Archive | marzo, 2011

Capítulo 1. Elegir.

29 Mar

Viene de la entrada anterior

Al otro lado de la cabina una mujer entrada en carnes y en años le saludó muy seca y le señaló a la parte superior del cristal donde estaban colgadas ocho fotos de mujeres. En la esquina superior izquierda de cada foto había un número, en la parte inferior un nombre.

Echó un vistazo rápido, le llamó la atención Jessica, morena con el pelo rizado, delgada y con pechos exagerados y claramente operados. Se imaginó extrayéndole las prótesis de silicona después de cortarle los pezones. La señaló pero la mujer del otro lado del cristal casi le gritó que estaba con un cliente, que podía elegir otra o bien hacer tiempo en las cabinas de sexo en directo.

Pensó un instante y apuntó a la número uno, Verónica.

-Está en la primera planta, en la puerta verá su número.

Pasó trescientos euros en billetes de cincuenta por el hueco entre el cristal y el mostrador.

-Esto es más de lo que está estipulado por una hora- le dijo la mujer.

-Voy a necesitar más de una.

-¡Eso dicen todos!-pensó.

Cuando llegó al cuarto de Verónica ésta ya había recibido la llamada del piso inferior con la que le dieron indicaciones de que tratara bien al cliente ya que éste había pagado una buena propina y parecía necesitar algo más que un simple servicio.

La estancia de Verónica consistía en una amplia cama con sábanas de satén moradas. Había espejos en las cuatro paredes y en el techo. La iluminación era algo más apropiada que en el resto del edificio. Podía oírse la música del local pero no era molesta. La única ventana estaba en el cuarto de baño situado al fondo a la derecha.

No respondió al amistoso hola que Verónica le dijo al abrirle la puerta antes de que él llegase a dar con los nudillos sobre la madera.

Verónica no precisó más que de un golpe de vista para darse cuenta de su extrema timidez. El pelo oscuro engominado hacia atrás, corto a la altura de las orejas. Gafas de pasta negras que aumentaban sus ojos castaños. Labios finos pero bien marcados. Alto y flaco, aunque su ropa pulcramente planchada tapaba una realidad que la sorprendió, no era delgaducho, era pura fibra.

-Me han dicho que has sido generoso en el pago…y ahora yo voy a ser generosa contigo, cielo.

Se quedó mirando a aquella mujer que no debía tener seis años más que él aunque la pintura la hacía aparentar mayor. Pelirroja de bote, la melena le llegaba a media espalda. Tenía unos ojos verdes enormes y la boca carnosa pintada de carmín. Su atuendo apenas era una tentación casi transparente que dejaba ver unas bragas de encaje y unos pezones abultados, adornado el derecho con un pircing que lo cruzaba horizontalmente.

Miró los pies de Verónica que estaban subidos a unas plataformas transparentes con amarre de raso azul y sintió toda su sangre cabalgar sus venas. Pequeños, cuidados, con uñas pintadas de un color oscuro, comprobaría minutos después que eran suaves aunque, una vez muerta, rígidos.

Continuará…

A modo de canapé

27 Mar

No podía contener su excitación desde dos horas antes de entrar en aquel lugar en el que las luces de neón y la música estridente te hacían olvidar que eran poco más de las dos de la tarde.

Era uno más de los muchos clubes que se encontraban en aquella ciudad. No existía ninguna razón especial para escoger éste. Simplemente había cogido el metro, caminado unas cuantas manzanas y cuando se dio cuenta estaba en la puerta.

Se había decidido, hoy iba a ser el día en que saciaría ese sentimiento que le hacía hervir la sangre, que le llenaba de rabia, de ansiedad, de fuego y de vida.

En las próximas horas de su vida iba a saber lo que se siente al matar a alguien.

 

Epístola

26 Mar

Teatro Guiniguada. Febrero de 1999.

Esta imagen es de 1999 en el emblemático teatro Guiniguada que vuelve a abrir sus puertas al público mañana después de estar casi una década cerrado pero nunca olvidado. Participé en el acto de presentación de la revista Calibán leyendo la carta que a continuación les dejo.

 

 

Santa Lucía de Tirajana a 23 de junio de 1953.

Querido Alfredo:

Hoy es noche de San Juan, noche mágica llena de brujas, duendes y hadas. Y aquí me encuentro yo, celebrando tu primer aniversario.

Hace siete meses que papá y mamá decidieron traerme a la casa de la playa. La razón, aunque ellos digan que es por mi bien, es porque la gente en el pueblo empezó a rumorear que yo, la hija de los Betancores, me había vuelto loca.

Mamá me sorprendió algunas veces hablando contigo. Ella se enfurecía y me decía que dejara de hablarle a las paredes, no comprendía que tú estabas allí conmigo. Así que un día oí cómo le decía a papá que lo mejor sería llevarme a un lugar en el que nadie pudiera verme hasta que me curara y aquí vine a parar.

Más por desgracia que por fortuna tuvieron que elegir este lugar. Desde que llegué mi tormento no ha cesado, pues cada elemento de la naturaleza me trae tus recuerdos y tu presencia y me siento más desolada aún al no poder refugiarme en nada ni en nadie…

En siete meses las olas no han parado de acariciar la arena y me recuerdan dos amantes que, despaciosamente, llenan cada poro de su piel de tiernas caricias.

En las noches de luna nueva tus pupilas brillan más que nunca sobre el oscuro manto. Las muy pícaras parecen leer en mi corazón que te sigo amando.

Incluso el viento se ha convertido en mi enemigo, después de hacer que las cortinas parezcan simples pañuelos, se presenta ante mi y con sutiles silbidos evoca tus dulces palabras que me hacen estremecer de dolor.

-¡Maldito seas¡- le grito. Pero el muy traicionero no tiene piedad de mi.

No puedo escapar a nada, ni al calor de tus besos que me transporta la gran estrella en sus infinitos brazos. A veces, unas nubes amigas me escudan de ellos, se van volviendo negras y me creo salvada -ilusa de mi-, cuando comienza a llover me atrevo a elevar el rostro para que la lluvia me refresque, mas cuando entra en mi boca son las gotas que el vaso de mi locura colman, tienen el mismo sabor que las gotas que brotaban de tu cuerpo cuando cabalgábamos por la llanura de nuestra cama. Y así es como me siento más desdichada aún.

Hoy he sido capaz de reunir el valor suficiente para escribir esta carta que no sé a dónde enviar. Las palabras parecen querer salir de mi interior como alma que lleva el diablo. Mamá y papá están extrañados por mi nueva conducta y yo, yo sigo esperando el gran día en el que el Señor por fin quiera volver a unirnos.

Ansío la hora de mi descanso, del fin de mi tormento, de nuestra unión eterna. Mientras tanto, por favor, evita que el viento vuelva a visitarme y no me sigas enviando besos cada mañana. Por mi parte, evitaré que las gotas de lluvia colmen el vaso de mi locura.

Te ama siempre, María.

 

No me quieras tanto

23 Mar

No me quieras tanto que me ahogas

Y temo a esa clase de muerte.

Es como el proceso paulatino

De la planta que muere.

Se le niega el agua, el sol,

Se pone mustia, perece.

Deja que corran las cadenas

De mi libertad, así podré quererte.

 

No me quieras tanto

Que puedes llegar a ofenderme.

No destruirás las vendas de mi

Inexperiencia por mucho que lo intentes.

Permíteme estar a solas con

La intuición, ella también puede perderme.

No necesito tu permiso para atravesar

Los rudos caminos y aprender

Que errar no es un hecho inerte.

 

Gracias por guiarme pero no conseguirás

Que me interese,

El oído no supera que el tacto

Me enseñe, que donde yo no lo esperaba

Se encuentran las paredes.

 

No cojas las tijeras de la muerte,

Déjalas, que cortar mis alas

Es lo que pretendes.

¡No cojas las tijeras de mi muerte!

 

Diario de un viaje a París

19 Mar

Desayuno en París

 

El pasado verano pasé mis vacaciones en París.  Descubrí una ciudad increíble que me dejó llena de sensaciones y entonces entendí por qué mis voces interiores me decían que tenía que venir a esta ciudad.

Aquí les dejó parte de las ocurrencias de este viaje.

Espero que lo disfruten.

 

 

 

19-8-2010. A cada paso que doy me gusta más París, sus buhardillas, sus amplias calles llenas de árboles, de rincones, de colores, de aromas.

París huele a cruasán recién hecho, y a pollo asado, a crepe caliente con azúcar y limón y también huele a flores.

Los franceses son muy amables, especialmente ellos. Son tranquilos en el caminar, rápidos en la conducción, ordenados en el metro y apasionados en las discusiones. Con sentido del humor y no parecen racistas. Nunca he visto una mezcla de tantas culturas integrada. El año pasado en Nueva York había negros y blancos americanos, chinos, japoneses, hispanos, pero todos estaban agrupados según su etnia. Aquí se ve a parejas de todos los colores, negros y chinos, árabes franceses e indios (de la India),  blancos y negros, y nada desencaja.

Lo peor es que todavía no he tenido un almuerzo en condiciones. Espero romper hoy la racha.

18.20 horas. Al final he encontrado un lugar donde almorzar-cenar. Después del pobre desayuno en el hotel apenas he comido un cruasán, un café con leche y unos pocos pistachos desde las 8 de la mañana.

Conocer París sigue alimentando ese gusanillo de irme a trabajar fuera de Gran Canaria, de conocer algo diferente, algo más amplio, con más posibilidades, con más posibilidades en todos los sentidos.

No sé si me estoy comportando como una Peter Pan en este momento. Quizá debería estar pensando en el procedimiento para poner mi casa a mi nombre y anclar el barco de mi vida a la seguridad de un hogar y la estabilidad laboral. Pero, ¿acaso hay algo seguro en esta vida? Sí, que algún día que desconocemos estaremos muertos.

Qué gran regalo nos ha hecho el o la Creadora al no dejarnos conocer nuestra fecha de caducidad. Qué pena que seamos tan necios, tan cobardes y tan desagradecidos que pasamos la mayor parte de nuestra vida tratando de asegurarnos, de tener nuestro trabajo, nuestra pareja, casa, hijos, coches, posesiones, posesiones, posesiones, sin pensar en qué nos hace sentir felices en cada cosa que hacemos o tenemos.

Éste es el tercer día en París. Ya he hecho dos locuras. Es cierto que hasta cierto punto me he sentido en peligro, pero ¡qué diablos! ¡Me han hecho sentir viva!

Termina mi almuerzo-cena del que he dado buena cuenta. Sé que la factura va a ser algo elevada. El gusto que me he dado, bien lo ha merecido.

 

Nota: Café Le Doucet. Rue de Vangard esquina con Rue Jean Bart.

1º Foie de pato con tostadas.

2º Steaktartar (carne cruda) con ensalada y papas fritas.

Una copa de vino tinto y agua.

El postre me lo tomé en el barrio latino: un crepe con nutella que me supo a gloria y me dejó el hocico lleno de chocolate.

Absolutamente recomendable.

 

 

Cupido viaja en guagua

15 Mar

Son estudiantes de la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Las Palmas de Gran Canaria, lo sé porque además de subirse en la parada de los hospitales van con esas carpetonas grandes en las que llevan las láminas que deben entregar a los profesores.

Ella no debe tener más de diecisiete años. Pelo castaño, liso pero con volumen, ojos marrones, delgada, no muy alta y con problemas de acné típicos de la edad pero nada del otro mundo. Suele vestir con vaqueros y camisetas ceñidas, pañuelos al cuello y zapatillas de deporte.

Él es alto y delgado, se encorva creo que en parte por su timidez. Pelo oscuro tirando a rizado que ya necesita un corte. Su cara no es nada del otro mundo pero tiene una mirada limpia, simpática. Va siempre de negro aunque no le pregunten el porqué.

Por casualidad suelen sentarse cerca de mi.

La primera conversación que les escuché giraba sobre profesores y asignaturas. Si éste me gusta más que aquella, si el otro da más caña, que el de dibujo se ha pasado con el trabajo…

Llegamos al Polígono de Arinaga y la guagua coge la salida de la autopista.

-¿Tú no vives en Arinaga?- le pregunta él.

-Sí, pero es que mi hermana trabaja en Vecindario y me recoge allí para irnos juntas a casa, así yo no tengo que coger la cero uno que es un tostón.

-¡Buah! Esa guagua es para morirse, hace todas las paradas desde Las Palmas hasta Mogán.

En el Cruce de Sardina la chica se baja y él se queda mirándola por la ventana. Ella le corresponde con una sonrisa. Sí, esa sonrisa tonta que todos nos imaginamos.

La segunda conversación fue sobre punteos de guitarra y grupos de música heavy. Yo esperaba escuchar alguno de los de mis tiempos: Metallica, Megadeth, Guns N’ Roses,…Pero no me enteré de qué grupos del carajo mencionaron. Lo que no se me escapó es que ella se encargó de dejarle claro que le encantaba que supiera tocar todas esas canciones en su guitarra eléctrica. Y él se ofreció a darle un pase especial para ver uno de los ensayos de su grupo. (Este tipo de cosas sí que no han cambiado tanto desde mis tiempos).

No sé si ella llegó a ir a esos ensayos. Si él toca tan bien como dijo, ni si su grupo tiene futuro o no. Lo que no dejó de asombrarme es que después de perderles la pista durante una semana, me los volví a encontrar en mi querida cero-ocho. Ya no hablaban ni de profesores, ni de música, ni de si saliste el sábado o si viste Gran Hermano anoche. Estaban sentados juntos, muy juntos y su conversación eran susurros acompañados de sonoros besos y morreos en toda regla. Creo que en algún momento oí sonar la campanilla de la chica ante las embestidas de la lengua de él, una lengua de diecisiete años inexperta y llena de deseo, ¡menuda combinación!

¡Vaya!-me dije -No sabía que Cupido utilizase el transporte público también.

Sonreí ante aquella joven y recién creada pareja que no hacían el más mínimo esfuerzo por ocultar sus ganas. Y miré a mi alrededor porque nunca se sabe si Cupido puede estar sentado cerca.

¡Ésta por papáaaaa!

12 Mar

Venía el jueves en la guagua pensando en la idea que ha dado lugar a esta nueva entrada, en cómo titularla, cómo comenzar y cómo ir deshilachando el argumento, y de repente me viene a la cabeza la imagen de mi hermano Eros haciendo gárgaras con el puré porque no había manera de hacérselo tragar.

Le saco ocho años a mi hermano, así que recuerdo muy bien el niño llorón y plasta que era, especialmente a la hora de comer, no había manera de alimentar al enano sin que éste pusiera una férrea resistencia sacándonos a todos de quicio.

No sé cuántos de ustedes han tenido un hermano como el mío o cuántos de ustedes han sido mi hermano. El caso es que, ahora que lo pienso me doy cuenta de lo que esta lucha entre tragar y no tragar nos marca para el resto de nuestra vida.

Decidí estudiar Periodismo cuando tenía once años, aunque entonces yo no sabía que había tomado esa decisión. Algo que le pasó a mi familia me hizo querer escribir LA VERDAD y así de ilusa fui hasta el primer día que empecé a ejercer mi profesión.

No se crean que estuve tantos años en el limbo sin enterarme de nada. Ya desde que entré en la facultad de Ciencias de la Información me lo advirtieron casi todos mis profesores, pero recuerdo especialmente a uno,  Manuel de Pablos, que en los primeros días de clase nos espetó algo así: Ustedes no van a poder escribir libremente porque van a trabajar para un medio y éstos tienen su línea editorial. A mi se me erizaba todo el bello, sentía cómo me crecían las uñas, las pupilas se empequeñecían y una bola de fuego en el estómago me invitaba a hacer gala de mi rebeldía sin causa y sin levantar la mano le decía tan pancha “pues me acojo a la cláusula de conciencia”. ¡Ja, toma eso!

Nunca se descojonó de mi delante de mis narices pero seguro que por dentro pensó más de una vez: ¡qué hostia que te vas a llevar cuando te encuentres con la realidad, Yaicita! Y sí, me estampé como una pita con “la verdad” de los medios de comunicación (de muchos pero no de todos) dos meses después de terminar mis estudios, cuando encontré mi primer trabajo como redactora en un periódico de cuyo nombre no quiero acordarme.

Y fue aquí cuando me tocó a mi ser mi hermano Eros y empezar a luchar contra cucharadas de asqueroso puré que no quería tragar y que mi subdirector se empeñaba en que embuchara. No sé cuándo llegó la primera pero tengo muy vivo en la memoria que escribí muchas informaciones que después no firmaba porque me obligaban a poner titulares con los que no estaba de acuerdo, que me censuraban otros porque eran críticos con el presidente de una institución que sostenía al periódico a base de publicidad, que cuando ya tenía mis páginas casi terminadas me decían: la información que va en esta columna la quiero de apertura y ésa con la que has abierto la pasas a un breve.

Ni que decir tiene que ese puré que nos daban a diario, a una rebelde como yo, le sabía a centellas molidas. Más de una vez vi a la jefa de redacción patalear y llorar llena de rabia porque en su caso el repugnante mejunje iba acompañado de la típica retahíla chantajista de los padres: si no te comes esta cucharada serás una niña bajita, fea y todos los niños se reirán de ti. Y por supuesto, finalmente tragaba.

Yo no llegué a cumplir mi periodo de prueba en aquél periódico porque llegó un día en que mi subdirector me instó de malas maneras a que hiciera una información sobre la fibrosis quística basándome en la información que encontrara en Internet y no en la que me iba a dar la presidenta de una asociación de enfermos a la que había quedado en llamar, y todo porque el señor quería llegar temprano a su casa. “¡Prefiero estar limpiando escaleras!”, le dije a mis compañeros ante la indignación que me produjo. “¡Yo no me ha pasado toda mi vida estudiando para esto!” Ése día, también sin saberlo, decidí dejar ese trabajo.

Allí siguieron repartiendo puré y, hasta que se fueron marchando, los compañeros siguieron tragando cucharaditas de aquel mejunje porque, parece que hay alternativas (y yo creo que las hay) pero es muy difícil oponerse –a ese subdirector y a otros tantos jefes y jefas que hay por ahí-. Tan difícil que a veces somos nosotros mismos los que acompañamos esas cucharadas poniendo vocecita estúpida y diciendo: ¡ésta por papá! ¡Ésta porque tengo dos hijos que comen todos los días! ¡Ésta por la hipoteca! ¡Ésta porque no tengo estudios! ¡Ésta por la letra del coche! ¡Ésta porque mi sueldo es el único dinero que entra en casa! ¡Ésta porque no tengo papeles! ¡Ésta porque soy mujer, tengo más de 45 años y quién me va a contratar!

¡TRAGA, TRAGA, TRAGA!