¡Ésta por papáaaaa!

12 Mar

Venía el jueves en la guagua pensando en la idea que ha dado lugar a esta nueva entrada, en cómo titularla, cómo comenzar y cómo ir deshilachando el argumento, y de repente me viene a la cabeza la imagen de mi hermano Eros haciendo gárgaras con el puré porque no había manera de hacérselo tragar.

Le saco ocho años a mi hermano, así que recuerdo muy bien el niño llorón y plasta que era, especialmente a la hora de comer, no había manera de alimentar al enano sin que éste pusiera una férrea resistencia sacándonos a todos de quicio.

No sé cuántos de ustedes han tenido un hermano como el mío o cuántos de ustedes han sido mi hermano. El caso es que, ahora que lo pienso me doy cuenta de lo que esta lucha entre tragar y no tragar nos marca para el resto de nuestra vida.

Decidí estudiar Periodismo cuando tenía once años, aunque entonces yo no sabía que había tomado esa decisión. Algo que le pasó a mi familia me hizo querer escribir LA VERDAD y así de ilusa fui hasta el primer día que empecé a ejercer mi profesión.

No se crean que estuve tantos años en el limbo sin enterarme de nada. Ya desde que entré en la facultad de Ciencias de la Información me lo advirtieron casi todos mis profesores, pero recuerdo especialmente a uno,  Manuel de Pablos, que en los primeros días de clase nos espetó algo así: Ustedes no van a poder escribir libremente porque van a trabajar para un medio y éstos tienen su línea editorial. A mi se me erizaba todo el bello, sentía cómo me crecían las uñas, las pupilas se empequeñecían y una bola de fuego en el estómago me invitaba a hacer gala de mi rebeldía sin causa y sin levantar la mano le decía tan pancha “pues me acojo a la cláusula de conciencia”. ¡Ja, toma eso!

Nunca se descojonó de mi delante de mis narices pero seguro que por dentro pensó más de una vez: ¡qué hostia que te vas a llevar cuando te encuentres con la realidad, Yaicita! Y sí, me estampé como una pita con “la verdad” de los medios de comunicación (de muchos pero no de todos) dos meses después de terminar mis estudios, cuando encontré mi primer trabajo como redactora en un periódico de cuyo nombre no quiero acordarme.

Y fue aquí cuando me tocó a mi ser mi hermano Eros y empezar a luchar contra cucharadas de asqueroso puré que no quería tragar y que mi subdirector se empeñaba en que embuchara. No sé cuándo llegó la primera pero tengo muy vivo en la memoria que escribí muchas informaciones que después no firmaba porque me obligaban a poner titulares con los que no estaba de acuerdo, que me censuraban otros porque eran críticos con el presidente de una institución que sostenía al periódico a base de publicidad, que cuando ya tenía mis páginas casi terminadas me decían: la información que va en esta columna la quiero de apertura y ésa con la que has abierto la pasas a un breve.

Ni que decir tiene que ese puré que nos daban a diario, a una rebelde como yo, le sabía a centellas molidas. Más de una vez vi a la jefa de redacción patalear y llorar llena de rabia porque en su caso el repugnante mejunje iba acompañado de la típica retahíla chantajista de los padres: si no te comes esta cucharada serás una niña bajita, fea y todos los niños se reirán de ti. Y por supuesto, finalmente tragaba.

Yo no llegué a cumplir mi periodo de prueba en aquél periódico porque llegó un día en que mi subdirector me instó de malas maneras a que hiciera una información sobre la fibrosis quística basándome en la información que encontrara en Internet y no en la que me iba a dar la presidenta de una asociación de enfermos a la que había quedado en llamar, y todo porque el señor quería llegar temprano a su casa. “¡Prefiero estar limpiando escaleras!”, le dije a mis compañeros ante la indignación que me produjo. “¡Yo no me ha pasado toda mi vida estudiando para esto!” Ése día, también sin saberlo, decidí dejar ese trabajo.

Allí siguieron repartiendo puré y, hasta que se fueron marchando, los compañeros siguieron tragando cucharaditas de aquel mejunje porque, parece que hay alternativas (y yo creo que las hay) pero es muy difícil oponerse –a ese subdirector y a otros tantos jefes y jefas que hay por ahí-. Tan difícil que a veces somos nosotros mismos los que acompañamos esas cucharadas poniendo vocecita estúpida y diciendo: ¡ésta por papá! ¡Ésta porque tengo dos hijos que comen todos los días! ¡Ésta por la hipoteca! ¡Ésta porque no tengo estudios! ¡Ésta por la letra del coche! ¡Ésta porque mi sueldo es el único dinero que entra en casa! ¡Ésta porque no tengo papeles! ¡Ésta porque soy mujer, tengo más de 45 años y quién me va a contratar!

¡TRAGA, TRAGA, TRAGA!

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4 comentarios to “¡Ésta por papáaaaa!”

  1. Nayrobi 12 marzo, 2011 a 17:27 #

    gracias por compartir tus reflexiones y hacernos reflexionar, Dafne; de esta última me duele especialmente caer en la cuenta de que muchos de nuestros límites somos nosotros mismos los que nos los ponemos o los mantenemos bien tensados… a seguir, please! abrazo de una seguidora

    • yaizalvarez 12 marzo, 2011 a 19:01 #

      Muchas gracias, Nayrobi, por dedicarle tu tiempo a leerme, por tus palabras sobre lo que te ha removido y de ánimo para continuar con este camino que no he hecho más que empezar. Un fuerte abrazo.

  2. Rita 12 marzo, 2011 a 21:37 #

    Me ha encantado tu relato, en el describes a la situación que se enfrentas muchos profesionales que llegan a su primer trabajo con el título bajo el brazo y queriéndose comer el mundo,y como tú dices o tragas o no tragas, yo que creo que se puede vivir sin tragar pero es imposible vivir sin principios.Bs

    • yaizalvarez 13 marzo, 2011 a 11:07 #

      Me alegra que te haya gustado, Rita, muchas gracias por detenerte a leerlo. Estoy totalmente de acuerdo contigo en que no se puede vivir sin principios, sin valores, por eso digo en el texto que sí hay alternativas aunque es más difícil decir hasta aquí llegué que seguir tragando. También habría que hacer una reflexión sobre qué valores tienen las personas que hoy conforman la sociedad porque yo creo que hay una crisis absoluta y por eso las tragaderas cada vez son más grandes. Me has dado otra idea para una nueva entrada. Gracias. Un beso grande.

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