir una sola frase que plasmara alguna de las emociones que había experimentado, hasta que sus dedos volvieron a pulsar:

Había imaginado en infinidad de ocasiones cómo sería la experiencia de matar a una persona y sin embargo en ninguna de mis fantasías soñé sentirme tan poderoso, tan superior.

Fui Dios durante aquellas horas en que tuve la vida de esa puta en mis manos. Dependía absolutamente de mi y, aunque mi decisión estaba tomada desde antes de entrar en aquel cuarto, fue muy divertido jugar con ella, hacerle creer que podría salir viva de allí, que tenía alguna posibilidad de ganarse mi piedad y de que todo quedara en un buen susto.

Me resultaron patéticos sus llantos y súplicas, ¿por qué no eligió morir con dignidad sin mostrar miedo? Rogó que no la matara y eso me dio un motivo más para hacerlo. Me prometió que si la dejaba viva no denunciaría, cómo si yo fuera estúpido. Por eso corté las tiras de sus bragas para amordazarla, no quería escucharla más, sólo quería que viese mi obra.

Tuve que contenerme para no acabar con ella rápidamente. Bastaba con encajar mis manos alrededor de su cuello y apretar hasta que dejara de respirar, mas fui consciente de que el placer sería mayor si la mataba despacio, como había planeado.

Le di un anestesiante para que no sintiera nada pero sin dejarla inconsciente porque entonces perdería la gracia. Por eso no entendí por qué empezó a gritar cuando le arranqué las uñas. Supongo que será algo psicológico, que al ver algo que sabía que produce dolor, lo sentía.

Sus ojos se desorbitaron cuando me vio sacar el bisturí y ponerlo sobre su abdomen, justo debajo de su esternón. A pesar de que le había amarrado las extremidades comenzó a agitarse como una loca y provocó que le hiciera un pequeño corte, así que tuve que ponerme a horcajadas sobre su pubis. La miré en el preciso momento en que hendí el bisturí en sus carnes. Ella cerró los ojos con fuerza yo sentí un inmenso placer, era como cortar manteca de tan afilado.

Perdió el conocimiento la muy puta y me obligó a reanimarla a bofetones, no podía permitir que se perdiera lo más importante de la función.

Le puse dos almohadas debajo de la cabeza para que pudiera ver bien lo que iba a hacer, la obligué a que mirase cómo metía las manos dentro de su vientre. Toqué sus tripas, estaban calientes, resbalosas, las apreté, hacían un ruido viscoso. Vi su hígado y observé cómo se contraía una y otra vez su estómago, por un momento pensé en averiguar qué tenía dentro, pero le habría causado la muerte inmediata. Por último toqué su vejiga, hinchada, caliente, presioné y gimió mientras se meaba.

La sangre hacía burbujas en la grieta de su abdomen igual que la herida en el lomo de aquel cerdo que mató mi abuelo por Navidad cuando tenía ocho años. Fue la primera vez que sentí esta llamada.

Esa puta se cansó de gritar y casi no se movía, ni siquiera cerraba los ojos que pensé arrancarle y desistí porque quedaba el acto final. Sus pies ya sin uñas seguían llamándome irresistiblemente, pero como no me llevé una sierra, no pude cortárselos así que me traje el envoltorio. Cómo disfruté desollándola. Ese ruido que hace el cuero cuando se desprende del músculo y el hueso es único. Es tan excitante. Sobre todo cuando ya sólo queda el último tirón al llegar a los dedos, esa resistencia del final de la costura humana, ¡clack, clack, clack¡

No estoy seguro de en qué momento murió. Tan extasiado estaba despellejándola que no me di cuenta de que había dejado de gritar y de moverse.

Tenía los ojos abiertos. Me despedí de ella dándole las gracias por lo servicial que había sido y por lo bien que me lo había hecho pasar, tal como me había prometido.

Caí en la cuenta de que su muerte había puesto punto y final a mi obra y de que la próxima vez tendría que ser más lento.

Se me ocurrió poner una guinda a mi primera obra, ya me imagino lo que dirá la prensa de ese pequeño detalle, ¿cuánto tardarán en ponerme un mote?

El “tin” de la Olivetti avisándole de que tenía que darle a la palanca del carro y pasar a otra línea lo sacó esta vez de su historia. Giró el rodillo y extrajo el folio, le dio la vuelta, cerró los ojos y acarició el papel notando las cicatrices que las teclas habían dejado en el papel como un personal código braille.

El viejo reloj de pared anunció las nueve de la noche. Prendió la radio para escuchar cómo el informativo habría con su noticia. No apareció. Encendió la televisión y cambió de un noticiario a otro. Nada. Tampoco en la edición de media noche hicieron mención los telediarios, ni los periódicos al día siguiente recogían una mínima alusión en las páginas de sucesos.

Se sintió furioso. No podía ser que su obra quedara en silencio, que nadie la disfrutara. No se explicaba por qué los medios de comunicación no se habían enterado y tampoco tenía forma de averiguarlo.

Decidió esperar unos días.

En la comisaría Cristina Ramírez terminaba una conversación telefónica con el agente Marcilla.

¿Coincide con alguno de los fichados? -preguntó.

-Por el momento no. Se han encontrado algunas huellas en el cuerpo de la chica y en su cuarto en el club, desde que las cotejemos la avisaremos.

-Sabemos que pagó en efectivo…

-Sí, trescientos euros en billetes de cincuenta. Confiscamos todos los que había en la caja del club para buscar huellas, aún no hay resultados.

-Manténgame al corriente, por favor-indicó la inspectora colgando el teléfono.

Cristina miró su reloj e hizo un cálculo automático de las horas que llevaba trabajando y sintió todo el cansancio de repente.

Javier se acercó mostrándole la pantalla de su móvil.

-Me lo acaban de mandar desde el instituto forense. Al parecer le hizo una marca entre los dedos de la mano derecha

-Dos líneas verticales unidas por una horizontal, ¿te suena de algo?

La inspectora la miró un momento. –Gira el móvil noventa grados. ¿Lo ves ahora?-interrogó.

-Sí, una i mayúscula.

-No, el uno en números romanos. Nos está diciendo que es la primera.

Capítulo 3. Retratos.

11 Abr

Viene de la entrada anterior

La inspectora Cristina Ramírez se sobresaltó con el ruido que hizo la carpeta al aterrizar sobre su mesa. Levantó la mirada y vio a su compañero Javier que le hizo un gesto con la cabeza instándola a que echara un vistazo a lo que había dentro.

Sin muchas ganas ni curiosidad cogió la cartulina azul entre las manos y sacó lo que había dentro, una veintena de fotografías tamaño 15×20 que recogían los detalles de un sádico crimen.

Se detuvo en la primera en la que podía verse una habitación llena de espejos con una amplia cama en la que yacía una joven atada de pies y manos, amordazada y con el vientre abierto en canal.

-¿Quién es? -preguntó.

-Es una prostituta del club La Gata, ya hemos estado allí antes.

-Sí, lo recuerdo.

-La chica no era de aquí y no hemos podido localizar a su familia. Según nos ha dicho la…encargada del local, vivía sola y no recuerdan verla con alguna amiga. Al parecer tampoco las otras chicas del club saben mucho de ella.

La inspectora Ramírez se sintió molesta. –Pero, ¿sabemos quién es?

-Sí, su verdadero nombre era Natalia Figueras Ramos. En su trabajo la conocían por Verónica. Treinta años. Nacida en Asturias. El último domicilio del que hay constancia es en Alcalá de Henares.

Volvió a las fotografías. La siguiente recogía el detalle de sus brazos atados con lazos de raso azul.

-Al parecer arrancó las tiras de los zapatos que llevaba puestos la víctima y los utilizó para maniatarla de pies y manos.

-Ya veo. ¿Por qué crees que la dejó abierta de piernas? ¿la violó?

Javier dudó un momento.

-La verdad es que el informe del forense no estará hasta dentro de un par de días, pero toda apunta a que no llegó a consumarse un acto sexual con o sin consentimiento.

Cristina continuó pasando imágenes. El asesino había utilizado las propias bragas de Natalia para amordazarla. Murió con los ojos abiertos, desorbitados, perdidos en alguno de los reflejos que le devolvían los espejos o quizás clavados en la cara de su torturador que le dedicó unas últimas palabras antes de terminar de matarla. Su cabello pelirrojo se veía aplastado y empegostado por el lado superior izquierdo del cráneo. La siguiente foto mostraba el detalle de la herida que tenía en la cabeza.

Javier se adelantó a su pregunta y le dijo que no se había encontrado el objeto con el que fue golpeada y que los forenses tampoco podían decir, hasta las conclusiones finales en unos cuantos días, si este fue el golpe que la mató ni con qué fue hecho.

Con la siguiente instantánea Cristina sintió una punzada en el estómago.

-Dios, ¿qué le hizo en los pies?

-Aparte de arrancarle una a una las uñas, la despellejó. Como si le hubiese quitado los calcetines, le arrancó la piel de media canilla para abajo.

-Y además le abrió la barriga en canal, ¿estamos ante un fetichista o ante un nuevo Jack el Destripador?

Carmen fue informada de que en una primera inspección del cadáver el forense había dicho que no faltaba ningún órgano. Tampoco se observaban signos de resistencia, de que hubiese habido una lucha, un intento de escape, por lo que era posible que la víctima hubiese sido sedada, aunque esto sólo podían corroborarlo los análisis. La hora de la muerte no se había producido muchas horas antes de que la encontraran.

-La…encargada del club subió a ver por qué no le abría la puerta a un nuevo cliente que Verónica tenía que atender y se la encontró tal como has visto en las fotos. Ayer, entre las dieciséis y las dieciocho.

-Un momento -pensó la inspectora mirando el reloj-, son las siete de la tarde y ¿me dices que murió ayer un par de horas antes? ¿Cómo es que no ha salido nada en la prensa sobre un crimen en el centro de la ciudad?

-Verás- comenzó a explicar Javier en tono dubitativo-, al parecer, tras el aviso de la encargada a la policía, los siguientes en enterarse del asesinato fueron el alcalde y la presidenta de la comunidad…

-¿Y qué tienen que ver con esto?

-Pues, ejem…supongo que sabes que pasado mañana vienen los del comité de evaluación para la organización de las olimpiadas…

-¿Y…?

-Pues que un crimen de estas características en todos los medios de comunicación del reino sería un desastre para nuestras aspiraciones así que se ha pedido a la prensa que mantengan el asesinato en secreto hasta que los del comité se marchen.

Volvió a mirar la foto de Verónica con los ojos desorbitados y perdidos y sintió una profunda pena porque la vida de aquella pobre chica no valía ni una mísera esquela en alguno de los periódicos que se vendían en aquella ciudad. Pensó en si tendría familia, en si alguien la echaría de menos, en cómo fue su infancia y por qué se convirtió en prostituta en un club de mala muerte.

El ruido del teléfono sacó a Cristina de sus pensamientos.

-Inspectora Ramírez- contestó.

-Buenos días, soy Pedro Marcilla, del departamento de estudios fisionómicos, acabo de enviarle un correo electrónico, por favor compruebe que lo ha recibido.

La inspectora refrescó la bandeja de entrada de su correo. Allí estaba. Provenía de la dirección pmarcilla@pn-def.es. Sin asunto. Un documento adjunto.

-Abra el archivo, por favor.

-¿Qué es? -preguntó impaciente en lo que se terminaba de descargar.

-El retrato robot del asesino.

Continuará

Capítulo 2. Negro.

5 Abr

Viene de la entrada anterior

Verónica empezó a desabrocharle la camisa mientras le sonreía y advertía de lo bien que lo iban a pasar juntos. Le preguntó que si quería algo especial, pero él no contestó.

Vio las nalgas de Verónica en el espejo, redondas, pequeñas, firmes, suaves. Se decidió a meter sus manos por debajo de la tela transparente. Las apretó e imaginó las fibras que componían aquellos glúteos, la grasa, las venas. Imaginó cómo las despellajaba y sintió cómo empezaba su erección. Buscó su imagen en el espejo. Se miró a los ojos y sonrió.

Ella sintió alivio cuando comprobó que su polla no olía a amoniaco como la inmensa mayoría de los hombres que pasaban por aquel cuarto. No vio la necesidad de pedirle que se metieran en la ducha porque el chico venía limpio y perfumado. Se dijo que éste sería el trabajo más fácil y más placentero del día.

-¿Cómo te llamas? -le preguntó.

Rara era la vez que le interesaba el nombre de sus clientes a los que solía dirigirse con distintos apelativos dependiendo de su ímpetu, pero en esta ocasión tenía ganas de pronunciar un nombre de verdad cuando se hallase entre gemidos.

El silencio fue la respuesta.

Siguió repartiendo besos y lametazos por el pecho lampiño y fibroso. Pasó la mano por su bragueta comprobando su empalme. Desabrochó el cinturón y los botones de los vaqueros. Metió la mano dentro de sus calzoncillos notando el calor que desprendía. Se humedeció la mano y empezó a masturbarle. Le chupó el cuello antes de ponerse de rodillas. Miró hacia arriba y lo vio. La mirada fija en el espejo y una fría sonrisa paralizada en el rostro. Sintió un escalofrío que trató de cortar hablando.

-¿Prefieres que te la chupe tumbado?

Silencio.

-¡Qué calladito eres¡ ¿Has estado antes con una mujer, verdad?

La miró. Allí de rodillas parecía más vulnerable de lo que era. Sintió un deseo incontenible de golpearla pero se dijo que aún no era el momento.

-No. Nunca antes había estado con una mujer a la que voy a matar.

Los ojos de Verónica, llenos de pánico, se clavaron en los suyos fríos como el hielo. No le dio tiempo a ver cómo sacaba el brazo de detrás de su espalda para golpearla con un objeto que no alcanzó a ver. De repente todo se volvió negro.

Continuará