Epístola

26 Mar

Teatro Guiniguada. Febrero de 1999.

Esta imagen es de 1999 en el emblemático teatro Guiniguada que vuelve a abrir sus puertas al público mañana después de estar casi una década cerrado pero nunca olvidado. Participé en el acto de presentación de la revista Calibán leyendo la carta que a continuación les dejo.

 

 

Santa Lucía de Tirajana a 23 de junio de 1953.

Querido Alfredo:

Hoy es noche de San Juan, noche mágica llena de brujas, duendes y hadas. Y aquí me encuentro yo, celebrando tu primer aniversario.

Hace siete meses que papá y mamá decidieron traerme a la casa de la playa. La razón, aunque ellos digan que es por mi bien, es porque la gente en el pueblo empezó a rumorear que yo, la hija de los Betancores, me había vuelto loca.

Mamá me sorprendió algunas veces hablando contigo. Ella se enfurecía y me decía que dejara de hablarle a las paredes, no comprendía que tú estabas allí conmigo. Así que un día oí cómo le decía a papá que lo mejor sería llevarme a un lugar en el que nadie pudiera verme hasta que me curara y aquí vine a parar.

Más por desgracia que por fortuna tuvieron que elegir este lugar. Desde que llegué mi tormento no ha cesado, pues cada elemento de la naturaleza me trae tus recuerdos y tu presencia y me siento más desolada aún al no poder refugiarme en nada ni en nadie…

En siete meses las olas no han parado de acariciar la arena y me recuerdan dos amantes que, despaciosamente, llenan cada poro de su piel de tiernas caricias.

En las noches de luna nueva tus pupilas brillan más que nunca sobre el oscuro manto. Las muy pícaras parecen leer en mi corazón que te sigo amando.

Incluso el viento se ha convertido en mi enemigo, después de hacer que las cortinas parezcan simples pañuelos, se presenta ante mi y con sutiles silbidos evoca tus dulces palabras que me hacen estremecer de dolor.

-¡Maldito seas¡- le grito. Pero el muy traicionero no tiene piedad de mi.

No puedo escapar a nada, ni al calor de tus besos que me transporta la gran estrella en sus infinitos brazos. A veces, unas nubes amigas me escudan de ellos, se van volviendo negras y me creo salvada -ilusa de mi-, cuando comienza a llover me atrevo a elevar el rostro para que la lluvia me refresque, mas cuando entra en mi boca son las gotas que el vaso de mi locura colman, tienen el mismo sabor que las gotas que brotaban de tu cuerpo cuando cabalgábamos por la llanura de nuestra cama. Y así es como me siento más desdichada aún.

Hoy he sido capaz de reunir el valor suficiente para escribir esta carta que no sé a dónde enviar. Las palabras parecen querer salir de mi interior como alma que lleva el diablo. Mamá y papá están extrañados por mi nueva conducta y yo, yo sigo esperando el gran día en el que el Señor por fin quiera volver a unirnos.

Ansío la hora de mi descanso, del fin de mi tormento, de nuestra unión eterna. Mientras tanto, por favor, evita que el viento vuelva a visitarme y no me sigas enviando besos cada mañana. Por mi parte, evitaré que las gotas de lluvia colmen el vaso de mi locura.

Te ama siempre, María.

 

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2 comentarios to “Epístola”

  1. Nayrobi 26 marzo, 2011 a 6:57 #

    Querida Dafne

    hoy tu entrada me ha llevado a ese acto, a esa noche en el Guiniguada, a la facultad; me ha traído a los compañeros de aquellos años, juntándonos en el árbol de la biblioteca, discutiendo los proyectos en los que andábamos…
    Pero además, tu carta me ha llevado a otras cartas literarias, como las de Kafka a Milena, de las que te copio un cachito que de algún modo se relaciona temáticamente con el contenido de tu texto… (¿”casualidad”? porque lo leí hace unos días, jejeje)

    Mas antes, le adjunto un beso y un montón de ánimos que corean “¡siga, siga!”,
    Nayrobi

    “¿De dónde habrá sur­gido la idea de que las per­so­nas pue­den comu­ni­carse mediante car­tas? Uno puede pen­sar en una per­sona dis­tante y puede tocar a una per­sona cer­cana; todo lo demás queda más allá de las fuer­zas huma­nas. Escri­bir car­tas, sin embargo, sig­ni­fica des­nu­darse ante los fan­tas­mas, que las espe­ran con avi­dez. Los besos por escrito no lle­gan a su des­tino, se los beben por el camino los fan­tas­mas. Con este abun­dante ali­mento se mul­ti­pli­can en forma des­me­su­rada. La huma­ni­dad lo per­cibe y lucha por evi­tarlo. Y para eli­mi­nar en lo posi­ble lo fan­tas­mal entre las per­so­nas y lograr una comu­ni­ca­ción natu­ral, para recu­pe­rar la paz de las almas, ha inven­tado el ferro­ca­rril, el auto­mó­vil, el aero­plano. Pero ya es tarde: son evi­den­te­mente inven­tos hechos en el momento del desas­tre. El bando opuesto es tanto más calmo y pode­roso; des­pués del correo inventó el telé­grafo, el telé­fono, la radio. Los fan­tas­mas no se mori­rán de ham­bre, y noso­tros, en cam­bio, pereceremos.”

    • yaizalvarez 27 marzo, 2011 a 0:59 #

      De casualidad nada, Nayrobi, creo firmemente en que no existe. Hasta las cosas más tontas pasan por algo. Me alegro de que la entrada te transportase a aquellos buenos tiempos. Si te digo la verdad yo también recuerdo detalles de aquella noche que no son normales después de tantos años. Recuerdo tu mirada a la salida del teatro después de que supiéramos de la mala noticia. Recuerdo la voz del compañero que recitó junto a mi. Recuerdo la ropa que llevaba como si hubiese sido ayer. Lo único que no recordaba es que fue en enero en vez de en febrero, jajaja.

      Un beso enorme y un abrazo fuerte, fuerte.

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